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sábado, junio 23

Pecados Canninos (XI) - Final

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Fue hace poco, pero parece que el festival de Cannes, ocurrió hace miles de años, en una galaxia muy lejana… Pero como por estos lados no nos preocupan mucho las novedades, ni las noticias de último momento, nos disponemos, ahora, a realizar un balance de esta edición 65º del festival de Cannes. Y que mejor para eso que concentrarnos en su Palmarés (simpática forma de referirse a lista de películas premiadas), pero antes…
Escribí hace tiempo (y lo repito, ya que el público se renueva…) que Cannes es el mejor y a la vez el peor de los festivales de cine. La primer parte de esta afirmación responde a su historia y su halo mítico. Algo que Cannes logró a través del tiempo y que ningún otro festival supo o quiso (hay una decisión política detrás de cada festival) construir. Este lugar hace que todo el mundo quiera ser parte del festival. Desde los consagrados hasta los noveles. El ganador de la Cámara de Oro, Benh Zeitlin, director de la discutible pero visualmente impactante Beasts of the southern wild, al recibir su premio, llamó al festival “El templo”. Este espacio de centro del mundo cinematográfico, lugar en el que hay que estar, punto de partida de la agenda del resto de los festivales de cine del mundo, transforma a Cannes en algo más. Un lugar en donde conviven las más personales de las obras con el último producto de marketing hollywoodense. Un mercado atendido, en algunos casos y cada vez menos, por artistas. Hoy en día no está bien visto escandalizarse por esto, al contrario, es algo aceptado, una forma de sobrevivir, y no solo de los festivales. Ya nadie apuesta por el extremismo. Y Cannes, con una película-escándalo por edición, ya tiene cubierta su cuota de riesgo. Así están las cosas por ahora. 
La parte mala incluye o se desprende de la parte buena. Al analizar los títulos seleccionados, uno se da cuenta que la calidad intrínseca de las películas no es lo prioritario. Tratar de discernir los criterios artísticos de Thierry Frémaux, su agenda, es algo que todos los críticos intentan en algún momento dilucidar con resultados casi siempre poco satisfactorios. ¿Cómo justifica Frémeaux la inclusión de películas como The taste of Money de Im Song-soo o The paperboy de Lee Daniels? No lo hace. O le encuentra méritos y justificaciones dentro de la lectura final y total de la programación. Quién mejor que él, parece decirnos, para explicarnos lo que pasa en el mundo del cine. Aunque para hacernos entender eso, sea necesario mostrarnos también ejemplos mediocres. Lo dicho, la selección de Cannes es algo difícil de discernir. Y todo esto sin considerar los gustos personales y/o caprichos. Quizás, en esta parte tan humana se encuentre la respuesta a casi todo. Pero imposible enfrentarnos a esto. La desazón sería demasiado grande.
Entonces, vamos con el Palmarés, que fue el siguiente:

Palme d'Or:
AMOUR (LOVE) dirigida por Michael Haneke

Grand Prix:
REALITY dirigida por Matteo Garrone

Mejor director:
Carlos Reygadas por POST TENEBRAS LUX

Mejor guión:
Cristian Mungiu por DUPÃ DEALURI (BEYOND THE HILLS)

Mejor actriz (compartido):
Cristina Flutur y Cosmina Stratan por DUPÃ DEALURI (BEYOND THE HILLS) dirigida por Cristian Mungiu

Mejor actor:
Mads Mikkelsen por JAGTEN (THE HUNT) dirigida por Thomas Vinterberg

Premio del jurado:
THE ANGELS' SHARE dirigida por Ken Loach

Empecemos por el principio. Amour de Michael Haneke. Desde su primera proyección ya fue la favorita para llevarse la Palma de Oro. Hay algo indiscutible en esta película. Desde su historia (una pareja de ancianos enfrentando la muerte de uno de sus integrantes), sus actores Jean Louis Tringtignant y Emmanuelle Riva, su puesta en escena, todo. Inclusive cierto humanismo que no suele aparecer en el cine de este austriaco, más acostumbrado a mirar a sus personajes desde cierta distancia y altura. Pero es toda esta grandeza previa lo que termina funcionando en contra. Mas que nunca vuelve a ser pertinente Manny Farber y su teoría del arte (cine) elefante blanco, un cine que exige para sí mismo toda la grandeza del arte en mayúsculas vs. el arte termita, representado por películas que se mueven en el margen, cerca de los géneros considerados menores. (Digo esto simplificando de manera brutal las ideas de Farber). Amour es, sin dudas, un representante perfecto de lo primero. Haneke continúa algo que, de manera menos lograda, comenzó con La cinta blanca (2009). Esto es, trabajar en el género de “la obra maestra” y ubicarse con una sofisticada prepotencia en el parnaso de los maestros del cine. De alguna manera, Amour, es la película perfecta para ganar en Cannes y en cualquier otro festival del mundo (Oscar incluido). El cine de qualité, cambia de forma y vuelve a atacar, siempre.
Por otro lado, para el jurado era la película de consenso frente a otras propuestas más arriesgadas y personales. Amour, obviamente, fue comprada por un distribuidor argentino. Inclusive antes de alzarse con la codiciada Palma. Lo que habla una vez más de la obviedad de todo el asunto. Amour exige su lugar de película importante y lo hace con mejores armas que las usadas anteriormente por Haneke, no suena a poco, y sin embargo... Volveremos sobre esta película (Por amor, creo que será su título local) una vez que se estrene en las salas argentinas.

Como suele ocurrir en los últimos años, la programación de la competencia oficial de Cannes estuvo armada mayormente con directores consagrados o de cierto renombre (merecido o no): Michael Haneke, Abbas Kiarostami, David Cronenberg, Hong Sang-Soo, Wes Anderson y Leos Carax con su sorprendente reaparición.
Este año, esa primera línea cumplió con creces. Y  presentaron películas notables por una u otra razón. Haneke inclusivo, hay que decirlo. Demostraron un cine vivo y que en algunos casos plantean nuevos horizontes para las obras de sus respectivos autores.

Una segunda línea, compuesta por quienes de hacer bien sus deberes terminarán siendo parte de la elite (aunque a veces puedan terminar olvidados con el tiempo, o con una carrera más o menos exitosa, pero que, seguramente, poco aportará a la historia del cine). Ellos fueron este año: Carlos Reygadas, Matteo Garrone,  Cristian Mungiu, Jeff Nichols, Ulrich Seidl, Sergei Loznitsa  y en (muy) menor medida, Thomas Vinterberg,  Jacques Audiard y Walter Salles.
Haneke (cuando era bueno) supo pertenecer a esta categoría, hasta finalmente lograr el buscado ascenso.
Este segundo grupo, que por otra parte arrasó con el palmarés, no estuvo a la altura. Ninguno de ellos, cada uno con sus respectivos, (y en algunos casos ya repetidos) recursos y universos particulares, lograron superar obras anteriores, y mostraron un alarmante estancamiento, cuando no retroceso. Con algunas excepciones, para bien o para mal, sobres las cuales retomo más adelante.
Y una tercera línea dedicada a nombres ignotos, de ser posible, de algún país con no mucha tradición cinematográfica. Posibles futuros descubrimientos de Cannes, lugar de donde deberían provenir los nuevos nombres. Este grupo, directamente, no existió. O, aún peor, estuvo compuesto por películas menores en todo sentido, que apenas si lograron ocupar un lugar de relleno. No sé trata de un cine menor o de baja intensidad, sino de un cine directamente irrelevante. 
Cannes, como casi todos los festivales del mundo últimamente, no hace otra cosa que perpetuar el status quo del mundo cinematográfico y logrando hacer cada vez es más difícil el acceso a nuevos directores. Un club de amigos, con todo lo que esto implica.
Las excepciones para bien o para mal que mencioné anteriormente, fueron los siguientes:
Empecemos por Thomas Vinterberg. El único lugar en donde su cine parece tener alguna relevancia es en Cannes. Así y todo, The hunt es una mejora en relación a esa infamia llamada Submarino (2010), película en la que el danés se enlistaba en esa secta de directores que asesinan bebes (a veces niños) para hacer avanzar dramáticamente sus películas. No hay más aquí que un director con “alma de ejecutante”. Algo que por estos lados, parece ser visto con buenos ojos. De todas maneras, el premio a The hunt fue a su actor. Un premio menor, sin dudas y detengámonos acá: pocas cosas más tristes que la gente de cine hablando de actuaciones. 
Ulrich Siedl, inicia con Paradise: Love –dice-, una trilogía sobre tres mujeres de una misma familia que toman vacaciones por separado, o algo así. Ante cada obra de este señor uno abandona toda esperanza ni bien comenzada la película, y esto vuelve a ocurrir con el primer plano de Paradise: Love pero, extrañamente, con el pasar de los minutos la  historia de una señora cuarentona en busca de sexo (y algo de amor) de unos vigorosos muchachos negros en las playas de Kenya, una historia que hace prever lo peor, llega hasta lograr ciertos momentos de humanismo. Inclusive cierta mirada  cariñosa y nada despectiva, ni juzgadora, algo impensable en trabajos anteriores de Siedl. 
Hay más en esta película: turismo sexual, relaciones de clase, temas raciales, todo lo suficientemente complejo como para no dedicarle más tiempo y espacio. Por ahora digamos que cierto cariño que muestra Siedl sobre su personaje protagonista, ya es suficiente para lograr, quizás, su mejor obra.
A Carlos Reygadas, y su Post Tenebras Lux, le toco el lugar del escándalo. Espacio que supieron ocupar en otros años, y no siempre por motivos cinematográficos, obras tan dispares como Melancholia (2011) de Lars von Trier y Vincent Gallo con su notable y ya mítica (exageremos en nombre del cine) The brown bunny (2003). Como se ve, gente complicada.
Post Tenebras Lux cuenta de manera episódica la vida de una familia mexicana. Su forma narrativa escapa a todas las convenciones y, de alguna manera, remite a The tree of life (2011) sin dinosaurios, pero con un diablo. Reygadas dice haber filmado antes su película y habrá que creerle. Otro punto de comparación, o posible referencia o pista, podrían ser algunas de las películas de Jonas Mekas. Cierta idea de registrar instantes personales, escenas familiares, momentos a priori anodinos, y transformarlos en cine. Una gran diferencia es que en Mekas la maquinaria cinematográfica no existe (producción, equipo técnico, etc.) y sí en Reygadas.
La película fue recibida en su primera función para la prensa con abucheos (ay críticos,  vergüenza debería darles…). Lo cual, obviamente, despertó la adhesión enfervorizada de otros sectores del gremio. La típica película que a la hora de las puntuaciones (las benditas e irritantes estrellitas) sus votos se polarizan entre el 1 y 10, con pocas paradas en el medio. Reygadas es un cineasta inasible, autor de obras tan disímiles y enfrentadas como Batalla en el cielo (2005) y Stellet licht (2007) Un director con un universo tan personal y propio que se hace difícil, a veces, contextualizarlo. Mucho más frente a la velocidad que imponen los festivales a la hora de emitir juicios.
Su película junto a la de Leos Carax fueron las obras más arriesgadas en un festival, ya lo dijimos, cada vez más adocenado. Ese fue su merito, y quizás también su límite. No es Reygadas un director inocente (tampoco debería serlo, claro), ni mucho menos lo es su cine. La libertad que muestran por momentos sus imágenes, se ven a veces frustradas por cierto calculo. No hay ingenuidad, ni una escritura surrealista en escenas como en las que aparece el diablo o en la que un personaje se arranca –literalmente- la cabeza. Otra de las películas sobre las que habrá que volver.
Poco hay  para decir de Ken Loach y su The angels’ share. Sus últimas películas solo están logrando socavar su obra anterior. Ya nada queda de aquel cineasta (aunque fue hace mucho tiempo, alguna vez lo fue) autor de Poor cow (1967) o Kes (1969). Ni siquiera quedan rastros de ese héroe de la clase trabajadora que a principios de los 90 realizaba simpáticas y combativas películas como Riff raff (1991). Hoy se trata de un director oficialmente consagrado. El que más películas tuvo en la competencia oficial del festival de Cannes en su historia, dicen los fríos números. Lo que se desprende de ese dato, no es algo bueno. Hoy en día, Loach es el portavoz oficial de una Inglaterra que en la superficie, parece haber hecho las paces con sus propios demonios. Quizás Loach no hace otra cosa que confirmar la maldición que Godard echara alguna vez sobre el cine made in UK. Lo seguro es que sus películas se alejan cada vez más del cine, o peor, cada vez perfeccionan más algo que podría definirse como mainstream de autor. Un cine narrativo y simpático, lo suficientemente bien realizado como para no dar vergüenza y funcionar –al menos durante los festivales de cine- como remanso y alivio frente a un cine más arduo. Es el final terrible al que suele conducir eso llamado “el cariño del público”. Como siempre, como casi todo, se trata de una cuestión de elecciones. Ken Loach ya las hizo y logró adaptarse y aceptar con una sonrisa, un mundo que antes había mostrado como terrible. Al hacer esto, eligió quedarse del lado de los poderosos y desde ese lugar ejercer su paternalismo, no solo con sus personajes, sino también con nosotros.
Debería decir algo de Matteo Garrone y Reality, pero el paso del tiempo y el cansancio con el que vi la película, solo logran que recuerde un constante fastidio por esta historia de un participante de reality show. Como suele ocurrir con la televisión y sus fenómenos, el cine parece no tener nada que decir al respecto. Pido disculpas al señor Garrone, será en otro momento.
Jacques Audiard, quien después de llamar la atención mundial con la poderosa Un prophète (2009), intenta esta vez realizar un melodrama brutal y solo termina logrando una película bruta, en el peor de los sentidos, con De rouille et d’os. El año pasado nos indignábamos con la inocencia nostalgiosa prefabricada de El artista (2011), ahora viene Audiard para confirmarnos que todo puede ser peor.
Hay que agradecer al jurado no haber caído en ninguna justificación localista e ignorarla olímpicamente a la hora de los premios.
Lo que no hay que perdonar a este jurado, es haber dejado de lado los mejores trabajos de esta edición. Hay que ser demasiado ciego para no ver los méritos de Like someone in love de Kiarostami, película que solo en su primer plano secuencia ubica a su director muy por encima de sus premiados colegas. O el inesperado retorno de Leos Carax con la sorprendente y vital máquina narrativa que es Holy motors. Ni que hablar de esas enormes miniaturas que son In another country de Hong Sang-Soo (a esta altura, y sí, hay que repetirlo, el mejor director del momento) y Moonrise kingdom de Wes Anderson. O el fin del mundo visto a través de los vidrios de una limusina que gira por la noche en Cosmopolis del inefable David Cronenberg. Todas ellas geniales muestras del talento (y dominio de sus recursos y universos) de sus respectivos directores.
La lluvia que acompañó a casi todas las jornadas del festival se justificó al final: eran las premonitorias lágrimas de los cinéfilos sospechando lo que sería el palmarés final. 
Así termina, una vez más, otra edición del festival de Cannes. El secreto de su programación sigue sin revelarse. Quizás por estar tan a la vista.

Y llegamos, ya era hora, al final de estos Pecados Canninos. Es momento de los agradecimientos.
Todo esto no hubiera sido posible sin la ayuda, colaboración y apoyo de las siguientes personas:

Encerrados afuera, por el espacio y la confianza. No solo me dejaron entrar a su casa, me dieron las llaves y me dejaron hacer lo que quisiera. Lo cual me produjo orgullo, claro está. Y debería decir responsabilidad, pero no creo que esta gente conozca el término de esta palabra. Por algo nos llevamos tan bien.
Pablo Conde, quien se encargaba de subir, adornar las notas y soportar mis reclamos de diva al ver que a veces tardaban más tiempo del que creía necesario. Pablo, you complete me...
Y last, but not least, a la imprescindible Cecilia Barrionuevo, quien se encargaba de recibir mis textos (ilegibles mamotretos) y con paciencia absoluta desentrañaba significados, corregía ortografías y aclaraba conceptos hasta transformarlos en algo decente. En síntesis (y le robo esta idea a alguien, pero no importa), hizo todo menos escribir estas notas. Cada uno de estos Pecados Canninos debería haber llevado las firmas de los dos. Que no haya sido así, es una injusticia de mi parte. Te prometo, Ceci, que en un futuro no muy lejano me voy a comprar un diccionario de ortografía y otro de gramática para hacerte la vida más fácil. Ya que esta parece ser tu tarea en mi vida, hacerme todo más fácil. Y mejor, claro.

Listo, hasta aquí llegamos. Me despido de estos Pecados Canninos que tantas alegrías me dieron. Terminar cada jornada contándoles a ustedes todo lo que había visto y hecho, funcionó como un cable a tierra y me ayudó a mantener la cordura en un lugar y momento en donde esto hace mucha falta. Para una persona como yo, no es poco. Al contrario.
Hasta luego entonces.

Marcelo Alderete (quien pronto volverá con nuevas aventuras).

Continuará...

viernes, mayo 18

Pecados Canninos (III) (a)

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(MARCELO ALDERETE SIN PARAGUAS, DESDE CANNES, ESTOICAMENTE EMPAPADO) 


Parecía que no iba a ocurrir nunca, pero finalmente, hoy empezó el festival para este humilde servidor, con toda la expectativa que -a priori- pueden generar nombres como Wes Anderson y Michel Gondry. Si dichas expectativas fueron satisfechas o no, es algo que iremos develando a medida que avancemos con el relato de la jornada. Pero empecemos de a poco, que falta mucho.
El día comenzó como siempre, atravesando con mi colega programador la desértica zona en donde se ubica nuestro hotel (zona que hoy alguien comparo con Guadalajara), en busca de la parada de nuestro querido colectivo 20. A medida que avanzábamos por esta zona fabril, notábamos que algo raro pasaba. Había menos gente que de costumbre. Esperamos el 20 y los minutos pasaban sin que apareciera ningún vehículo de la fiel línea. Al rato de esperar, y  mudos ante la posibilidad de tener que encarar una caminata hasta el Palais (mínimo: 2 horas) o de algo aún peor, como tener que abonar los 25 euros que puede llegar a costar un taxi, se nos acerca una señora que en francés nos hizo entender que el día de hoy es feriado. Los motivos no los llegamos a comprender, aunque fueron expresados de diversas maneras por la amable mujer. Si interpretamos bien sus gestos, es posible que la fecha conmemore algún tipo de descuartizamiento realizado a alguien con poder tiránico. O esto, o cualquier otra cosa. Nuestros rostros (almas y bolsillos) se llenaron de esperanza y simplemente tuvimos que esperar media hora más. No era culpa del siempre noble 20, lo sospechábamos, la culpa era de la sociedad.
Una vez en el Palais, y gracias a una serie de postas realizada con un colega y amigo (a quien mantendremos en el anonimato, ya que puso en riesgo su futuro laboral y el alimento de sus hijos), pudimos acceder a la función de Moonrise Kingdom, de Wes Anderson.
Para hablar un poco de la trama, hay que decir que es la primera película para niños que realiza Anderson. Incluso hay un personaje malvado, casi una bruja, interpretada por Tilda Swinton. No se trata de niños portándose como adultos, ni al revés (aunque algo de eso hay), sino una historia de niños enamorados, enfrentados a la sociedad y a desastres climáticos. Una especie de re lectura de Melody, por hacer una comparación.

Moonrise Kingdom posee todo lo que uno sabe y espera de la obra de Anderson, pero esta vez algo falla, o no termina de lograrse del todo. Alguna vez reconoció haber estado a punto de no filmar Rushmore, ya que no encontraba al actor para interpretar Max Fischer, protagonista absoluto de dicha película. Y, a pesar de que esto pueda sonar cruel, el gran problema de Moonrise Kingdom es el niño protagonista Jared Gilman. A diferencia de Max Fischer en Rushmore, quien comenzaba la película siendo un freak insoportable para luego convertirse en un héroe a prueba de (y contra) todos, el tal Gilman nunca deja de ser un niño con un rostro extraño, sin ángel. La verdadera revelación aquí es la joven actriz, también debutante -como Gilman- Kara Hayward, un rostro bellísimo y particular que dota a su personaje de un halo y sofisticación totalmente atemporal. O mejor dicho, una belleza de los años ´60 -la película está ambientada en el `65, año de Pierrot, le fou, otro largometraje de fuga).
Pero no éste no es el único problema. Uno de los méritos del cine de Anderson, siempre fue el de llenar sus historias con grandes personajes secundarios, armados casi siempre en relación a la personalidad de sus interpretes, logrando un efecto único. Esta vez, dichos personajes están armados de manera muy leve, como si todo quedara en manos de los actores, a la espera de una magia que nunca se produce, excepto en contados momentos. Una película menor de Wes Anderson. Algunos me dirán que eso es suficiente, y no seré yo quien les diga lo contrario.
El mercado de Cannes, tan criticado por algunos, tiene algo bueno y es que siempre te da la posibilidad de poder ver algo. Mientras escribo esto me doy cuenta que, en realidad, puede que sea todo lo contrario. De todas maneras hoy el mercado tuvo programada en sus funciones, Captive, del filipino Brillante Mendoza, con Isabelle Huppert de protagonista. Un gran crítico de cine argentino escribió alguna vez que no estaba bien hablar mal de una película después de haber visto sólo quince minutos, pero que, en algunos casos, era peor hablar bien de algunas películas después de haberlas visto enteras. Así que prefiero no contarles más sobre el festivalero filipino. Por otro lado, espero con tantas ansias ver a Huppert a través de los ojos de Hong Sang-soo que cualquier otro sucedáneo me puede llegar a caer mal.
Y hablando de películas a la mitad, hoy ocurrió una desgracia. Bueno, quizás exagero.
Dentro del marco de la Semaine de la critique, hoy se presentaba la película argentina Los salvajes. Una hora antes de comenzada la primera función, la cola de gente esperando para entrar a la sala era impresionante. Yo era un espectador de lujo, ya que me encontraba en el café de enfrente esperando a alguien, quien también iba a entrar en la función. Al rato y de una manera sospechosamente rápida, la larga fila desapareció. No era que el público había ingresado a la sala, sino que la función, debido a problemas técnicos con el proyector, se había suspendido.
El director Alejandro Fadel, se acercó a saludarme, se mostraba tranquilo y comprensivo ante la situación. Me imagino yo en su lugar, destrozando todo objeto relacionado con el festival (con cualquier festival) y pidiendo la cabeza de Thierry Fremeaux, de Sarkozy, de Le Pen y cualquier otro apellido de ese origen. Sin embargo Fadel, al contrario de lo que indica el título de su ópera prima en solitario, demostró ser un estoico. Mientras escribo esto, la distribuidora internacional de la película anunciaba una función extra. La reacción del público damnificado fue civilizada y sólo lamentaban lo ocurrido, para seguir raudos con su, ahora, alterada grilla festivalera.
Ante esta reacción, no resta más que sentir envidia al compararla con los escandalosos cinéfilos argentinos, siempre preparados para el reclamo, incluso antes de que los problemas ocurran. Entre los afectados se encontraban el crítico y programador Gonzalo de Pedro, el Agregado Cultural de Francia en la Argentina, el productor del Festival de Mar del Plata y una programadora del BAFICI cuyo nombre no recuerdo ahora mismo...
Otro momento importante ocurrió en el festival durante el día de hoy: la apertura de la Quinzaine de realisateurs. La cola de gente para ingresar a esta función también era numerosa. Se vio a un afamado crítico de diario argentino, saltar el vallado y ubicarse junto a un compatriota que esperaba en la línea desde al menos, una hora y media antes. Dicho periodista prometió una cena si manteníamos su nombre en las sombras. De no ser cumplida la promesa, no sabemos cómo podemos reaccionar...
Durante la ceremonia de apertura, también se le entregó un premio a la trayectoria la director turco Nuri Bilge Ceylan, autor de la maravillosa Once upon a time in Anatolia. Luego de esto, subió al escenario el nuevo directo artístico de la Quinzaine, el señor Edouard Waintrop, quien después de unas palabras, hizo subir al mismisimo Michel Gondry junto a su elenco. En la sala, para continuar con el cholulismo cinéfilo, también se encontraba Nanni Moretti.
Y ahora pido disculpas. Si bien esto puede parecer un recurso para poder darle de una bendita vez un final a esta crónica, les juro que el cansancio me vence. Mañana sigo con el amigo Gondry. Para evitar el suspenso, desde ya les anticipo que su pelicula es muy mala. En la próxima entrega de estas crónicas, ampliaremos. O al menos eso espero...

jueves, mayo 17

Pecados Canninos (II)

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(REPORTA DESDE CANNES, MARCELO ALDERETE, USUARIO DEL 20)
Ahora sí, comenzó el festival de Cannes. Las críticas sobre Moonrise Kingdom son variadas y poco entusiastas. Si los dioses canninos me acompañan en el momento en el que ustedes lean esto ya la habré visto y luego les voy a poder dar mi opinión al respecto. Mi corazón está, desde siempre, con Wes y sus personajes. Que Bill Murray y Bruce Willis sean parte del elenco, sólo puede ser algo bueno. Pero seamos pacientes y esperemos hasta mañana. El mañana mío, que sería el hoy de ustedes. O algo así.
El día de hoy fue otra jornada en la que mi verdadera actividad en el festival se niega a comenzar, si bien mis tareas, seguramente, darán sus  frutos en el futuro. No hay que medir las bondades de un programador por la cantidad de películas buenas que ve, sino por la cantidad de películas buenas que logra que vea el público de su festival. Entonces, lo hecho durante el día de hoy sólo puede deparar buenas cosas para el festival en el que desempeño mi humilde oficio. Esperemos a ver que pasa. Como siempre, el tiempo dirá.
De todas maneras, y a pesar de la cantidad de trabajo y reuniones extra cinematográficas, pude ver una película en el bendito mercado. Y seguimos con los norteamericanos indies. Esta vez le tocó el turno a Hello, I Must Be Going, la nueva de Todd Louiso, aquel de Love Liza. Como suele pasar con este tipo de cine (repito: indie americano) es que, últimamente, no está del todo mal ni del todo bien. Si las películas de esta clase (y origen) tuvieron en algún momento cierto riesgo, eso hoy parece perdido. Son films que no superan la medianía de su realización. Como si la mediocridad de sus personajes se viera trasladada a su forma cinematográfica. Una especie de mainstream menor, borradores de películas.
Quizás los temas y el terreno que solían utilizar como materia prima estas películas hoy en día sea mejor utilizado por series televisivas, que incluso llevan las cosas más al límite. Pienso en Girls de Lena Dunham como el mejor ejemplo. Un tipo de cine que con el tiempo probablemente ocupará la grilla de trasnoche de cable para pasar luego a ser definitivamente olvidado. Pero dejemos de lado las penurias del viejo y querido cine indie USA, para pasar a las penurias personales. Que en verdad no lo son tanto.
Como les conté anteriormente mi hotel queda en la frontera de la ciudad de Cannes (¿es Cannes una ciudad?), lo cual me lleva a desplazarme diariamente en colectivo para poder acceder al centro neurálgico del festival, también conocido con el apenas pretencioso nombre de  "Palais". Los colectivos que realizan este tramos son el 1 y el 2 pero todavía no utilicé ninguno ya que ambos a su número suelen agregarle una A y una B, y cuando eso sucede, sus recorridos cambian drásticamente.
Entonces mi elección es tomarme el 20 que, en su noble simpleza, es siempre el 20. Mi querido 20 (al cual podríamos comparar en mi lejana Argentina con el 17 cuyo recorrido siempre me sonó a lucha de clases: Wilde / Recoleta) tiene un grave problema y es lo salteado que son sus horarios. Por ejemplo, escribo esto en un bar y son las 23:45 y el próximo sale recién a la 1:15. Lo bueno: me deja en la puerta de mi soviético hotel. Pero lo verdaderamente importante de mi amada línea 20 es que, de alguna manera y a pesar de lo raro que suene decirlo desde este lugar y momento del mundo, me mantiene los pies sobre la tierra. Pocas cosas hacen sentir a uno que está trabajando como tener que esperar el colectivo y acomodar sus horarios en relación a su marcha, más allá de lo glamoroso de las tareas que uno esté desempeñando. Quiero decir, Olivier Père (los que no saben de quien hablo, googleen el nombre) no se toma el colectivo. También es cierto que yo no soy Olivier Père, pero eso es otro tema. Y me voy, porque el 20 ya está por salir.
En la cola, al lado mío espera el imitador oficial de Charles Chaplin, a quien se puede ver diariamente yendo y viniendo por la Croissete, sacándose fotos con los turistas y espectadores. Una vez arriba del colectivo, sentado al lado de él, me doy cuenta que, entre otras muchísimas cosas, me falta un saco blanco para ser yo mismo un imitador de Olivier Père y quizás  en compañía del falso Chaplin ganarnos juntos la vida, recorriendo Cannes durante los días del festival. De entre todas mis pesadillas ésta, muy probablemente, no es de las peores pero sí es bastante mala. Seguro es la mezcla de cansancio y excitación que llevan a mi cabeza a divagar, así que mejor los dejo ya que lentamente empieza a mostrar sus cuadradas y poco agraciadas formas el Hotel Kyriad.
Se despide una vez más, desde la frontera misma de la ciudad de Cannes, y a bordo del maravilloso 20 (sí, acá se puede utilizar un I-Pad y/o cualquier otro adminículo electrónico en los transportes públicos sin correr ningún tipo de riesgo), quien les habla: Marcelo Alderete, working class film festival programmer.
M.A.

miércoles, mayo 16

Pecados Canninos (I) - Festival de Cannes 2012

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(DESDE CANNES REPORTA MARCELO ALDERETE. SU NOMBRE ES PELIGRO)
Una vez más con ustedes, el Festival de Cannes que, como dijimos alguna vez, es el mejor y a la vez el peor de los festivales de cine del mundo. El mejor, porque concreta su idea de un festival de cine en un 100%, y, el peor, porque esa idea es siniestra. Un lugar en donde el talento se mezcla con el glamour y todo convive en un estado que, a simple vista, parece de paz. Un festival que junta en un mismo paquete a un director como Hong Sang-soo con Madagascar 3 y le da a cada uno lo que parece necesitar, mientras toma de cada uno lo que necesita para sí mismo: de unos prestigio y de los otros estrellas.
Un mundo en donde esos espacios están juntos, pero que en verdad es un espacio falso, una burbuja que dura sólo un tiempo preciso de doce días (aunque luego Cannes marcará la agenda y la programación del resto de los festivales durante el año). Esa situación de burbuja, es quizás lo único que comparte con el resto de los festivales.
La crisis -no sólo económica sino también de identidad- que atraviesan los festivales de cine del mundo, no parecen afectar a Cannes, un monstruo que crece y crece con cada edición. Y aquí es donde aparece la otra pata de todo el asunto cannino: el mercado, titulado pomposamente "Marche du Film". Basta ver por un segundo la grilla de los títulos que ahí se programan para entender todo o, definitivamente, no entender nada.
Rápido y para ver si se comprende: el mercado funciona dentro del festival en dos sentidos, repitiendo algunas de las películas que participan en las competencias y, a la vez, proyectando centenares de largometrajes de las más variadas calidades, sin ningún tipo de curaduría oficial. Estas proyecciones son, está claro, pagadas por las distribuidoras y/ o productoras. sí es como, revisando títulos, uno encuentra que en el día de mañana, por ejemplo, se podrán ver cosas como Saint Dracula 3D (¡qué link recomendable!) de un tal Paul Rupesh, de 128 minutos de duración y, un poco más tarde, Alfie, The Little Werewolf. Y son sólo un par de ejemplos de una lista interminable.
Detrás (o debajo) del glamour de Cannes, de tanto prestigio y estrellas rutilantes, están estos títulos. Siempre me pregunto que pasará por la mente de un productor dispuesto a desembolsar dinero para que una de esas películas ocupen un lugar dentro del festival y la respuesta a esto es siempre monetaria, claro, pero por sobre todo es triste. Y eso es lo que destila el mercado detrás de tanta energía humana que despliega (ver el funcionamiento de toda esta maquinaria es increíble), una tristeza por ver el verdadero corazón del cine actual. Por detrás de las películas, desde las más prestigiosas y las otras, está el dinero. O para hacerlo todo mucho más simple, digo, el lugar se llama Mercado. No nos engañemos más. Y dejo esto porque -a raíz de mi trabajo- son muchas las horas que tengo que pasar en este lugar, y mientras uno está ahí, obviamente, no está viendo películas. Y hacer esto es, quizás, el mayor de los pecados caninos.
De todas maneras y, para ya abandonar este tema, buscando en esa bendita grilla aparece el siguiente título: God Bless América, tercer opus de Bobcat Goldwaith, autor de las maravillosas Shakes the Clown (o Punch the Clown) y World´s Greatest Dad, ambas comedias negrísimas que destilan un malestar sobre la Norteamérica actual que comparte con el cine de Todd Solondz. Si googlean al tal Goldwaith, sabrán también que se trata del actor de voz extraña que supo engalanar alguna de las Locademia de Policia (otro gran link), en el papel de Zed. Y si buscan un poco más por la red de redes y son gente que vive fuera de la ley, van a encontrar por ahí disponible de ser bajada a God Bless América.
Aquí Bobcath continua con su humor ácido mientras se encarga de los -tan de moda- reality shows. El problema surge cuando la película no logra transformarse en otra cosa que un panfleto discursivo sin nada que agregar contra esos programas. Al discurso exhibicionista de esos shows, la película sólo les agrega otro discurso, igual de exhibicionista y  reaccionario. Hay algo de los parlamentos de su protagonista (un cuarentón divorciado al que le diagnostican un cáncer) en contra del estado actual del mundo, largas parrafadas, que no dejan de remitirme a cierto cine argentino de los ochenta. Pero esto es algo que me pasa a mi: todo el cine malo del mundo me remite al cine argentino de los ochenta. De todas maneras, vale la pena ver esta película y de paso me hace sentir un poco más cerca de ustedes.
Y  hoy, ya sí, empieza el festival en serio. Moonrise Kingdom, la nueva obra de Wes Anderson, va a ser la encargada de lujo de dar inicio al evento. Veremos que tiene para agregar Anderson a su excéntrica carrera. Aquí vuelvo a excusarme por mi trabajo: estas crónicas no van a seguir la rutina del festival, ni voy a poder cubrir todas las películas de las competencias. Iré comentando a medida que vaya viendo, así sean momentos de belleza o de los otros. Espero serles útil y hacerlos disfrutar, un poco aunque sea, de este lugar increíble al que una serie de casualidades y algo de azar me trajeron. Y por hoy me despido desde mí muy setentista hotel. Desde  aquí los saluda el cronista al borde de Cannes. Y no es ninguna imagen poética: mi hotel está ubicado quince metros antes de que la frontera marque el fin de la ciudad de Cannes. Y la metáfora es bastante obvia: estamos adentro, pero a pasitos de quedarnos afuera.
Hasta mañana. O eso espero.
M.A.