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martes, agosto 21

Historias que sólo existen al ser recordadas, de Julia Murat

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¿Alguien dijo película hecha para proyectarse en festivales? Yo sí.
"Historias que sólo existen para ser recordadas" será recordada (jojo) como esa peliculita chiquita (el tono no es peyorativo, sólo es una mera descripción de lo anecdótico de su contenido) que viene para que los crítcos la alaben y los espectadores digan “No entendí nada, porque me quedé dormido a los quince minutos y me desperté de golpe con una canción de Franz Ferdinand”.

La dirección de la cinta que nos compete en este caso estuvo a cargo de la brasileña Julia Murat, que ya había hecho cortos, y debuta ahora con los largos. Parecería ser que el tópico “extranjero que llega a un lugar cerrado para cambiar el orden establecido” fue el elegido:
-        Pueblo fantasma lleno de gerontes – checkeado.
-        Cada cual tiene  su actividad en la cadena de la cotidianeidad rutinaria – checkeado.
-        Aparición de una chica joven (porque siempre “el otro” tiene que contrastar con los habitantes de la zona) – checkeado.
-        Hecho shockeante que ayuda a cambiar las mentes de los lugareños – checkeado
Sin embargo, acá la impronta (!) latinoamericana es demasiado evidente, como para que el espectador que alguna vez vio un producto cinematográfico del país vecino pueda asociarlo fácilmente (por ejemplo, ¿por qué caracoles siempre tiene que haber una exhibición tan obvia de la religiosidad? Bueno, vale, hablemos de guiños a O pagador de promessas o Barravento, por qué no).

Mención especial: a los dos movimientos de cámara que hubo en los 98 minutos de metraje. Otra vez, estos pícaros directores que la juegan de fotógrafos y se autoreferencian a través de algún personaje. Ese tópico también tentó a Julia, que quiso hacer una película con muchas capas de significados (a las que vamos a llamar “cebollas”, tal vez sí despectivamente en este caso) y, en cambio, logró una de esas que suelen inflarse, ser gustadas y recomendadas, aunque nunca nadie te sepa explicar por qué.

Ludmila Iara K.

Historias que sólo existen al ser recordadas se estrena el jueves 23 de agosto en el Espacio INCAA KM 0 - Gaumont (Rivadavia 1635).

miércoles, junio 30

Flame y Citrón, de Ole Christian Madsen

4 comentarios:
Si vos sos como yo y estás podrido de ver películas sobre nazis, esta peli del danés Ole Christian Madsen quizás te interese. En parte porque no es sobre nazis, sino sobre lo que se hizo con ellos. Flame y Citrón se inscribe dentro del tipo de películas que miran más
qué hicieron los buenos con los malos que lo que hicieron los malos, tal como hiciera “Black Book”, del inefable Paul Verhoeven.
Los protagonistas del título, Flame y Citrón, son dos héroes de la resistencia danesa durante la ocupación nazi. Ídolos de grandes y chicos, y figuritas repetidas en los manuales escolares de Dinamarca, ellos son dos agentes secretos contra los nazis, que tienen como misión aniquilar la mayor cantidad posible de daneses colaboracionistas. Todo va bien: muertes, alcohol y sexo, pero después las cosas se complican y los que parecían amigos al final son enemigos y viceversa.
La película tiene aciertos y defectos (como vos y como yo). Por un lado, siempre es saludable (hola, ¿qué tal?) el gesto audaz de discutir los mitos fundacionales de una nación. Por otro lado, la película no termina de decidir qué hacer, como diría el pelado de Simbirsk, respecto al tono que quiere tener, entonces se contradice y pierde fuerza. O sea, dejame que te explico. En la película mal-coexisten un realismo seco (que parecería ser lo que una desmitificación requiere) y una estilización extremadamente deudora del cine negro, que contamina ese realismo con un abuso de algunos elementos del noirismo. Entonces tenemos mucho jazz, mucho bar, mucha noche, mucha femme fatale que juega a dos puntas y sí, héroes perturbados que hacen sus propias reglas y viven en un mundo oscurísimo. No está mal darle un toque noir a una historia real, pero
en Flame y Citrón se fuerza a un punto tal que parece más una parodia de ese cine que una revisión sobre la resistencia. Esta contradicción e indefinición se prolonga por casi toda la película y le hace perder fuerza. Sobre el final, da la sensación de que el realismo se evapora, el noirismo se flexibiliza y la leyenda termina absorbiéndolo todo, pero de la peor manera. Vencen los clichés narrativos y las dicotomías gastadas (pasiones individuales versus necesidades colectivas; pragmatismo versus moral; el fin que justifica los medios versus los medios que justifican el fin). La película se hace cada vez más larga y menos interesante. Pasan unas cosas y termina. Seh, no está buena. Ya te dije.

Ahora Olé Christian Madsen está filmando “Superclásico” en la Argentina, una película sobre un jugador de Boca (interpretado por Sebastián Estevanez) que se enamora de su representante danesa. Solamente el tiempo dirá si Madsen sigue el camino de la mediocridad (tal como lo hace la selección danesa actual) o si se encamina en la senda vistosa y disfrutable de la Dinamarca guiada, en tiempos más benévolos, por los hermanos Laudrup.

Juan Upma

jueves, febrero 8

veranito en el cine

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El universo es uno solo y todo tiene que ver con todo. Esta inapelable verdad de la física cuántica es muy fácil de comprender si uno ve una buena cantidad de películas en poco tiempo. Todos tenemos la experiencia de los festivales, pero la cosa se pone más asombrosa si uno se restringe a las películas “”””de distribución comercial”””.
La cosa es así: la semana pasada, entre tantas otras cosas, vi ¿Quién dice que es fácil?, la digna sucesora de la comedia local No sos vos, soy yo, basada enteramente en este planteo: hombre obsesivo, neurótico, estructurado, se enamora de mujer liberal, liberada, libertina. Por supuesto, un film completamente olvidable. Y sin embargo.
Al día siguiente vi Diamante de sangre, intragable bazofia, nominada como corresponde, acerca de qué trágica es la realidad en Africa, y de qué cínico es Leo DiCaprio hasta que el amor lo redime, y de cómo puede caer tan bajo la eterna Jennifer Connelly.
Y ayer todo se unió. Ayer vi la esperada Stranger than fiction, otra de esas pelis amadas por los chicos sensibles y con banda de sonido acorde (en los blogs ya aparece junto a Eternal sunshine of a spotless mind, Garden State, The life aquatic, etc etc etc). Muy bonita, no tengo quejas. Sólo que llegando al final me di cuenta: es la historia de un hombre obsesivo, neurótico, estructurado, que se enamora de una mujer liberal, liberada, libertina (¿por qué será que siempre son ellos los estructurados? ¿para cuándo el cuento de mujer obsesiva encuentra hombre liberado y es feliz?). Está mejor contada, con guiños y vueltas de tuerca, y sabemos que Diego Peretti no es Will Ferrell y Carolina Peleretti no se compara con Maggie Gyllenhall. Pero la idea está.
Salí sonriendo y me metí de cabeza en la película que empezaba: El último rey de Escocia. Y adivinen: un blanquito en Africa. Qué mal les va en Africa, qué cruel es la guerra entre gobierno y guerrilla, qué poco les importa la vida humana. Resumiendo, lo mismo que Diamante de sangre, o casi. Sólo que con una diferencia: el actor blanco, el que hacía de escocesito, narigón y con un mechón rebelde, se parece sospechosamente… a Diego Peretti.
Menos mal que Perfume no se parece mucho a nada (aunque está Dustin Hoffman, impecable como viejo perfumero pero mucho mejor como profesor de literatura en Stranger than fiction). Y menos mal que está Cartas de Iwo Jima, que me gustó hasta a mí que me retiré del género bélico hace quince años.