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jueves, octubre 10

Diario valdiviano I: Con este sol

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Valdivia es, sin lugar a dudas, uno de los lugares más hermosos del mundo. Y su festival, el cual suele compararse (y ser hermanado) con el FICUNAM y el BAFICI, es un lujo. Desconozco los recursos económicos del evento y al final tampoco es algo tan importante. O sí, pero no será este el momento para tratar tan espurio tema. En la última -por ahora- película de Serra, la materia fecal se transforma en oro (¿y viceversa?) y, como bien se escucha en una película de Godard, el día que la mierda tenga valor, los pobres van a nacer sin culo. Soez y todo, siempre Godard aclarando el panorama. Pasemos a otros temas.


Albert Serra y su Història de la meva morte. Así como alguna vez el prolífico y explotativo William Beaudine supo cruzar a Billy the Kid con el Conde Drácula y antes a Jesse James con la hija de Frankenstein (así como suena, no pregunten por qué la hija, vean la película), esta vez Serra imagina un improbable escenario en el que se cruzan las historias del transilvánico conde con las del escritor (y amante bon vivant o al revés) Giacomo Casanova. La primera parte de la película, no sólo repite viejas formas exitosas del cine de Serra, sino que también eleva la apuesta, mostrando las charlas a priori anodinas de un escritor amante de las palabras y los libros con su sirviente. El segmento dedicado a Casanova, es lo mejor de la película y nos hace creer que el reciente premio a mejor película que cosechó en Locarno, estaba más que justificado. Esta primera parte es luminosa incluso en sus más oscuros momentos fotográficos (increíble trabajo de Jimmy Gimferrer, Àngel Martín y Artur Tort, pero aquí no estamos para aplaudir técnicos), que logra imágenes muy difíciles hoy en día de ser respetadas (y reproducidas con justicia) por las actuales calidades técnicas y sus digitales formas de entender el cine y su proyección. En esa primera parte, repito, está lo mejor de la película y uno de los mejores momentos de todo el cine de Serra, un viaje en carreta por el bosque más verde que se haya visto en el cine (un verdor que relaciona la película con los paisajes de Valdivia) y que en su belleza, extrañamente, corta a la película en dos. En ese preciso momento, por motivos inexplicables, la mayoría del público abandonó la sala (marca de agua y especialidad de la factoría Serra), obviamente, los cinéfilos más duros (y críticos y jurados) permanecieron fieles hasta el final, a pesar de que el horario (llegando a las 24hs. horario favorito de las criaturas de la noche) hacía difícil mantenerse despiertos y con los sentidos alertas. Pero a Serra se lo quiere, aunque sea porqué hace enojar al enemigo. La segunda parte de Història de la meva mort, cuando hace su aparición el Conde Drácula (que aquí se pasea tranquilamente a la luz del día), es quizás lo más flojo de la película, aunque también de lo más extraño en toda la filmografía de Serra. Las contraposiciones entre la figura de Casanova y Drácula son muy obvias y este tipo de lecturas e interpretaciones es algo que el cine de Serra nunca necesitó. En esta segunda parte, en donde el mal se adueña de la película, es donde el film se transforma en un objeto tan extraño como discutible. Y es algo que va más allá de algunas ridículas escenas protagonizadas por el conde de marras. Sobre todo después del tan criticado, y tomado a la sorna, Drácula 3D del grandísimo Dario Argento. En fin, ya tendremos tiempo de seguir hablando de Serra y su nueva película.

Un programador argentino, de un festival que comparte con Valdivia los lobos marinos y los perros callejeros, me asegura que la película será (serrá) vista en el festival que programa. El problema, al fin de cuentas, es uno de las batallas eternas del cine. El verdadero monstruo no es otro que esa bestia siempre sedienta de sangre llamado cine de qualité. Un monstruo que está siempre esperando y observando a los directores a través de las ventanas, eternamente dispuesto a ser invitado para arruinar filmografías a pura maldad, gestos crueles, vestuarios de épocas y pelucas platinadas. La mayoría de los directores (Bonello con L’Apollonide quizás sea una excepción), al enfrentarse a esta bestia negra suelen terminar esclavizados a un cine que, a pesar de estar muerto hace años, aun se pasea vivito y coleando, siendo respetado y admirado por todo el mundo. Premios locarnianos incluidos. 
La comparación con el conde Drácula (y cualquier criatura vampírica) es demasiado obvia, lo acepto, pero aquí terminamos la discusión por ahora, ya que el sol empieza a asomarse por la ventana del hotel y este joven cronista debe, luego de acomodar su negra capa, volver a sus aposentos.

Marcelo Alderete

Fotos: Sung Kyoung Moon

miércoles, junio 26

Nuestros años felices – Jean-Luc y François (II)

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Dicen que segundas partes nunca fueron buenas. Así que esto no es una segunda parte de aquel exitoso post publicado anteriormente en Encerrados Afuera, llamado Nuestros años felices – Jean-Luc y François (que pueden leer por aquí), en donde contábamos la atribulada relación entre Godard y Truffaut, si no un simple agregado. Al que esperamos se sumaran otros.

Anne Wiazemsky debutó en el cine a los 16 años a las órdenes de un tal Robert Bresson. La película es cuestión se titula Au hasard Baltazar (1966). Este dato sería suficiente para reservarle un lugar destacado en la historia del cine. Pero eso no fue todo en la vida de esta niña de familia bien. Ese mismo año, después de escribirle una carta de admiración (y enviársela a la oficina de la revista Cahiers du cinema), conoce a Godard y un año después, se casan y filman La chinoise (1967). La carrera de Anne continuará en los años posteriores, no sólo como actriz, sino también como guionista, directora y escritora.

Aquí nos detenemos en la biografía de Anne, ya que parte de este material formará parte de un próximo post, que, a pesar de no existir, ya tiene título: La(s novela(s) de Godard). Próximamente en su blog amigo.


El extracto a continuación, pertenece a su libro titulado Un año ajetreado (Une anneé studiese, en francés). Libro en el que Anne cuenta su educación sentimental de la mano del temible JLG, de quien la separaba, entre otras cosas, una diferencia de 17 años, mientras en el ambiente, todo se preparaba para la bienvenida del mayo francés.

En una salida social, como estrella invitada en la novela, hace su aparición François Truffaut. Anne, en el estilo cándido que atraviesa todo el libro, escribe lo siguiente:

Conocer a François Truffaut en su despacho de Les Films du Carrosse me intimidaba, pues lo admiraba muchísimo. Pero se mostró acogedor y cordial. Al igual que Jean-Luc veneraba a Robert Bresson. Me hizo preguntas sobre él y sobre mí. Le complació saber que yo estudiaba filosofía y había leído muchos libros. Me atreví a decirle que había visto todas sus películas y que me entusiasmaban, sobre todo Jules y Jim y Los cuatrocientos golpes. Se levantó y eligió dos libros de su biblioteca, que me regaló: Dos inglesas y el amor, de Henri-Pierre Roché y Les enfants de la justice, de Michel Cournot. Luego fuimos a comer a un restaurante ruso frente a su productora. La conversación entre él y Jean-Luc fue animadísima, brillante y divertida. Al separarnos, me dijo: “Gracias por haber entrado en la vida de Jean-Luc. Hacía tiempo que no lo veía tan feliz, y hasta diría que lo veo así por primera vez.” Y añadió, dirigiéndose a Jean-Luc: “¡Es cierto, la compañía de Anne te hace ser casi simpático!”.
Tiempo después, al oírme hablar una y otra vez de aquel “maravilloso encuentro”, Jean-Luc me preguntó un tanto inquieto: “No irás a enamorarte de Truffaut, espero”.


Y así, con un Godard dudando del amor de su pequeña Anne en manos de su eterno rival, nos despedimos con un nuevo agregado a esta batalla que, a pesar de haber terminado hace tantos años, continúa por otros medios.

Hasta la próxima.

Marcelo Alderete


miércoles, junio 5

Paladar rojo

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Apuntes sobre una estética de la hinchada de Independiente (o cómo Jean-Luc Godard sería hincha del Rey de Copas)

Las discusiones en materia futbolística tienden a quedar muy por fuera del alcance de la estética. Claro, están los Bielsa, que nos recuerdan que el fútbol es un hecho estético, o los Cappa, que a partir de sus conocimientos filosóficos intentan educar platónicamente a sus jugadores (a través de la gimnasia y la música). Estos últimos buscan deconstruir derridianamente las estructuras del discurso futbolístico, logrando poco menos que nada, antes de irse con una puteada al mejor estilo Luppi y denunciar el negocio de la redonda (todo en un tono muy adorniano y negativo, claro está). Pero en el ardid de la charla de café, los argumentos nunca rebasan del estado de salud (actual o potencial) de los players: del "ese es un muerto" al "hay que matarlo", por poner solamente dos ejemplos.

En una de las tantas charlas que mantenemos con el amigo y colega @mauisintuiter, y ante un sensiblero (e irreproducible) mail mío sobre las agónicas (para seguir con la medicina) y aparentemente últimas jornadas de nuestro bien amado Independiente en primera, el muchacho se despachó: "Igual, todos los hinchas de todos los equipos son iguales...". Esa frase motiva este abstract, dirían los amigos investigadores, estas palabras preliminares o apuntes sobre la estética de las hinchadas.

¿Qué diferencia una hinchada de la otra? El nombre que se ponen, me diría mi vieja. Sí, es verdad, pero en parte. No es lo mismo llamarte "La 12", que "La guardia Imperial" o "Los borrachos del tablón". Tampoco los colores son (habría que desechar la obra de, entre otros, Kandinsky) potenciales exponentes de lo que distingue a los rojos (en el caso de mi equipo) de los blancos y celestes (el color de la camiseta de Racing, su archirrival, para los desprevenidos). No, si el rojo está ligado a las pasiones, a la exterioridad, no sería lógico que nosotros fuéramos apodados "amargos". Tampoco los hinchas de Racing, con su conjunto celeste, hermano del azul (un color que inspira, según el pintor, profundidad), tendrían que ser conocidos por gritar como desaforados cuando un defensor revolea la pelota a la tribuna, o la pelota más una pierna a la tribuna, o simplemente cuando pierden 3 a 0 y Agüero les hace un gol de toda la cancha (perdón, me fui a la mierda).

Hay, según entiendo, algunas marcas históricas, cortes en la diacronía estética de las instituciones, que van forjando los gustos de sus hinchas. El de Independiente es, o lo fue hasta hace muy poco, bastante claro. El reconocido "paladar negro" del hincha del rojo eshoy más bien una herencia que se debate, un prócer al que se le aplica el revisionismo del Instituto Nacional Dorreguiano, o como se llame.

Durante muchos años, desde aquellos primeros tiempos de la Doble Visera de cemento en que Erico hacía 74 goles por partido, pasando por los gloriosos '60 y '70 con Bochini, Bertoni, Pavoni y compañía, la parcialidad roja fue reconocida por, como dije, "amarga". Son numerosas las ocasiones en que el equipo ganaba cómodo y la gente silbaba, porque al menos en esa época, al parecer el público buscaba algo más que ganar medio a cero y volver a la casa para ver los afiches pedorros que cargan al rival.

La configuración de la hinchada de Independiente se solidificó a partir de ese axioma del "jugar bien", algo así como la traducción del lema brasileño "jogo bonito". Algunos clubes como River (quien en la historia local es mucho más grande que Independiente, no así en el palmarés continental) también lo tienen en su sangre. En oposición, clubes como Boca se han destacado por una extraña capacidad de triunfar de casualidad (por no llamar a esa característica una "estética del orto grande como una casa", hecho a abordar en otras crónicas), o con mucho ímpetu y agallas, en el mejor de los casos. Están los que nunca ganan nada pero dejan todo, los que de ese triunfo trunco han hecho una épica (Racing, sin ir más lejos), o quienes se constituyen muy fuertemente  a partir de su lugar de pertenencia, un barrio o localidad (como San Lorenzo, que es de Almagro, tenía la cancha en Boedo y ahora juega en el Bajo Flores. Perdón, me refería a San Lorenzo y su lucha por volver a Boedo).

Pero no, nosotros debíamos jugar lindo y ganar bien, pasarnos la pelota, construir, hacer del hecho estético un acto colectivo, apoyarse en las grandes individualidades pero al amparo de una estructura grupal, un coro que le devuelve la pelota al agonista. Pero claro, agonista y coro me remiten a la tragedia: el descenso.

Es un embole hablar de lo que hizo que Independiente cayera en el pozo, el que quiera lo puede buscar y está muy claro. Sacando el tema político/económico, en lo estrictamente estético también se nota la renuncia de categoría. Generaciones que dejan de ver a su equipo jugar bien le piden que gane como sea, que si es necesario sacrifique todas las reglas que constituyeron las bases del éxito para aplicar una forma urgente, el carusolombardismo hecho práctica política. Y ahí vienen los pelotazos, los pases de tipos fantasmas, los "estoy muy feliz de jugar en un club tan grande y con tanta historia", es decir, viene la desesperación.

Porque en el hecho de pasarse la pelota hay un gesto político y, como dijo Rancière, política y estética van de la mano como fresco y batata, como Olmedo y Porcel. En ese gesto de complicidad, de astucia deportiva de ver el hueco y conectar con un compañero, en la complementariedad, hay una toma de posición. Porque no es lo mismo revolearla que levantar la cabeza y hacerse cargo. Porque no es lo mismo ganar por un gol en contra que por mérito de la estrategia. Así, la premisa del fútbol como hecho estético deja de tener simplemente connotaciones deportivas.



Entonces, ¿qué llevó a los hinchas de Independiente a dejar el paladar negro en la casa y a preferir la emergencia del pelotazo? Bueno, ahí aparece la relación entre la historia del fútbol y la Historia, y aunque para explicarlo bien habría que hacer todo un recorrido por sus relaciones, permítanme omitir eso diciendo que, en principio, el fútbol no es lo que era. Que ha cambiado y que "ser grande" es hoy menos un orgullo que un lastre, porque para ese tándem de cinco (o seis, si le suman a los que piden entrar al club de los cinco, que no es el de la colorada Molly Ringwald pero algo de eso hay) la Historia se ha vuelto una piedra pesada para cargar. Ir de punto es la premisa, en resumidas cuentas.

Las marcas textuales que hicieron a Independiente "el orgullo nacional" deberían ser las que nos saquen del ostracismo de la B. Claro que no le podés pedir a un Battión que juegue como Marangoni, ni a un Caicedo que se convierta en el (RIP) Palomo Usuriaga. No. Pero sí podemos ensayar una vuelta al origen (diría el amigo Artaud), oponer a la máquina del resultadismo las bases del buen juego que constituyen nuestra identidad. En criollo: "racinguizar" el descenso de Independiente, romper las tribunas, matar diez pibes y quemar mil autos, además de ser un crimen con fuertes sanciones (?), no va a devolvernos al paraíso futbolístico. Porque tampoco aplaudir cualquier cosa es signo de buen gusto, de apoyo. El oficialismo estético es siempre dudoso, no sólo en términos de gusto sino también en su ética.

En tiempos de hibridación cultural, cuando la identidad es un flujo que va y viene, el reverso y la oposición manifiesta a la forma pelotuda y barrabrava del aguante debe ser nuestro paladar negro. Si todos los hinchas reaccionan de una manera ante las peores catástrofes futbolísticas, tratemos de distinguirnos, de volver a la esencia de creer en el juego como un factor ineludible. Lloremos, puteemos, claro, es la catarsis necesaria ante la realidad inevitable. Pero "lo abyecto", como diría Daney que dijo Rivette, no es el descenso, al menos no el futbolístico. Lo que no podemos permitir es dejar a un lado el componente vital del hecho estético, ese gen de memoria que nos conecta con el pasado y nos diferencia, nos da una especie de documento. En la diferencia podemos distinguir lo que es propio de lo que no, hacer de lo bueno una bandera y de lo malo (eso de que somos amargos) también. Soy amargo, no aplaudo cualquier cosa, como dijo Godard (?).

Pero seamos nosotros, como piden las banderas. Y hoy, cuando todo parece que vamos al peor de los destinos (a ese al que nunca fuimos), patear la pelota afuera es seguir haciendo de cuenta que no pasa nada, que ya va a pasar. Para construir hay que pasarla, no sacársela de encima, habrá que levantar la cabeza y mirarnos entre nosotros. Y ahí está la identidad, no en los títulos, ni en la historia ni mucho menos en este desdibujado equipo que pareciera no entenderlo.

Tomás Dotta (@tomasdotta)

sábado, marzo 30

Postales charrúas III: Montevideo, capital de Corea (del sur)

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El día 26 de marzo, pasadas las 11 de la mañana, por las calles de Montevideo se escucharon bocinazos. Los motivos de esta urbana manera de expresar alegría, se debían a que el BAFICI acababa de anunciar la visita de Hong Sang soo a tierras porteñas. Un motivo de júbilo justificado. Sobre Hong y las implicancias de su visita (que básicamente opacan todo el resto de lo que pueda ocurrir en cualquier festival) nos ocuparemos más adelante. Un par de días después se exhibió aquí, en el festival de Montevideo, la ante-última película del autor coreano. La luminosa y divertida In another country (ya hay una más: Nobody's Daughter Haewon y –dicen- otra en camino). La sala de la Cinemateca uruguaya estaba casi llena, lo cual era de esperar, y al final de la función nos fuimos todos felices. No es ninguna sorpresa. Felicidad es lo que generan siempre las películas de Hong. Sobre todo las de esta última etapa. Al volver a verla, confirmo que Joon Sang Yu (para quienes vieron la película, es quien interpreta al bañero) es, después del argentino Tony Leung -claro-, el mejor actor del universo. Diría también uno de los más guapos, pero prefiero no hacerlo y evitar maliciosos comentarios sobre mi persona. Aunque el más guapo siga siendo, también, el ya nombrado Tony Leung. 
Sobre la película, como de casi todo lo que mencionamos en este texto, hablaremos más adelante.
Es sabido que las casualidades suelen venir encadenadas. El día de nuestro arribo, descubrimos un restaurante coreano recién inaugurado a pocas cuadras de nuestro hotel.
La colectividad coreana en Montevideo es más grande de lo que uno podría suponer. Una simple recorrida por el centro nos lleva a descubrir un par de restaurantes e iglesias coreanas. Cerca, Corea (del sur), siempre estuvo cerca.
Sobre el local recién inaugurado, podemos decir que una de sus mozas es una chica uruguaya que habla coreano con una corrección inesperada (aseguro con un caradurismo al que por suerte, creo, ya los tengo acostumbrados) y es, como todo el mundo, fanática del K-pop. La comida de este lugar (del cual no recuerdo el nombre, pero al cual volveremos) no está mal, pero el restaurante que no hay que perderse es Arariyo. Verdadera comida coreana, con una atención que me hizo sentir en mi Incheon natal y en el cual probé por primera vez un delicioso postre llamado hongsi.
Sirva este pequeño adelanto cinéfilo-culinario (seguramente en el bello idioma coreano existe una palabra que unifique estos dos placeres) como un precalentamiento al banquete hongsangsooniano que nos espera a nuestra todavía lejana vuelta a Buenos Aires.
(Acerca de las recientes noticias sobre la tensión entre Corea del norte y Corea del sur, sólo tengo para decir, según mis amigos coreanos, que no es para tanto, que se trata de exageraciones de la prensa occidental. Esperemos que así sea.)
Abandonemos a un maestro para pasar al otro.
Dentro de la programación del festival hay un corto sobre la figura de Godard, realizado por el director de fotografía Fabrice Aragno (el de Film socialisme y la inminente y futura ganadora del festival de Cannes Adieu au langage) y con guión escrito por el mismísimo JLG. Su pomposo título es Jean-Luc Godard – Quod erat demonstrandum (que significa algo así como: lo que se quería demostrar o probar) y es uno de los grandes momentos del festival para la peña godardiana. Ya informaremos al respecto, una vez que la veamos.
Debido a obligaciones laborales, me perdí su primera función y tengo miedo de que ocurra lo mismo con la segunda. Esos miedos, junto a los excesos culinarios del banquete coreano me llevan a tener pesadillas durante la noche.
En esas pesadillas se aparece sentado al lado de mi cama, el mismísimo Jean-Luc Godard, quien mientras se fuma un terrible habano me mira a los ojos y me dice:
“Mentiroso”. Sin ningún tipo de reacción de mi parte, el irónico franco-suizo continua con su acusación: “Mentiroso” repite, “por que en todas estas crónicas en las que decís contar la verdad sobre tus días en el festival de Montevideo, ni una sola vez escribiste sobre esa chica coreana con la que vas a todas partes”.
Me despierto sobresaltado por el ruido de la ventana que, cual película de terror clase b, se abre y cierra ruidosamente. Me asomo a la ventana y en la esquina, iluminado por la luz de la luna llena (je), la desgarbada figura de Jean-Luc me mira, todavía acusador y, a pesar de la distancia, alcanzo a leer en sus labios, nuevamente, la palabra mentiroso. Me vuelvo a despertar y esta vez sí, abandonamos el mundo de los sueños y los recursos trillados.
Acepto la lógica de los sueños, pero no logro entender cómo es que Godard me habló en un perfecto castellano y mucho menos con acento uruguayo.
Trato de recuperar el sueño, pero es imposible. Bajo al desabitado hall del hotel y empiezo a escribir esta crónica, en la cual les prometo a partir de ahora, contar toda la verdad y ver si de esta manera, consigo exorcizar el terrible y acusador fantasma del Godard uruguayo.

Marcelo Alderete

Fotos: Cecilia Barrionuevo


martes, marzo 12

Nuestros años felices - Jean-Luc y François

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Este compilado de textos surge a partir del entusiasmo que despertaron una serie de tuits (¡tuits!) que publiqué hace unos días en esa red social. Dichos textos eran, básicamente, extractos de cartas de François Truffaut, sobre todo de su relación con Jean-Luc Godard. Esas frases estaban sacadas del libro François Truffaut – Correspondence 1945-1984. Libro que había encontrado ese mismo día a un precio irrisorio en una librería de segunda mano. La historia de Godard y Truffaut, y la de todo el grupo original de la revista Cahiers du cinema es el típico material de suplemento cultural o revista dominical. Inclusive Juan Forn le dedicó una de sus contratapas. La idea, entonces, es dejar hablar a los protagonistas y tratar de molestar lo menos posible.

Aquí vamos.

En mayo del 73 se estrena La noche americana (La nuit américaine). Jean-Luc Godard, después de verla, le escribe una carta a François Truffaut, con quien había roto relaciones desde mayo del 68. Entre otras cosas, le dice:

Ayer vi La noche americana. Probablemente nadie te va a decir que sos un mentiroso. Así que lo haré yo.

Truffaut le responde:

Me importa un carajo lo que opines de La noche americana.

Y agrega:

Ha llegado el momento de decirte que, en mi opinión, te estuviste portando como una mierda.

La novela entre François Truffaut y Jean-Luc Godard, como todas las historias de odio, comenzó siendo una historia de amor.

Dudley Andrew en su biografía sobre André Bazin, cuenta así el supuesto (y  glamoroso) primer encuentro:

Aunque era una alternativa a los certámenes fílmicos, el Festival du Film Maudit (corría el año 1949) aún adolecía de todas las trampas de Cannes. Celebrado en el suntuoso hotel de este lugar de vacaciones de la costa atlántica, estaba presidido por Jean Cocteau, y se enorgullecía de un comité de honor integrado por el prefecto del departamento, el alcalde de Biarritz, un marqués d’ Arcangues, Orson Welles y Cocteau. Un portero controlaba a todos los invitados y detenía o impedía la entrada de quienes no eran esperados o  no vestían adecuadamente. Entre las personas que a todas luces no eran esperadas se contaban Jacques Rivette, Godard y Truffaut. Ninguno había cumplido los veinte, eran “bohemios” y vociferantes, y  le armaron  una escena al portero hasta la oportuna llegada de Cocteau, vestido de frac. Condujo a sus jóvenes amigos adentro con un movimiento de su mano y, como presidente del festival, consiguió reunir a la aristocracia y  a los jóvenes turcos, o al menos mantenerlos a prudente distancia.

Orson Welles, Jean Cocteau, aristócratas vestidos de frac. Nada mal para un primer encuentro. Sin embargo, Colin MacCabe en su biografía sobre Godard, hace la siguiente aclaración:

No hay seguridad de si ésta fue la primera vez que se reunieron Truffaut, Godard y el resto del “gang Schérer” (grupo de críticos de los primeros años 50 entre los que se contaban Godard, Rivette y, justamente, Maurice Henri Joseph Schérer, alias: Eric Rohmer ). Parece probable que sus caminos se hubieran cruzado en las noches de los martes en el Studio Páranse o la Cinémathèque. Pero sí es cierto que fue allí donde entablaron una firme amistad Truffaut, Rivette y Charles Bitsch, quien sería ayudante de Truffaut en la mayoría de las películas de los años sesenta.

Al principio de la historia, el papel del “chico malo” le pertenecía a Truffaut. Un niño problemático que encuentra en el cine un lugar y una familia a la cual pertenecer. Basta ver Los 400 golpes (Les quatre cents coups) para conocer la biografía de aquellos primeros años del joven y precoz delincuente Truffaut.

Entre los que vieron algo especial en ese muchachito aparecen algunos nombres importantes, entre ellos, su padre afectivo y profesional, el crítico André Bazin y el escritor Jean Genet.

Todo este cruce de nombres, momentos y situaciones, dieron como nacimiento una revista de cine llamada Cahiers du cinema. Pero esa es otra historia.

Volvamos a los jóvenes François y Jean-Luc y sus respectivas infancias.

A diferencia de Truffaut y su disfuncional familia de trabajadores, los orígenes de Godard no podrían ser mejores. Dice el lugar común que los opuestos se atraen. Y  esto dice Godard sobre sus respectivas infancias:

Cuando mis padres se separaron, entonces nosotros nos separamos. Pero aproveché la familia hasta el límite. Truffaut tuvo una infancia muy dura, desgraciada como muchos jóvenes. Yo, al contrario, lo tuve todo. Y la riqueza ya no puede afectarme. Cuando era pequeño, tenía cinco casas, doce barcos. Tenía acceso a las casas, al sol, al mar, a la nieve. Eso es algo que le faltó a Truffaut. Nosotros no teníamos que esforzarnos. Estábamos rodeados de libros. Había un cierto rigor protestante y eso era importante. Si existe una imagen de la democracia feliz, y además rica, creo que la he conocido.
Durante mi infancia fui tan querido que después ya no he tenido necesidad de ese amor, ya estaba colmado. En el caso de François era más bien al contrario; al principio hubo una falta de amor, una falta de reconocimiento…Yo era valorado, aunque fuera como cabeza loca o como granuja, pero también por tener tal don, tal aptitud, tal cabello o tal belleza, en fin, tenía la sensación de ser amado; y eso ha hecho que, después, no haya sentido la necesidad de querer ser amado por Hitchcock o Spielberg.

Con el tiempo, FT le reclamará a JLG de manera burlona, pertenecer “al grupito de Coppola”. En un momento en el que Godard coqueteó con la posibilidad que American Zoetrope, flamante compañía de Coppola, le produjera uno de sus proyectos.

Una vez establecidos como críticos, es François Truffaut quien con su famoso texto “Una cierta tendencia del cine francés” (escrito en 1954) establece las bases para cambiar la historia del cine galo (y más tarde a la del resto del mundo). Y lo hace condenando a la lista negra a nombres que hasta ese entonces, gozaban del prestigio y reconocimiento. Un articulo hiriente sobre el llamado “cinéma de qualité” que preparará lentamente, el terreno para lo que estaba por venir. El texto es, también, -a pesar de se ser algo casi siempre dejado de lado- un duro reclamo al estado de la crítica del momento.

Sobre ese escrito, Jacques Doniol-Valcroze (crítico, realizador y uno de los fundadores de Cahiers du cinema) escribiría más tarde:

Ni Bazin ni yo, y ambos pasamos mucho tiempo pensando antes de publicar el artículo, teníamos la más leve idea de que el impacto llegara a ser tan grande.

Aunque, hay que decirlo, el llamado “cinéma de qualité” seguiría  existiendo adoptando diferentes formas. Formas que, en sus peores momentos, hasta el propio Truffaut terminaría adoptando.

Volvamos a ese texto, una (no tan) pequeña guerra del cerdo. La primera batalla de una ofensiva que se terminaría por ganar con la presentación de Los 400 golpes en el festival de Cannes.

El 22 de abril de 1959, JLG, al enterarse de la inclusión de Los 400 golpes en la competencia oficial del festival de Cannes, escribe un artículo en la revista Arts y lo titula: “Ganamos”.

Era cierto, habían ganado. El cine y sus cánones, ya no serían los mismos. Así como sus formas de mirar y criticar. Inclusive hasta el día de hoy, más de 50 años después, el cine sigue siendo visto a través de la lectura que en ese entonces hicieron los jóvenes críticos de la revista Cahiers du cinema.

Una digresión triste. El primer día de rodaje de Los 400 golpes, muere André Bazin. ¿Qué habría opinado de la película de su hijo adoptivo? ¿O del resto de las películas del grupo de Cahiers? Nunca lo sabremos.

En el prólogo a la biografía sobre Bazin de Dudley Andrew, Truffaut escribió lo siguiente:

En la época en la que escribía Bazin, la producción media carecía de ambición artística, hasta el punto de que a menudo el papel del crítico consistía en señalar a algún realizador vulgar el talento que él mismo no se había descubierto. Hoy sucede exactamente lo contrario. Lo más frecuente es que si bien las ambiciones de los directores son muy elevadas, su trabajo no está a la altura de aquéllas. Si Bazin viviera, nos ayudaría a comprendernos a nosotros mismos lo bastante como para armonizar mejor nuestros proyectos, nuestras aptitudes, nuestras metas y nuestro estilo.
Sí, echamos de menos a Bazin.

Poco tiempo después, JLG debuta en el cine con Sin aliento (À bout de souffle). Película que basa su guión en una historia de Truffaut (y también aprovechando su nombre tras el éxito de Los 400 golpes).

Una vez más, la historia de Sin aliento es otra historia.

Llega el año 1968. El cine de Godard, se radicaliza cada vez más hasta llegar a formar, unos años más tarde, el grupo Dziga Vertov junto a Jean-Pierre Gorin. De ese año son  Un film comme les autres y los Cinematracts. Truffaut  estrena La novia vestía de negro (La mariée était in noir) y Besos robados (Baisers volés) tercera entrega de la saga Doinel. Basta repasar estos títulos para ver hacia donde evolucionó  el cine (y la idea del cine) de cada uno.

Las vueltas de la vida. André Malraux, quien fuera uno de los responsables de la inclusión de Los 400 golpes en el festival de Cannes en 1959, despide a Henri Langlois de su puesto de director de la Cinémathèque. Lugar en donde recibió su educación todo el grupo cahierista. Ante esto, el mundo de la cultura reacciona. El original staff de la revista se vuelve a unir en este reclamo.

Todo esto ocurre durante los primeros días del mes de febrero. El cine, extrañamente, se anticipa por un par de meses a la historia.

Llega el mayo del 68.


Los obreros entran en huelga y los estudiantes toman las universidades. Todo el mundo está en las calles. Truffaut y Godard se vuelven a unir para pedir que se suspenda el festival de Cannes.

Aunque suene a chiste, parece que el mayo del 68 terminó en junio del mismo año.
A pesar de que algunos jóvenes franceses, y otros no tan jóvenes como Godard, pensaban que la batalla continuaba.

Cuenta Colin MacCabe en la biografía de JLG:

Anne Wiazemsky (actriz de Au hazard Baltazhar y mujer de Godard en ese entonces) recuerda una discusión muy violenta aquel verano, durante la cual Godard trató de convencer a Truffaut para que prestara su apoyo a la campaña para clausurar el festival de cine de Aviñon. Truffaut se negó, no sólo invocando su amistad con Jean Vilar, el director del festival, sino también dejando en claro que si tuviera que escoger entre apoyar un motín proletario de la policía y otro de niños ricos ebrios de revolución, se pondría al lado de la policía.

Los amigos, por primera vez, se pelean y separan por un tiempo.

Pasarían cinco años hasta que se volviesen a poner en contacto. Pero no para continuar la relación, sino, todo lo contrario.

Llega el año 1973 y el estreno de La noche americana.

Godard escribe una carta a Truffaut y lo acusa de mentiroso. Una de sus razones, es la siguiente:

Mentiroso, porque el plano tuyo y de Jacqueline Bisset la otra tarde en el restaurante Chez Francis no está en tu película, y no puedo dejar de preguntarme por qué el director es el único que no tiene sexo en La noche americana.

En un giro extraño, irónico y desafiante, JLG termina la carta pidiéndole dinero a FT para su próxima película. Y a cambio le ofrece los derechos de La chinoise, Le gai savoir y Masculino-Femenino.

La carta es del 73 y, en la edición en inglés, Godard se refiere a dicha película,  finalmente nunca realizada, con el título Un simple film. No confundir con Un film comme les autres de 1968.

La respuesta de Truffaut, como suele decirse, no tarda en llegar.

FT se descarga de todos los rencores guardados hasta entonces.
Le recrimina su comportamiento hacia Jean-Pierre Léaud, hacia Janine Bazin (mujer de André Bazin), lo acusa de mentiroso por Tout va bien y de haber cambiado.

Me importa un carajo lo que opines de La noche americana. Lo que encuentro deplorable de tu parte es que, inclusive ahora, sigas yendo a ver estas películas, cuyos temas, ya sabes de antemano, no corresponden con tu concepto del cine y la vida.
Cambiaste tu forma de vida y tu forma de pensar, y sin embargo seguís perdiendo las horas y arruinando tú vista en el cine. ¿Por qué? ¿Lo haces esperando encontrar algo que siga alimentando tu desprecio hacia el resto de nosotros, algo que confirme tus nuevos prejuicios?

Y aclara sus reclamos contenidos, poniéndose -como corresponde- un tanto personal.

Ahora, ¿por qué te digo todo esto en este momento y no hace tres, cinco o diez años? Hace seis años, como todo el mundo, te vi sufrir por Anna (Karina) y todo lo odioso de tu comportamiento te lo perdonábamos por ese sufrimiento.
Nunca dije una palabra negativa sobre vos, en parte porque eras atacado estúpidamente, casi siempre por razones equivocadas y en parte porque siempre odié las discusiones entre escritores o pintores, dudosos ajustes de cuentas presentados como cartas abiertas a la prensa y, finalmente, porque siempre fuiste celoso y envidioso, incluso cuando las cosas te iban bien –sos muy competitivo y yo, para nada- y también había de mi parte cierta admiración.
Te consideras a vos mismo como el dueño de la verdad sobre la vida, la política, el compromiso, el cine y el amor, todo es un libro abierto para vos y cualquiera que piense diferente es un idiota, incluso si la opinión que tenías en junio ya no es la misma que tenías en abril.

Y se guarda para el final, lo mejor.

Aquí estás, en 1973, tan amante como siempre de los grandes gestos y los anuncios espectaculares, tan arrogante y dogmático como siempre, seguro en tu pedestal, indiferente a los demás, incapaz de renunciar a unas pocas horas de tu tiempo, con sencillez y generosidad, para ayudar a alguien. Entre tu interés por las masas y tu propio narcisismo no hay sitio para algo o alguien más… Necesitas representar un papel y el papel tiene que ser prestigioso. Siempre he tenido la impresión de que los auténticos militantes son como las mujeres de la limpieza, que hacen a diario un trabajo ingrato pero necesario. Tú, sin embargo, eres la Ursula Andress de la militancia, haces una breve aparición, el tiempo suficiente para que las cámaras te retraten y luego desapareces otra vez, arrastrando nubes de misterio egoísta.

A pesar de la aspereza de las misivas, Colin MacCabe, en la biografía de Godard, agrega un nuevo, y ya final, cruce epistolar.

El estreno de Sauve qui peut (la vie) en París, coincide con el estreno de películas de Truffaut, Claude Chabrol y Jacques Rivette. A raíz de esto, Godard propone a Truffaut lo siguiente:

Realmente, ¿no se podría organizar una “conversación”? Cualesquiera que sean nuestras diferencias, me interesaría oírnos decir en que se ha convertido nuestro cine. Ciertamente, podríamos encontrar un “moderador” que ambos aceptáramos. Podríamos hacer de eso un libro, para (la editorial) Gallimard o para donde sea. Me sentiría feliz de invitarte uno o dos días a Ginebra. Me gustaría, si fuera posible, enseñarte un poco mi “locación”. Quizá un encuentro como ése, cara a cara, resultaría demasiado violento: siendo cuatro se podría disminuir la diferencia potencial y circularía un poco de corriente. Con la amistad de siempre.

A este Godard conciliador, le responde un irónico Truffaut.

Tu invitación a Suiza es extraordinariamente halagadora, cuando uno sabe lo precioso que es tu tiempo… Tu carta es sorprendente, y tu pastiche de estilo “político” convence. El “finale” de tu carta permanecerá como uno de mis más felices hallazgos: “Con la amistad de siempre”. De este modo demuestras que no puedes seguir soportando la animosidad hacia nosotros, a quienes llamaste malhechores y estafadores a los que había que evitar como la peste […].
Espero tu respuesta sin excesiva impaciencia porque si te conviertes en uno de los del grupito de Coppola, andarás escaso de tiempo y yo no quiero echar a perder la preparación de tu próxima película autobiográfica, cuyo título creo saber: “Una mierda es una mierda”.

Y eso sería, casi, todo.


En 1984 una amiga en común le cuenta a Godard que Truffaut sufre de un tumor cerebral inoperable. Dicen que JLG dijo:

Eso pasa por leer tantos libros malos.

Truffaut muere ese mismo año. El 21 de octubre a los 52 años.

Anne-Marie Miéville (esposa y colaboradora de JLG), al enterarse de la muerte de FT, le dice a Godard:

Nadie te va a proteger ahora.

Años más tarde, JLG trataría de explicar una de las posibles razones del enfrentamiento:

Como sabes, lo más difícil es decirle a un amigo que lo que ha hecho no es muy bueno. François Truffaut no me perdonó que pensara que sus películas eran malas. Y él sufría, además, porque no podía considerar mis películas tan malas como yo las suyas. No es que fueran malas… No más malas que cualquier otra cosa. No más que las de Chabrol… Pero no era el cine que habíamos soñado.

Godard, también, dijo alguna vez:

Truffaut era el mejor crítico. Si se hiciera una historia de la critica  literaria francesa, y digo literaria, estarían Diderot, Baudelaire, Malraux, Élie Faure y después Truffaut y Daney.

En 1988 se edita el libro François Truffaut – Correspondence 1945-1984, editado por Gilles Jacob (de nuevo el festival de Cannes atravesando la historia) y Claude de Givray.

JLG escribe el prólogo.

¿Por qué nos peleamos con François? No tenía nada que ver con Fassbinder o Genet. Fue otra cosa. Algo que, afortunadamente, no tiene nombre. Algo estúpido. Infantil […]. Lo que nos mantuvo unidos tan íntimamente como un beso, lo que nos unía más íntimamente que el beso falso en Notorious, era la pantalla y nada más que la pantalla.

A JLG se le reconocen muchas cosas, pocas veces lo emotivo de sus textos. El prólogo, casi, termina diciendo, y es difícil leerlo sin un nudo en la garganta:

El cine nos enseñó a vivir, pero la vida, como Glenn Ford en Los sobornados ( The big heat), se iba a tomar revancha.

Una pequeña digresión antes de la despedida. 

En el documental Morceaux de conversations avec Jean-Luc Godard, vemos a JLG junto a Jean-Marie Straub y Danièle Huillet dando una clase o algo así. Al ver esa secuencia, uno tiene la sensación que, a pesar de que el lugar está lleno de gente, se hablan solamente entre ellos. Que los únicos, y últimos, capaces de sostener ese diálogo (esa idea del cine) son ellos. El resto (todos nosotros), somos simples espectadores. Danièle Huillet murió en el 2006. Jean-Marie Straub y Godard siguen vivos. Me pregunto que pasará cuando uno de ellos muera. En verdad me pregunto qué pasará cuando se muera JLG.

La respuesta, como siempre, la tiene el mismo Godard.

François, quizás, esté muerto. Yo, quizás, todavía esté vivo. Pero ¿cuál es la diferencia?

Fin.
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Compilador de textos: Marcelo Alderete

Los libros saqueados, fueron los siguientes:

- François Truffaut – Correspondence 1945-1984 -  Edición de Gilles Jacob y Claude de Givray.
- Godard, a portrait of the artist at 70 – Colin MacCabe.
- Jean-Luc Godard. Pensar entre imágenes. Conversaciones, entrevistas, presentaciones y otros  fragmentos - Edición de Núria Aidelman y Gonzalo de Lucas.
- André Bazin - Dudley Andrew.

jueves, abril 5

A Girl Is a Girl, de Reginald Harkema

2 comentarios:
Una chica es una chica, acá y en Canadá también.
Había leído algo sobre Harkema, pero no había visto nada. Ahora quiero ver todo. Y todo parece que solo son 3 pelis, todas presentes en este Bafici. "A Girl Is a Girl" es la primera, hecha en 1999. Una de esas pelis queribles, con personajes para identificarse y/o reconocer a algún conocido. Si, hay algo de Godard cómo dicen por todos lados (jueguito para tiempos muertos en el cine: ¿cuántas veces nombran a Godard en el catálogo del festival?), pero también hay High Fidelity y Singles. Hablando mal y pronto: Nick Hornby se cruza con Cameron Crowe y se van a ver una de Jean-Luc. Hay ex novias y música, mucha música. Hay paso de los años y expectativa por ver cómo van cambiando el protagonista y sus amigos (¿el par de drogones partuzeros más queribles de este fest?). Escenas recordables que estoy esperando poder comentar con mis amigos. Diálogos cómo para pedir una copia del guión. "Dolorosamente autobiográfica" dijo Harkema al finalizar la proyección cuando le preguntaron que se sentía ver la peli después de unos años. Y, si tuvo esas chicas cómo no le va a doler recordarlas...

J. Pérez

Dijo Victor: ¿cómo no aplaudir a un tipo que su My Space es flowerpowerisdead?
Miren que amigotes tiene: http://www.myspace.com/flowerpowerisdead