Nos hubiera encantado estar ahí. Tres días durmiendo en una carpa rodeados de gente con espíritu festivalero agitando sin parar, tratando de movernos con nuestras botas para lluvia en una marea de zombies de un escenario a otro. Pero eso sí, viendo a una gran selección de las bandas más grossas del momento, y por "momento" entiendase que hablamos de las últimas tres o cuatro décadas. No pudimos ir, pero lo vimos por TV, o por internet, que ya es lo mismo. De las 700.000 horas de video que transmitió la BBC, esta es nuestra selección de los momentos que más disfrutamos.
domingo, junio 30
jueves, junio 27
Before Midnight: Después de todo
*¡ATENCIÓN!* *¡SPOILERS!* *¡DE GRAN CALIBRE!*
“Yo podría haberlo hecho mejor, vos podías acercarte a mí”. Perdón, perdón, ya sé que a todos les parece una grasada “Fue amor” de Fito Páez. Pero en algún lugar, esa tonta canción de amor que una vez me emocionó me va a emocionar siempre. Siempre es 1990 en algún lugar cuando escucho a Páez.
Y siempre es 1995 en algún lugar cuando veo a Jesse y a Céline. Él tiene unas arruguitas preciosas que lo hacen todavía más lindo; ella engordó un poquito. Pero son ellos, se miran y se hablan y se chucean y son ellos por siempre, sexis hasta la parodia y mucho más allá. Y de este lado de la pantalla sentimos que somos nosotros, más arrugados y más gordos y más cínicos y menos esperanzados y creyendo menos en el cine y en todas las otras formas del amor, mucho menos, pero todavía en algún lado somos nosotros. Hasta la parodia, y si fuera posible, un poquito más allá también.
Hay tantas cosas para criticarle a Before Midnight. En mi lista, antes que nada, que cumpla con el cliché machista de convertirla a ella en una loca gruñona y resentida, mientras él sigue siendo más o menos un encanto, a su eternamente adolescente estilo. Nos cuesta perdonarle los clichés a Linklater. ¿Pero qué nos creíamos? ¿Acaso el amor era una idea completamente original inventada por él? Bueno, sí, creo que nos creíamos eso. Se llama tener veinte años.
Y después, claro, es imperdonable que mancille nuestros recuerdos y fantasías -siempre ideales- con el barro de una concreción. Otra vez estamos nadando en clichés, y es imposible decir aquí nada que no se haya dicho mil veces en las revistas femeninas: nunca, jamás, la concreción del deseo es tan buena como el deseo. Esa era la magia de Before Sunrise, que nos duró casi una década: no hay mejor amor que el amor imposible, imaginado. No había facebook en 1995 pero sí había teléfonos; Jesse y Céline eligen premeditadamente ignorarlos, y confiar solo en la épica de su amor y en el azar, de puro noveleros que son. Él ya es o quiere ser un escritor; ella ya se enamora de eso. No quieren pareja, quieren magia. Nosotros también.
Ya fue duro aceptar Before Sunset, nueve (¡¿nueve?!) años después. Fue duro porque nos enfrentaba a la verdad. Esos diálogos eternos, bueno, sí son un poco aburridos, y ya lo eran la primera vez (sólo que entonces éramos jóvenes y épicos y más calientes y vírgenes de cine y amor y todo). Pero la escena final, ese “Baby, you’re gonna miss that plane” lo paga todo. Él dice “I know” con esa sonrisa, Linklater funde a negro y nosotros nos derretimos de amor y de deseo y de impaciencia, porque ellos son tan lindos y su conexión se siente tan clara y tan sexy que nos toca a todos, y nos permite soñar que aunque hayamos pasado los treinta todavía nos puede salpicar algo de magia.
Pasaron (¿¡cómo?!) nueve años más. Before Midnight es una película sobre el paso del tiempo, y lo tematiza de forma demasiado explícita. En medio de la caminata, Céline plantea que quizás no sea cierto que la gente cambia tanto; que puede que seamos los mismos toda la vida. ¿Sería bueno eso? Linklater es fiel a sí mismo, y en ese acto nos traiciona. Hay veces que la única manera de mantenerse igual es cambiar. Él no se priva de nada: fotografía morosamente paisajes griegos como si nadie lo hubiera hecho antes, se solaza en eternas sobremesas mediterráneas con peroratas sobre lo femenino, lo masculino y las claves del amor. En sus largos diálogos y sus bajadas de línea obvias, nos hace sentirlo viejo. O sentirnos viejos nosotros, que es peor. Y, sin embargo, aquí estamos, porque no hay nada más lindo que un cliché bien contado, y a todos nos gustan las playas griegas, los chicos y chicas lindos y las historias de amor.
De manera un poco demasiado forzada, los diálogos van reponiendo lo que nos perdimos de las vidas de Jesse y Céline en los últimos nueve años. Nos dicen más de lo que necesitábamos saber. Están juntos, pero han pagado caro por su audacia; nadie sale indemne de la tremenda osadía de concretar un amor ideal. Él ha dejado a su hijo en otro continente, y lidia con esa culpa cada día. Ella se siente asfixiada por la maternidad, y ve al mundo como un sistema de sometimiento. Aprovechan una noche a solas para ventilar sus pequeñas miserias, y entonces bum: fin del truco de magia para dar paso a un truco de magia aun mayor: hacer de ellos una pareja como cualquier otra. Céline y Jesse peleando porque él deja todo tirado y ella siempre tiene que hacer la cena. Céline y Jesse transmutados en Marge y Homero.
Claro que odiamos a Linklater por hacernos eso. ¿Cómo se atreve? Si para mostrar la erosión de la vida cotidiana sobre el amor ya están tantísimos otros, y nosotros mismos. ¿Qué necesidad había de una tercera película, incluso una segunda? Jesse y Céline son nuestros Romeo y Julieta. Preferimos verlos muertos, o separados, antes que ahogados en crisis de los cuarenta y mediocridad conyugal.
Pero al mismo tiempo, no podemos evitar ver la película, como ese encuentro con un ex que sabemos que terminará mal pero no hay cómo esquivar. Al fin y al cabo, todo lo que termina termina mal, porque el amor cuando no muere mata, etcétera etcétera, complete con su canción grasa favorita. Before Midnight, mal pero bien traducida en algunos países como “antes del anochecer”: se nos viene la noche, y antes de que llegue tenemos esto. Estas horas, estos años. Lo que hay.
Y en estas horas, en estos años, hay algo de felicidad en volver a ver a Jesse y Céline. Aunque no estén a la altura de su mito. ¿Quién lo está? Es bueno ver que hay vida después de los años, los hijos, las arrugas. Aunque sea una vida más matizada, con obligaciones, con sentimientos encontrados, con cansancio y peleas idiotas. “Esto es amor real”, dice Jesse. Con acento en la erre. Y nos hace soñar, porque si hasta la más idílica de las parejas discute por quién levanta la mesa, quizás nosotros también podamos tener nuestros momentos. Porque ellos, ay, siguen siendo ellos. Tan tremendamente sexis con sus kilos y sus arruguitas. Y hasta ellos, cuando las papas queman, eligen refugiarse una vez más en su parodia de sí mismos. Juegan a la rubia tonta y el escritor seductor y son tan hermosos que se perdonan todo, les perdonamos todo por seguir mirándolos y que sea 1995 un ratito más.
miércoles, junio 26
Las Liebres
La mañana siguiente cuando abrí los ojos el sol ya estaba arriba. Para mi sorpresa el tren corría paralelo a una serranía y mientras el rocío matinal empezaba a elevarse (el tiempo de la heladas ya había quedado atrás) por el campo corrían la liebres. El contraste no podía ser más grande con la oscuridad y sordidez de la noche anterior en la estación de Constitución. Y un poco más atrás todavía con las peleas constantes y la tristeza de la incomunicación que me habían decidido a irme. No es que no me iba a ir de todas maneras. Las liebres corriendo para todos lados por el campo. Un espectáculo inesperado del que tiempo después, por la alegría que entrañaba, me entraron las dudas. ¿Habré visto bien? ¿Cómo es posible que la separación entre la desazón y la vida que vuelve al cuerpo sea tan solo un pasaje de unos pocos pesos? ¿Cómo es que nadie me habló de esas montañas y su belleza? Después llegó Bahía Blanca y otra visión fantasmal de dos ciudades separadas por un río y la estepa pedregosa y las ballenas. Después vinieron más aventuras; después bajar el río Chubut en un bote y encontrarlos a Xevi y a Mario y llegar a Río Gallegos en un camión. Supongo que toda mi vida futura estaba allí en esas liebres.
No me había subido a la bicicleta todavía; no del modo en que lo hago ahora. En un cruce de caminos llegué al paraje El Campamento donde hay dos casas, un galpón enorme y un almacén donde me tomé una cerveza bajo la mirada atenta de la almacenera que no me quería dejar solo en las mesitas. No sé si por cortesía o por miedo de que me llevara algo. A medida que pasan los días voy tomando un aspecto que yo llamo efecto Shackleton pero que para muchos es simplemente el de un vagabundo. Para la mayoría de las personas la diferencia está en si por andar recorriendo caminos en bicicleta soy recompensado por un salario, prestigio de alguna clase o algo. La visión de las sierras de este otro lado es soberbia. El sol ya se fue pero queda un resplandor anaranjado en el horizonte que vuelve al cielo más claro. Hace mucho frío. Así y todo saco valor y le digo a la almacenera que me llevo la cerveza a la carpa. Antes de irme me dice que si Ricardo Iorio sale de la casa y me dice algo le diga que ella me dio permiso para quedarme. ¨Ah, Ricardo¨ le digo. En verdad ya había leído de otro ciclista que se había quedado encajado en el barro un día de lluvia y que no solo durmió en la casa de Iorio sino que le hizo torta fritas para el desayuno y le cantó canciones de Larralde. Pero no sabía que era allí, dónde llegué por casualidad, en ese paraje tan desolado como hermoso. El cielo me invita a quedarme y me quedo un rato afuera. Ahí, estando. Desde donde estoy puedo ver algún paisano viniendo en un auto destartalado a buscar vino. Y después una moto que pasa y puedo seguir; el ruido y las luces en la completa oscuridad, como si fuera una película. Tal vez ese tipo pasa por ahí todas las noches y avanza en el camino desierto con el viento en la cara cada vez. Por alguna extraña razón esa visión me llenó de recuerdos. Como si el rollo de momentos vividos que llevo en mi cabeza empezara a desplegarse y proyectarse. Justo lo contrario de esa experiencia cotidiana de ser tan solo un punto de condensación donde pasado y un futuro que apenas se puede proyectar se juntan. Vi todo el trayecto que hizo el tipo en la moto. Pegó una curva más adelante y seguramente entró a una estancia. La luz de los faros. El campo oscuro como un océano. Yo en la orilla. Después volví y me metí en la carpa y en la bolsa. Soñé que yo era Daniel Denett.
Dj malhumor
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Nuestros años felices – Jean-Luc y François (II)
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Anne Wiazemsky,
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Robert Bresson
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11:43 a.m.
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Aldemarce
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Anne Wiazemsky debutó en el cine a los 16 años a las órdenes de un tal Robert Bresson. La película es cuestión se titula Au hasard Baltazar (1966). Este dato sería suficiente para reservarle un lugar destacado en la historia del cine. Pero eso no fue todo en la vida de esta niña de familia bien. Ese mismo año, después de escribirle una carta de admiración (y enviársela a la oficina de la revista Cahiers du cinema), conoce a Godard y un año después, se casan y filman La chinoise (1967). La carrera de Anne continuará en los años posteriores, no sólo como actriz, sino también como guionista, directora y escritora.
Aquí nos detenemos en la biografía de Anne, ya que parte de este material formará parte de un próximo post, que, a pesar de no existir, ya tiene título: La(s novela(s) de Godard). Próximamente en su blog amigo.
Aquí nos detenemos en la biografía de Anne, ya que parte de este material formará parte de un próximo post, que, a pesar de no existir, ya tiene título: La(s novela(s) de Godard). Próximamente en su blog amigo.
El extracto a continuación, pertenece a su libro titulado Un año ajetreado (Une anneé studiese, en francés). Libro en el que Anne cuenta su educación sentimental de la mano del temible JLG, de quien la separaba, entre otras cosas, una diferencia de 17 años, mientras en el ambiente, todo se preparaba para la bienvenida del mayo francés.
En una salida social, como estrella invitada en la novela, hace su aparición François Truffaut. Anne, en el estilo cándido que atraviesa todo el libro, escribe lo siguiente:
Conocer a François Truffaut en su despacho de Les Films du Carrosse me intimidaba, pues lo admiraba muchísimo. Pero se mostró acogedor y cordial. Al igual que Jean-Luc veneraba a Robert Bresson. Me hizo preguntas sobre él y sobre mí. Le complació saber que yo estudiaba filosofía y había leído muchos libros. Me atreví a decirle que había visto todas sus películas y que me entusiasmaban, sobre todo Jules y Jim y Los cuatrocientos golpes. Se levantó y eligió dos libros de su biblioteca, que me regaló: Dos inglesas y el amor, de Henri-Pierre Roché y Les enfants de la justice, de Michel Cournot. Luego fuimos a comer a un restaurante ruso frente a su productora. La conversación entre él y Jean-Luc fue animadísima, brillante y divertida. Al separarnos, me dijo: “Gracias por haber entrado en la vida de Jean-Luc. Hacía tiempo que no lo veía tan feliz, y hasta diría que lo veo así por primera vez.” Y añadió, dirigiéndose a Jean-Luc: “¡Es cierto, la compañía de Anne te hace ser casi simpático!”.
Tiempo después, al oírme hablar una y otra vez de aquel “maravilloso encuentro”, Jean-Luc me preguntó un tanto inquieto: “No irás a enamorarte de Truffaut, espero”.
Y así, con un Godard dudando del amor de su pequeña Anne en manos de su eterno rival, nos despedimos con un nuevo agregado a esta batalla que, a pesar de haber terminado hace tantos años, continúa por otros medios.
Hasta la próxima.
Marcelo Alderete
lunes, junio 24
Vida de Cannes IX: Qué azul era mi valle...
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Apichatpong Weeresethakul,
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cine,
cine francés,
Festivales,
Francia,
Francois Truffaut
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1:39 p.m.
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Aldemarce
6 comentarios:
Inesperadamente y a pedido de nadie, retomamos las crónicas caninnas.
Antes de que empiece el festival de Cannes, escribí con bastante poco entusiasmo sobre la nueva película de Abdellatif Kechiche, llamada en francés La vie d'Adèle, chapitre 1 y 2 (Blue is the warmest color, en inglés). Obviamente no había visto la película, pero mis sospechas estaban fundadas en la filmografía del realizador. Una vez que la película fue proyectada para la prensa (la primera función es siempre para ellos), la mayoría de los críticos salieron festejando el film como una verdadera obra maestra. El mismo día, cuando la vieron el resto de los mortales, la opinión fue la misma. Se trataba de la mejor película en la competencia oficial y ya mismo deberían entregarle la Palma de Oro. Debido a mis tareas festivaleras, que suelen ir en contra de las premieres y funciones de gala, vi la película en cuestión varios días después que todo el mundo –literalmente- la declarara la obra maestra del festival.
Por motivos que desconozco (ya que no soy crítico, sino programador y a duras penas), el crítico y periodista Diego Lerer siempre me invita a participar de la encuesta que desde hace unos años viene realizando durante el festival caninno. Allí se va puntuando a las películas a medida que se presentan. El problema de esa lista es que incluye a demasiada gente, para tener sentido, debería ser más rigurosa en cuanto a los participantes elegidos. Algo que obviamente llevaría a mi exclusión, pero sería un acto de justicia por el bien de la lista y su utilidad.
Por motivos que desconozco (ya que no soy crítico, sino programador y a duras penas), el crítico y periodista Diego Lerer siempre me invita a participar de la encuesta que desde hace unos años viene realizando durante el festival caninno. Allí se va puntuando a las películas a medida que se presentan. El problema de esa lista es que incluye a demasiada gente, para tener sentido, debería ser más rigurosa en cuanto a los participantes elegidos. Algo que obviamente llevaría a mi exclusión, pero sería un acto de justicia por el bien de la lista y su utilidad.
Después de ver La vie d’ Adele, dude sobre la puntuación que debía darle a la película. No me parecía una obra maestra ni una mala película (aunque su lugar se encontraba más cerca de esto último), pero tampoco me despertaba ningún entusiasmo en particular. Lo poco que me interesaba la historia, se veía compensado por la belleza de sus protagonistas. Mi puntuación entonces fue un 6. Apenas pasaron unas pocas horas para que varios conocidos me reclamaran esa puntuación que yo, recordando épocas de estudiante, suponía un aprobado más que digno. Pero por las reacciones ocasionadas, parece que un 6 era un número inapropiado, como también lo era mi actitud. De seguir así, dijo alguien, iba en camino de convertirme en “el snob del día después”. Lo de snob, lo acepto como un elogio, ahora lo del día después, me dolió profundamente. Sobre todo porque como snob, no hay nada más imperdonable que llegar tarde.
La vie d’ Adele cuenta la historia de amor entre dos señoritas (jóvenes y hermosas). Está basada en un comic o historieta (como se decía en mi época), y de ahí sale su título internacional en inglés. La película mezcla un poco de Maurice Pialat (ver A nos amours), una puesta en escena que remite directamente a los hnos. Dardenne, y tiene dos particularidades pensadas para llamar la atención: primero su duración de casi 180 minutos y segundo unas escenas de sexo entre sus protagonistas, de una intensidad (y extensión) que no suelen verse en el cine mainstream.
Entonces, lo dicho; la película está bien, pero desde cierto cálculo. La historia no es original, pero hay sexo, sus jóvenes protagonistas son encantadoras (el truco más viejo de todos), su puesta en escena es moderna (con una cámara que está ahí, siempre atenta y remarcando los más mínimos detalles de lo que ocurre), y el director se toma el tiempo para capturar el transcurrir de la vida de sus heroínas, la hace con brío, vitalidad y bastante trazo grueso. No es poco para lo que fue la programación de Cannes de este 2013. Y sin embargo…
El final de la historia termina con Kechiche y sus chicas, Adèle Exarchopoulos (sí, la vida de Adèle) y Lea Seydoux, llevándose la codiciada (y anunciada) Palm d’or.
Una vez ocurrido esto, alguien comparó el triunfo de Kechiche con el de Apichatpong Weeresathakul en el 2010 con Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives. Recuerdo la sorpresa que causó el triunfo del tailandés, pero no que alguien la haya dado como ganadora previamente. Pero esto no es lo único que separa a estas obras y sus directores. Es fácil rastrear de donde proviene (y hacia dónde va) el cine y el imaginario de Kechiche, algo que es imposible con Weerasethakul. Basta ver el trazo grueso (gruesísimo) en la escena en la que las futuras amantes se cruzan por primera vez. En un caso se trata de un verdadero creador y en otro, de un hábil (no sé si noble, esto lo veremos más adelante) artesano. Cannes puede ubicar a ambos nombres en una misma categoría y hacernos pensar que se trata de lo mismo. He aquí su poder.
A partir de aquí, vienen una serie de datos (arbitrarios, ridículos y paranoicos, claro, para eso estamos en un blog) que aumentan mi desconfianza en La vie d’ Adèle, su director y todas esas cosas que ocurrieron en el festival de Cannes hace ya más de mil años...
- Abdellatif Kechiche empezó su carrera como actor (repito: actor, empiezan las sospechas), para más tarde dedicarse a la dirección. Su primera película fue La faute à Voltaire (2000), dura 130 minutos y trata sobre inmigrantes africanos en Francia. Más tarde siguió L’esquive (2003) y sus 117 minutos, que se vio en el BAFICI y hasta recibió un premio. Quizás se trate de su mejor película y, como suele ocurrir, la que muestra los alcances y límites de su realizador. Su consagración llegó con La graine et le mulet (2007), duración 151, ganadora del premio Cesar (equivalente francés a nuestro Cóndor de Plata, je) a su guión, actriz promisoria –o algo así-, dirección y película. Vénus noire es del 2010 y dura 162, fue un paso fallido, al menos en relación a premios o, quizás, simplemente Kechiche estaba tomando impulso (o estudiando sus errores) para su consagración mundial con La vie d’ Adèle. La duración de esta última es de 179 minutos (o 177, varía según las fuentes). Obviamente, a AK le gustan las películas largas.
- Un chequeo rápido en IMDB nos muestra que con sólo 5 largometrajes, Kechiche cosechó 36 premios en diferentes festivales y esas cosas. Es probable que se trate de un récord. Si el cine fuera un deporte, Kechiche sería un atleta de élite y millonario.
- Pensando en las comentadas, y bastante espectaculares escenas de sexo (hay algo de viejo voyeur obsesionado con la belleza de sus actrices, en la forma en la que están rodadas estas escenas), no seré yo quien se queje de esto ni tire la primera piedra, le dejo la palabra al (cuando me conviene) amigo François Truffaut:
Esta es la ley del cine normal y el cine tramposo. El cine normal, el de Louis Lumiere, necesita un mínimo de elementos para emocionar. El cine tramposo, para paliar la falta de talento, echa mano de peleas violentas y falseadas, de escenas eróticas y de diálogos teatrales.
- En cuanto al realismo de las escenas eróticas y el nivel de exposición al que se entregan las actrices en la película, no me sorprende. Creo que los actores son una raza dispuesta a todo y que no falta mucho para que uno de ellos se mutile en cámara o algo peor. Obviamente, dichas escenas son lo mejor de la película. Lo dicho: actores...
- Léa Seydoux fue tapa de la edición francesa de Les inrockuptibles, número que salió antes de que comenzara el festival. El terreno se estaba preparando para la película y para terminar de transformar a Lea en la nueva actriz francesa de moda. Joven, bella y con aires de chica moderna, Léa no se privó de llorar en la conferencia de prensa de la película. Repetimos, por si no quedo claro: actores...
- Durante los días del festival se entregan gratuitamente varias revistas, desde las Variety a Hollywood Reporter, hasta otras más ignotas. Entre ellas, mi favorita se llama Gala, que se encarga de informar sobre la farándula asistente a Cannes. Está llena de fotos de ricos y famosos y es, básicamente, la revista Hola en versión caninna. A pesar de tanta frivolidad, ellos también tienen su encuesta de críticos (nombres bastante ignotos) y en esa encuesta también todos declararon a La vie d’Adèle como obra maestra y ganadora indiscutible.
- Durante los días del festival se entregan gratuitamente varias revistas, desde las Variety a Hollywood Reporter, hasta otras más ignotas. Entre ellas, mi favorita se llama Gala, que se encarga de informar sobre la farándula asistente a Cannes. Está llena de fotos de ricos y famosos y es, básicamente, la revista Hola en versión caninna. A pesar de tanta frivolidad, ellos también tienen su encuesta de críticos (nombres bastante ignotos) y en esa encuesta también todos declararon a La vie d’Adèle como obra maestra y ganadora indiscutible.
- A la hora de los agradecimientos, Kechiche nombró a Claude Berri (un productor y director de qualité fallecido en el 2009 y un prócer para algunos en la historia del cine francés, la más oficial, claro) y a Wild Bunch (agentes de venta internacionales que también participan en la producción de algunas películas). Como a la mayoría de los agentes de venta, primero les interesa el dinero y después las películas. Aunque también hay que decir que en su catálogo se encuentra Film Socialism (2010). Con eso, los muy malditos, ya se ganaron el cielo.
- La empresa que adquirió los derechos de distribución de La vie... para la Argentina, es la misma que se encargará de llevar a las salas una versión restaurada y con escenas en 3D de Los bañeros más locos del mundo, de Carlos Galettini.
- Un dato que, creo, todos pasaron por alto, en La vie d’ Adèle actúa Alma Jodorowsky, nieta de Alejandro Jodorowsky. Desconozco el significado de esto y también el de la presencia multitudinaria, en cuerpo y espíritu, de la familia Jodorowsky en esta pasada edición del festival de Cannes.
- Un dato que, creo, todos pasaron por alto, en La vie d’ Adèle actúa Alma Jodorowsky, nieta de Alejandro Jodorowsky. Desconozco el significado de esto y también el de la presencia multitudinaria, en cuerpo y espíritu, de la familia Jodorowsky en esta pasada edición del festival de Cannes.
Y con este misterio, me despido de esta nueva y atrasada crónica caninna. Espero volver pronto con menos arbitrariedades y más alegría.
Nos vemos.
Marcelo Alderete
miércoles, junio 19
La noche era joven - Mala sangre de Leos Carax
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cine francés,
Francia,
Leos Carax
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1:24 p.m.
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Aldemarce
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La buena salud del cine francés es capaz de producir un cineasta tan determinado como Carax y una película tan inquietante, exasperada y conmovedora como Mala sangre. - Serge Daney
Hace mucho tiempo, en un país llamado Argentina, las películas de Leos Carax tenían estreno comercial. Así fue como, en algún momento de la década loca de los 80, pudimos ver Mala sangre (The night is Young, fue el título que utilizaron en UK) en un cine de la calle Lavalle y salir sorprendidos y exultantes de una película que parecía un compendio adolescente de la obra de Godard. Un Godard for dummies (dijo alguien y no estaba del todo equivocado. To be young is to be sad, dice Ryan Adams y de ahí, solo un pasito a ser tonto), pero en ese entonces no sabíamos tanto de Godard, como hoy, que creemos saberlo (casi) todo.
Antes de la explosión del VHS (no voy a hablar aquí de la Generación VHS, lo juro), la obra de JLG era un gran hueco en nuestra cinefilia, apenas si habíamos visto alguna de sus películas. Sospechábamos la influencia, pero era otra cosa lo que nos tomó por sorpresa de Mala Sangre. Quizás fue ese romanticismo a prueba de todo. Esos amores imposibles que sin embargo no se niegan a ser eso: amores e imposibles. O fueron sus protagonistas (en ese entonces rostros desconocidos) Dennis Lavant, Juliette Binoche y July Delpy, quienes corren desesperados durante toda la película en busca de ese amor que está todo el tiempo a la vista, presente y sin embargo empeñado en escaparse.
El resto del elenco no era menos sorprendente y canónico: Michel Piccoli (Godard, claro, pero también toda la historia del cine francés moderno), Serge Reggiani (por si faltaba un guiño a la historia del cine) y Hugo Pratt (el verdadero padre de la aventura, una aventura que ya empezaba a ser imposible), en papeles de gánsteres que ven como el mundo que habitan (el cine que habitan) ya empezaba a desaparecer.
La historia de Mala sangre es simple. Alex, un joven de pasado turbulento e hijo de un afamado ladrón, hereda el lugar de su padre en el último robo de una banda de malvivientes más cerca del ocaso que de sus mejores momentos. En el camino, huye de un amor para terminar encontrándose con otro (posible el primero, imposible el segundo). El objeto a robar es un antídoto contra una enfermedad que contrae la gente que hace el amor sin estar enamorada. Todo es movimiento, fuga, y escape en esta película, y momentos y frases epifánícas.
Alex huyendo de su novia y logrando escapar con la ayuda de un guarda de subte. Alex imitando a un bebé para, inmediatamente, salir corriendo por las calles de una París recreada en estudio, al ritmo de Modern Love de David Bowie (escena recientemente homenajeada en Frances Ha). Alex realizando trucos de magia y ventriloquia para consolar a su amor imposible. Y el final –inolvidable- con Binoche corriendo y su rostro manchado de sangre, mientras Delpy también corre en su moto. Y las frases, escuchen: "algún día me olvidarás"' le dice Alex a su novia abandonada, "un día. O dos"' le responde ella. "Tu sí que has encontrado... la sonrisa de la velocidad" (¿cómo saber, en ese entonces, que esa frase pertenecía a una canción de un tal Leo Ferré?), dice Alex, y realiza un movimiento con su brazo, rápido, torpe y moribundo, todo a la vez, para representarnos esa idea de la velocidad y la felicidad. "Trágate las lágrimas, trágatelas", le exige Alex a Anne, hablándole –literalmente- desde las tripas.
Hoy, por esas cosas de la vida, no voy a poder ir a ver Mala sangre que se proyecta en la sala Leopoldo Lugones (ver horarios aquí), pero no hace falta, al escribir y recordar estas escenas, todavía me acuerdo de aquella primera vez que la vi en un cine de la hoy extinguida calle Lavalle y (viejo nostalgioso lleno de lugares comunes) parece que fue ayer.
En ese momento no lloré viendo la película, pero fue solamente por hacerle caso al último deseo del moribundo Alex.
(Una versión diferente de este texto había sido publicado previamente en Encerrados afuera).
Marcelo Alderete
miércoles, junio 12
It's been a long time / a real long time
Slowdive es Ushuaia, música que escuchaban algunos amigos, que me llegaba de rebote y heredé cuando se fueron yendo de la isla. Mojave 3 es el final de los 90, cds copiados y una cabaña rodeada de nieve. Y después es Buenos Aires, un discman mp3, trasnoches volviendo a casa en bondi. Siempre canciones que eran nuevas pero ya venían con recuerdos precargados. Halstead es el tipo que estaba detrás de todo eso. Una voz que aparecía cuando no estaban las chicas. Música para escuchar solo, medio alejandose. Una presencia inimaginable, nunca pensé como se vería el tipo, nunca busqué fotos de esas bandas ni recuerdo haber visto videos. Por eso al tenerlo a dos metros no me impactó tanto al principio. El tipo se sentó, se dio cuenta que hacía calor, se sacó el saco, afinó la guitarra. Y cuando empezó a cantar llegó el golpe. Esa voz cansada, amistosa, ese sonido dulce de la guitarra, la química de los pedales y las canciones como abrazos al alma. Y en el show recordé que estamos hechos de distorsión, ironías, chistes malos, cámaras que se mueven y también de canciones tristes.
Jota Pérez
Jota Pérez
martes, junio 11
In a Neil Halstead State of Mind
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Mojave 3,
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Neil Halstead,
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Slowdive
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4:13 p.m.
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Unknown
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Estábamos muy cerca suyo. Quizás por eso entrar en trance no nos costó mucho. No nos costó nada. Escuchar cómo su guitarra empezaba a tejer mundos, texturas, climas meteorológicos, miles de imágenes que tomaban forma fantasmagórica encima de su cabeza. Escuchar su partida quebrada rota autoexpiación. Escuchar sus confesiones, no en palabras, sino en notas musicales.
Neil Halstead estaba acá y nos decía, con la misma perplejidad que sentíamos nosotros, que nunca se hubiera imaginado que iba a terminar tocando en Argentina. Visitando Argentina. Hipnotizando a Argentina. Lo último no lo dijo, lo hizo.
Estaba acá y su presencia servía de salvoconducto para que volvamos a Slowdive y a Mojave 3, sus extensiones límbicas, sus hijos, sus otrosyos, sus aliases. Nuestras extensiones límbicas.
Neil Halstead se sentó -muy cansado, después nos enteraríamos- con su guitarra, su gorra de béisbol y su barba. Se sentó con absoluta humildad a abrir esos mundos. Se sentó con la paz absoluta y la seguridad del que sabe cuál es su misión. Preguntó con parsimonia cómo había salido un partido de fútbol y confesó lo leve, alegremente intimidado que se sentía. Después, con una cerveza de por medio y todo el cansancio, nos contaría que estaba acostumbrado a tocar en lugares bulliciosos, con gente hablando a todo volumen. Lo nuestro había sido raro: decenas de ojos mirándolo, silencio espectante y expectante. Eso fue antes de que una de nosotros -bella, misteriosa- le contara que había elegido su casa por culpa de él: de todas las opciones, sólo optaría por la que mejor funcione con su música como banda sonora. Y eso fue lo que hizo.
Fue Neil el que abrió el juego, pidiéndonos que sugiriésemos temas. Return to Sender, gritamos, sin dejarlo terminar. Y así abrió un zigzagueante recorrido por toda su carrera, con alguna parada en estaciones ajenas, como DamienJurado-landia.
Fue Neil el que hizo que nos sintiésemos en comunión, como una unidad compacta, como una tercera persona del plural. Y no, no éramos nosotros contra él. Éramos nosotros con él.
La noche terminó en otro lado, en un bullicioso bar mexicano, con algunas cervezas de por medio. Neil estaba cansado pero quería hablar al menos un poco, preguntarnos por los que le hablamos al final del show, escuchar nuestras impresiones sobre lo vivido. No nos quedó otra que sacarnos una vez más el sombrero. No nos quedó otra que decirle todo lo aquí escrito. No nos quedó otra que agradecerle, profundamente, por una noche distinta. Tan distinta que sólo los que la vivimos -los de la tercera persona en plural- sabremos de qué se trata. Como verdaderas extensiones límbicas...
Neil
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Dj Malhumor,
Neil Halstead,
recitales
en
2:17 p.m.
por
encerradosafuera
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Dj malhumor.
viernes, junio 7
Otoño
Dj malhumor.
miércoles, junio 5
Paladar rojo
Apuntes sobre una estética de la hinchada de Independiente (o cómo Jean-Luc Godard sería hincha del Rey de Copas)
Las discusiones en materia futbolística tienden a quedar muy por fuera del alcance de la estética. Claro, están los Bielsa, que nos recuerdan que el fútbol es un hecho estético, o los Cappa, que a partir de sus conocimientos filosóficos intentan educar platónicamente a sus jugadores (a través de la gimnasia y la música). Estos últimos buscan deconstruir derridianamente las estructuras del discurso futbolístico, logrando poco menos que nada, antes de irse con una puteada al mejor estilo Luppi y denunciar el negocio de la redonda (todo en un tono muy adorniano y negativo, claro está). Pero en el ardid de la charla de café, los argumentos nunca rebasan del estado de salud (actual o potencial) de los players: del "ese es un muerto" al "hay que matarlo", por poner solamente dos ejemplos.
En una de las tantas charlas que mantenemos con el amigo y colega @mauisintuiter, y ante un sensiblero (e irreproducible) mail mío sobre las agónicas (para seguir con la medicina) y aparentemente últimas jornadas de nuestro bien amado Independiente en primera, el muchacho se despachó: "Igual, todos los hinchas de todos los equipos son iguales...". Esa frase motiva este abstract, dirían los amigos investigadores, estas palabras preliminares o apuntes sobre la estética de las hinchadas.
¿Qué diferencia una hinchada de la otra? El nombre que se ponen, me diría mi vieja. Sí, es verdad, pero en parte. No es lo mismo llamarte "La 12", que "La guardia Imperial" o "Los borrachos del tablón". Tampoco los colores son (habría que desechar la obra de, entre otros, Kandinsky) potenciales exponentes de lo que distingue a los rojos (en el caso de mi equipo) de los blancos y celestes (el color de la camiseta de Racing, su archirrival, para los desprevenidos). No, si el rojo está ligado a las pasiones, a la exterioridad, no sería lógico que nosotros fuéramos apodados "amargos". Tampoco los hinchas de Racing, con su conjunto celeste, hermano del azul (un color que inspira, según el pintor, profundidad), tendrían que ser conocidos por gritar como desaforados cuando un defensor revolea la pelota a la tribuna, o la pelota más una pierna a la tribuna, o simplemente cuando pierden 3 a 0 y Agüero les hace un gol de toda la cancha (perdón, me fui a la mierda).
Hay, según entiendo, algunas marcas históricas, cortes en la diacronía estética de las instituciones, que van forjando los gustos de sus hinchas. El de Independiente es, o lo fue hasta hace muy poco, bastante claro. El reconocido "paladar negro" del hincha del rojo eshoy más bien una herencia que se debate, un prócer al que se le aplica el revisionismo del Instituto Nacional Dorreguiano, o como se llame.
Durante muchos años, desde aquellos primeros tiempos de la Doble Visera de cemento en que Erico hacía 74 goles por partido, pasando por los gloriosos '60 y '70 con Bochini, Bertoni, Pavoni y compañía, la parcialidad roja fue reconocida por, como dije, "amarga". Son numerosas las ocasiones en que el equipo ganaba cómodo y la gente silbaba, porque al menos en esa época, al parecer el público buscaba algo más que ganar medio a cero y volver a la casa para ver los afiches pedorros que cargan al rival.
La configuración de la hinchada de Independiente se solidificó a partir de ese axioma del "jugar bien", algo así como la traducción del lema brasileño "jogo bonito". Algunos clubes como River (quien en la historia local es mucho más grande que Independiente, no así en el palmarés continental) también lo tienen en su sangre. En oposición, clubes como Boca se han destacado por una extraña capacidad de triunfar de casualidad (por no llamar a esa característica una "estética del orto grande como una casa", hecho a abordar en otras crónicas), o con mucho ímpetu y agallas, en el mejor de los casos. Están los que nunca ganan nada pero dejan todo, los que de ese triunfo trunco han hecho una épica (Racing, sin ir más lejos), o quienes se constituyen muy fuertemente a partir de su lugar de pertenencia, un barrio o localidad (como San Lorenzo, que es de Almagro, tenía la cancha en Boedo y ahora juega en el Bajo Flores. Perdón, me refería a San Lorenzo y su lucha por volver a Boedo).
Pero no, nosotros debíamos jugar lindo y ganar bien, pasarnos la pelota, construir, hacer del hecho estético un acto colectivo, apoyarse en las grandes individualidades pero al amparo de una estructura grupal, un coro que le devuelve la pelota al agonista. Pero claro, agonista y coro me remiten a la tragedia: el descenso.
Es un embole hablar de lo que hizo que Independiente cayera en el pozo, el que quiera lo puede buscar y está muy claro. Sacando el tema político/económico, en lo estrictamente estético también se nota la renuncia de categoría. Generaciones que dejan de ver a su equipo jugar bien le piden que gane como sea, que si es necesario sacrifique todas las reglas que constituyeron las bases del éxito para aplicar una forma urgente, el carusolombardismo hecho práctica política. Y ahí vienen los pelotazos, los pases de tipos fantasmas, los "estoy muy feliz de jugar en un club tan grande y con tanta historia", es decir, viene la desesperación.
Porque en el hecho de pasarse la pelota hay un gesto político y, como dijo Rancière, política y estética van de la mano como fresco y batata, como Olmedo y Porcel. En ese gesto de complicidad, de astucia deportiva de ver el hueco y conectar con un compañero, en la complementariedad, hay una toma de posición. Porque no es lo mismo revolearla que levantar la cabeza y hacerse cargo. Porque no es lo mismo ganar por un gol en contra que por mérito de la estrategia. Así, la premisa del fútbol como hecho estético deja de tener simplemente connotaciones deportivas.
Entonces, ¿qué llevó a los hinchas de Independiente a dejar el paladar negro en la casa y a preferir la emergencia del pelotazo? Bueno, ahí aparece la relación entre la historia del fútbol y la Historia, y aunque para explicarlo bien habría que hacer todo un recorrido por sus relaciones, permítanme omitir eso diciendo que, en principio, el fútbol no es lo que era. Que ha cambiado y que "ser grande" es hoy menos un orgullo que un lastre, porque para ese tándem de cinco (o seis, si le suman a los que piden entrar al club de los cinco, que no es el de la colorada Molly Ringwald pero algo de eso hay) la Historia se ha vuelto una piedra pesada para cargar. Ir de punto es la premisa, en resumidas cuentas.
Las marcas textuales que hicieron a Independiente "el orgullo nacional" deberían ser las que nos saquen del ostracismo de la B. Claro que no le podés pedir a un Battión que juegue como Marangoni, ni a un Caicedo que se convierta en el (RIP) Palomo Usuriaga. No. Pero sí podemos ensayar una vuelta al origen (diría el amigo Artaud), oponer a la máquina del resultadismo las bases del buen juego que constituyen nuestra identidad. En criollo: "racinguizar" el descenso de Independiente, romper las tribunas, matar diez pibes y quemar mil autos, además de ser un crimen con fuertes sanciones (?), no va a devolvernos al paraíso futbolístico. Porque tampoco aplaudir cualquier cosa es signo de buen gusto, de apoyo. El oficialismo estético es siempre dudoso, no sólo en términos de gusto sino también en su ética.
En tiempos de hibridación cultural, cuando la identidad es un flujo que va y viene, el reverso y la oposición manifiesta a la forma pelotuda y barrabrava del aguante debe ser nuestro paladar negro. Si todos los hinchas reaccionan de una manera ante las peores catástrofes futbolísticas, tratemos de distinguirnos, de volver a la esencia de creer en el juego como un factor ineludible. Lloremos, puteemos, claro, es la catarsis necesaria ante la realidad inevitable. Pero "lo abyecto", como diría Daney que dijo Rivette, no es el descenso, al menos no el futbolístico. Lo que no podemos permitir es dejar a un lado el componente vital del hecho estético, ese gen de memoria que nos conecta con el pasado y nos diferencia, nos da una especie de documento. En la diferencia podemos distinguir lo que es propio de lo que no, hacer de lo bueno una bandera y de lo malo (eso de que somos amargos) también. Soy amargo, no aplaudo cualquier cosa, como dijo Godard (?).
Pero seamos nosotros, como piden las banderas. Y hoy, cuando todo parece que vamos al peor de los destinos (a ese al que nunca fuimos), patear la pelota afuera es seguir haciendo de cuenta que no pasa nada, que ya va a pasar. Para construir hay que pasarla, no sacársela de encima, habrá que levantar la cabeza y mirarnos entre nosotros. Y ahí está la identidad, no en los títulos, ni en la historia ni mucho menos en este desdibujado equipo que pareciera no entenderlo.
Tomás Dotta (@tomasdotta)
Las discusiones en materia futbolística tienden a quedar muy por fuera del alcance de la estética. Claro, están los Bielsa, que nos recuerdan que el fútbol es un hecho estético, o los Cappa, que a partir de sus conocimientos filosóficos intentan educar platónicamente a sus jugadores (a través de la gimnasia y la música). Estos últimos buscan deconstruir derridianamente las estructuras del discurso futbolístico, logrando poco menos que nada, antes de irse con una puteada al mejor estilo Luppi y denunciar el negocio de la redonda (todo en un tono muy adorniano y negativo, claro está). Pero en el ardid de la charla de café, los argumentos nunca rebasan del estado de salud (actual o potencial) de los players: del "ese es un muerto" al "hay que matarlo", por poner solamente dos ejemplos.
En una de las tantas charlas que mantenemos con el amigo y colega @mauisintuiter, y ante un sensiblero (e irreproducible) mail mío sobre las agónicas (para seguir con la medicina) y aparentemente últimas jornadas de nuestro bien amado Independiente en primera, el muchacho se despachó: "Igual, todos los hinchas de todos los equipos son iguales...". Esa frase motiva este abstract, dirían los amigos investigadores, estas palabras preliminares o apuntes sobre la estética de las hinchadas.
¿Qué diferencia una hinchada de la otra? El nombre que se ponen, me diría mi vieja. Sí, es verdad, pero en parte. No es lo mismo llamarte "La 12", que "La guardia Imperial" o "Los borrachos del tablón". Tampoco los colores son (habría que desechar la obra de, entre otros, Kandinsky) potenciales exponentes de lo que distingue a los rojos (en el caso de mi equipo) de los blancos y celestes (el color de la camiseta de Racing, su archirrival, para los desprevenidos). No, si el rojo está ligado a las pasiones, a la exterioridad, no sería lógico que nosotros fuéramos apodados "amargos". Tampoco los hinchas de Racing, con su conjunto celeste, hermano del azul (un color que inspira, según el pintor, profundidad), tendrían que ser conocidos por gritar como desaforados cuando un defensor revolea la pelota a la tribuna, o la pelota más una pierna a la tribuna, o simplemente cuando pierden 3 a 0 y Agüero les hace un gol de toda la cancha (perdón, me fui a la mierda).
Hay, según entiendo, algunas marcas históricas, cortes en la diacronía estética de las instituciones, que van forjando los gustos de sus hinchas. El de Independiente es, o lo fue hasta hace muy poco, bastante claro. El reconocido "paladar negro" del hincha del rojo eshoy más bien una herencia que se debate, un prócer al que se le aplica el revisionismo del Instituto Nacional Dorreguiano, o como se llame.
Durante muchos años, desde aquellos primeros tiempos de la Doble Visera de cemento en que Erico hacía 74 goles por partido, pasando por los gloriosos '60 y '70 con Bochini, Bertoni, Pavoni y compañía, la parcialidad roja fue reconocida por, como dije, "amarga". Son numerosas las ocasiones en que el equipo ganaba cómodo y la gente silbaba, porque al menos en esa época, al parecer el público buscaba algo más que ganar medio a cero y volver a la casa para ver los afiches pedorros que cargan al rival.
La configuración de la hinchada de Independiente se solidificó a partir de ese axioma del "jugar bien", algo así como la traducción del lema brasileño "jogo bonito". Algunos clubes como River (quien en la historia local es mucho más grande que Independiente, no así en el palmarés continental) también lo tienen en su sangre. En oposición, clubes como Boca se han destacado por una extraña capacidad de triunfar de casualidad (por no llamar a esa característica una "estética del orto grande como una casa", hecho a abordar en otras crónicas), o con mucho ímpetu y agallas, en el mejor de los casos. Están los que nunca ganan nada pero dejan todo, los que de ese triunfo trunco han hecho una épica (Racing, sin ir más lejos), o quienes se constituyen muy fuertemente a partir de su lugar de pertenencia, un barrio o localidad (como San Lorenzo, que es de Almagro, tenía la cancha en Boedo y ahora juega en el Bajo Flores. Perdón, me refería a San Lorenzo y su lucha por volver a Boedo).
Pero no, nosotros debíamos jugar lindo y ganar bien, pasarnos la pelota, construir, hacer del hecho estético un acto colectivo, apoyarse en las grandes individualidades pero al amparo de una estructura grupal, un coro que le devuelve la pelota al agonista. Pero claro, agonista y coro me remiten a la tragedia: el descenso.
Es un embole hablar de lo que hizo que Independiente cayera en el pozo, el que quiera lo puede buscar y está muy claro. Sacando el tema político/económico, en lo estrictamente estético también se nota la renuncia de categoría. Generaciones que dejan de ver a su equipo jugar bien le piden que gane como sea, que si es necesario sacrifique todas las reglas que constituyeron las bases del éxito para aplicar una forma urgente, el carusolombardismo hecho práctica política. Y ahí vienen los pelotazos, los pases de tipos fantasmas, los "estoy muy feliz de jugar en un club tan grande y con tanta historia", es decir, viene la desesperación.
Porque en el hecho de pasarse la pelota hay un gesto político y, como dijo Rancière, política y estética van de la mano como fresco y batata, como Olmedo y Porcel. En ese gesto de complicidad, de astucia deportiva de ver el hueco y conectar con un compañero, en la complementariedad, hay una toma de posición. Porque no es lo mismo revolearla que levantar la cabeza y hacerse cargo. Porque no es lo mismo ganar por un gol en contra que por mérito de la estrategia. Así, la premisa del fútbol como hecho estético deja de tener simplemente connotaciones deportivas.
Entonces, ¿qué llevó a los hinchas de Independiente a dejar el paladar negro en la casa y a preferir la emergencia del pelotazo? Bueno, ahí aparece la relación entre la historia del fútbol y la Historia, y aunque para explicarlo bien habría que hacer todo un recorrido por sus relaciones, permítanme omitir eso diciendo que, en principio, el fútbol no es lo que era. Que ha cambiado y que "ser grande" es hoy menos un orgullo que un lastre, porque para ese tándem de cinco (o seis, si le suman a los que piden entrar al club de los cinco, que no es el de la colorada Molly Ringwald pero algo de eso hay) la Historia se ha vuelto una piedra pesada para cargar. Ir de punto es la premisa, en resumidas cuentas.
Las marcas textuales que hicieron a Independiente "el orgullo nacional" deberían ser las que nos saquen del ostracismo de la B. Claro que no le podés pedir a un Battión que juegue como Marangoni, ni a un Caicedo que se convierta en el (RIP) Palomo Usuriaga. No. Pero sí podemos ensayar una vuelta al origen (diría el amigo Artaud), oponer a la máquina del resultadismo las bases del buen juego que constituyen nuestra identidad. En criollo: "racinguizar" el descenso de Independiente, romper las tribunas, matar diez pibes y quemar mil autos, además de ser un crimen con fuertes sanciones (?), no va a devolvernos al paraíso futbolístico. Porque tampoco aplaudir cualquier cosa es signo de buen gusto, de apoyo. El oficialismo estético es siempre dudoso, no sólo en términos de gusto sino también en su ética.
En tiempos de hibridación cultural, cuando la identidad es un flujo que va y viene, el reverso y la oposición manifiesta a la forma pelotuda y barrabrava del aguante debe ser nuestro paladar negro. Si todos los hinchas reaccionan de una manera ante las peores catástrofes futbolísticas, tratemos de distinguirnos, de volver a la esencia de creer en el juego como un factor ineludible. Lloremos, puteemos, claro, es la catarsis necesaria ante la realidad inevitable. Pero "lo abyecto", como diría Daney que dijo Rivette, no es el descenso, al menos no el futbolístico. Lo que no podemos permitir es dejar a un lado el componente vital del hecho estético, ese gen de memoria que nos conecta con el pasado y nos diferencia, nos da una especie de documento. En la diferencia podemos distinguir lo que es propio de lo que no, hacer de lo bueno una bandera y de lo malo (eso de que somos amargos) también. Soy amargo, no aplaudo cualquier cosa, como dijo Godard (?).
Pero seamos nosotros, como piden las banderas. Y hoy, cuando todo parece que vamos al peor de los destinos (a ese al que nunca fuimos), patear la pelota afuera es seguir haciendo de cuenta que no pasa nada, que ya va a pasar. Para construir hay que pasarla, no sacársela de encima, habrá que levantar la cabeza y mirarnos entre nosotros. Y ahí está la identidad, no en los títulos, ni en la historia ni mucho menos en este desdibujado equipo que pareciera no entenderlo.
Tomás Dotta (@tomasdotta)
domingo, mayo 26
Vida de Cannes VIII - Adentro de los Coen
Una vez más, el cine norteamericano cumple en esta edición de Cannes. Aunque esta vez (y como siempre) los Coen (Joel y Ethan) se encargan de sabotear lo que podría haber sido no sólo una de las grandes películas de la competencia, sino una de las mejores de su filmografía.
Los momentos musicales de la película, en donde se escuchan las canciones interpretadas por el elenco, y con el siempre grande de T-Bone Burnett por detrás de todo son, por lejos, lo mejor de todo el asunto. A lo que también habría que sumarle la interpretación de un desconocido llamado Oscar Isaac y la fotografía del cotizado Bruno Delbonnel. Los melancólicos viajes en auto en los que se atraviesa una fría Norteamérica, demuestran lo que pudo haber sido esta película que termina, segundos antes de que ese huracán llamado Bob Dylan arrase con todo. Otro cuento triste que demuestra que a la historia no sólo la escriben los que ganan, y otra película de los Coen arruinada por el mismo problema: los hermanos Coen. Y que termina comprobando -una vez más- que a El gran Lebowsky la dirigió el mismo Dude.
Marcelo Alderete
Foto: Cecilia Barrionuevo
Vida de Cannes VII - Soñé ser crítico de cine
Voy a escribir sin borrar nada, me cantan los Viva Elástico por los auriculares, mientras espero (la paciencia es el valor más preciado por estos lados) para entrar al cine. Aprovecho el consejo para, justamente, escribir sin borrar nada. Ya llegará el tiempo de sentar cabeza.
Las responsabilidades relacionadas con el trabajo, las reuniones (útiles y de las otras), la vida social, los reclamos personales (desde acá y desde allá) y las películas que hay que ver. Todo conspira contra la escritura de estas crónicas. Y sin embargo, acá estamos. Felices y moviendo la cola cual can(n)es. (Este chiste va dedicado al amigo Conde, al resto de los lectores les pido disculpas).Escribo esto desde mi hotel después de ver Venus in Furs, nueva película de un director llamado Roman Polanski. En la fila, mientras esperábamos para entrar, nos preguntábamos si el polaco prófugo se encontraba en Cannes, y llegamos a la conclusión de que no; pero acabo de verlo por las pantallas diseminadas por el Palais, y sí, está acá en Cannes. Cosas de la ley global. Me pregunto si algún periodista argentino en la conferencia de prensa le preguntará a Roman sobre el sketch de Francella y la nena.
La película de Polanski es un paso más hacia la nada. Otra adaptación de una obra de teatro (no vi la anterior, Un dios salvaje) en la cual dos personajes, una actriz (Emmanuelle Seigner) y un dramaturgo (Mathieu Amalric), tienen un duelo entre ellos (dios mío, las cosas que escribo) mientras él le realiza un casting a ella. Obviamente las cosas se darán vuelta en una especie de juego de poderes con un final particularmente grotesco en el cual Amalric terminará travestido y Seigner desnuda (apenas cubierta por una piel) poniendo caras ridículas. Así como suena. La película está muy bien fotografiada y las actuaciones son muy intensas (dios mío, sigo escribiendo estas cosas). Como todo el cine polaco y su inexplicable e histórica tradición de calidad. Ahora bien ¿a quien le puede interesar esto a comienzos del siglo XXI? Sabemos a quienes.
El cierre de la competencia del festival fue con Jim Jarmusch y su inesperada Only Lovers Left Alive. Una romántica y graciosa historia de amor entre vampiros amantes de lo analógico, las ciencias duras y conocedores de la verdadera historia de ese mentiroso llamado Shakespeare. Este nuevo título se suma a las relecturas de géneros que viene haciendo Jarmusch desde Dead Man y Ghost Dog. La película fue acusada de snob y de ser un sketch de SNL alargado. Lo de snob, no sé por qué debiera ser considerado un insulto y en cuanto a lo segundo, bueno, es el tipo de cosas que se dicen por twitter tratando ser ingeniosos, no hay necesidad de prestarles mayor atención. Only Lovers Left Alive es una película melancólica (o nostálgica) de gente que vive en un tiempo que no le corresponde. Jarmusch demuestra, otra vez, que más allá de las historias, cuenta con un universo personal y una originalidad que pocos tienen.
De las vistas, un repaso rápido de los títulos a destacar sería el siguiente:
Only Lovers Left Alive, de Jim Jarmusch
Nebraska, de Alexander Payne
The Immigrant, de James Gray
A Touch of Sin, de Jia Zhangke
La grande belleza, de Paolo Sorrentino
La vie d’ Adele, de Abdellatif Kechiche
Y quizás un poco más abajo:
Se acerca el final del festival y temo no compartir el entusiasmo que despertaron algunos títulos entre la prensa y los amigos que frecuentamos. Aún me quedan por ver algunas películas, así que mi visión de la calidad de la competencia oficial no está basada en su totalidad. Habiendo dicho esto, aclaro que son pocos los films que me generaron un verdadero entusiasmo.
En La grande belleza (de Sorrentino), (y cito de memoria, así que quizás esté falseando las cosas para mi beneficio) alguien le dicen al protagonista que es un buen escritor, a lo que él responde algo así como que es feo ser bueno en algo, porque uno corre el riesgo de transformarse en hábil. Y este parece ser el problema de todos los directores de esta edición de Cannes, casi todos son demasiado hábiles. Excepto, claro, algunos nombres.
Pero antes de pasar a esa lista, una pequeña aclaración de los títulos no vistos. No vi y espero recuperar algunas el día domingo: las películas de los Cohen, Sodebergh, Bruni Tedeschi, Des Pallieres, Haroun y Van Warmerdan. Si sale de aquí la ganadora, no tendré mucho que agregar por ahora y hablaremos de ellas en una próxima entrega de estas crónicas.
De las vistas, un repaso rápido de los títulos a destacar sería el siguiente:
Only Lovers Left Alive, de Jim Jarmusch
Nebraska, de Alexander Payne
The Immigrant, de James Gray
A Touch of Sin, de Jia Zhangke
La grande belleza, de Paolo Sorrentino
La vie d’ Adele, de Abdellatif Kechiche
Y quizás un poco más abajo:
Jimmy P. (Psychoterapy of a plain indians), de Arnaud Desplechin
Like Father, Like Son, de Kore Eda Horokazu
Jeune & jolie, de Francois Ozon (si a esta película se le quitan los planos en los cuales no aparece la actriz protagonista Marine Vacht, es un 11).
Como se puede ver, todos nombres ya consagrados. Algunos con títulos menores en relación a su obra anterior (Zhangke, Gray, Desplechin, Kore Eda). La de Payne es una obra menor también, pero desde su misma concepción, como ambiciosa y fallida es la de Sorrentino. La de Kechiche me deja un poco afuera (reconozco que debo estar equivocado), la de Ozon tiene a la actriz más bella del mundo y la de Jarmusch es mi favorita.
Like Father, Like Son, de Kore Eda Horokazu
Jeune & jolie, de Francois Ozon (si a esta película se le quitan los planos en los cuales no aparece la actriz protagonista Marine Vacht, es un 11).
Como se puede ver, todos nombres ya consagrados. Algunos con títulos menores en relación a su obra anterior (Zhangke, Gray, Desplechin, Kore Eda). La de Payne es una obra menor también, pero desde su misma concepción, como ambiciosa y fallida es la de Sorrentino. La de Kechiche me deja un poco afuera (reconozco que debo estar equivocado), la de Ozon tiene a la actriz más bella del mundo y la de Jarmusch es mi favorita.
Los ganadores seguramente saldrán de esta lista, lo cual confirmará lo apático que resultó este festival, en el cual, la mayoría de los films con sólo superar la medianía ya se transformaban en títulos a tener en cuenta.
La excepción de la lista y que es la que difícilmente gane algo es la de Jarmusch. Una película que celebra el ser diferente y se burla de los consagrados. Algo que es visto como un gesto elitista. Y claro que lo es. Una toma de posición poco apropiada a la hora de someterse a la democracia de un jurado de notables.
Lo único que pido, y cruzo los dedos e invoco a los dioses de la cinefilia, es que ese guionista seudo hábil devenido director de cine, que responde al nombre de Asghar Farhadi, se vuelva a su casa con las manos vacías. De lo contrario, y no quiero sonar apocalíptico, el fin del mundo estará más cerca.
Se acaba el festival y se agotan mis, cada vez, más escasas energías. Cierro esta nota al igual que la empecé (como le gustaba que ocurriese en las películas a Hugo Barrionuevo), escuchando otra canción que dice: “no sé lo que pensar”.
Que es lo que me ocurre, cuando repaso todos lo ocurrido hasta ahora en esta edición de Cannes.
Con estas dudas y temores, empezamos a despedirnos de esta nueva edición de las crónicas canninas.
La excepción de la lista y que es la que difícilmente gane algo es la de Jarmusch. Una película que celebra el ser diferente y se burla de los consagrados. Algo que es visto como un gesto elitista. Y claro que lo es. Una toma de posición poco apropiada a la hora de someterse a la democracia de un jurado de notables.
Lo único que pido, y cruzo los dedos e invoco a los dioses de la cinefilia, es que ese guionista seudo hábil devenido director de cine, que responde al nombre de Asghar Farhadi, se vuelva a su casa con las manos vacías. De lo contrario, y no quiero sonar apocalíptico, el fin del mundo estará más cerca.
Se acaba el festival y se agotan mis, cada vez, más escasas energías. Cierro esta nota al igual que la empecé (como le gustaba que ocurriese en las películas a Hugo Barrionuevo), escuchando otra canción que dice: “no sé lo que pensar”.
Que es lo que me ocurre, cuando repaso todos lo ocurrido hasta ahora en esta edición de Cannes.
Con estas dudas y temores, empezamos a despedirnos de esta nueva edición de las crónicas canninas.
Marcelo Alderete
Fotos: Cecilia Barrionuevo
jueves, mayo 23
Vida de Cannes VI – El día que los festivales mataron a las películas de acción
Nicolas Winding Refn nació a comienzos de los 70. Esto indica que es un típico representante de la Generación VHS. De adolescente vivió en New York, donde estudió para ser actor, y de vuelta en su Dinamarca natal estudió cine. A los 26 años dirigió su primera película, y a partir de ahí se transformó en lo que se dice, un director exitoso que, como muchos europeos talentosos y no tanto, en algún momento de su carrera escuchó los cantos de las sirenas. De un sireno, en este caso, un tal Ryan Gosling. Pero no nos adelantemos.
Como la mayoría de los que crecieron en esa década, los gustos cinéfilos de Refn fueron formados viendo películas de terror y acción (norte) americanas. Suponemos que sus gustos, más tarde se fueron sofisticando o abriéndose a otros nombres y rumbos. Pero los primeros amores nunca se olvidan. Basta ver la trilogía de Pusher para saber y entender de qué estoy hablando. Nicolas no es el primero ni el último de una larga lista de directores (Tarantino, Rodríguez, etc.) que de grandes cumplieron la fantasía de hacer películas. Y sobre todo, películas que les habría gustado ver a ellos de niños.
Vaya uno a saber cómo la joven estrella en ascenso Ryan Gosling, vio las películas de Refn y lo convocó para dirigir Drive, un vehículo (valga el chiste fácil) creado para terminar de transformar a Gosling en una estrella o morir en el intento. No es la primera vez que Hollywood mira al extranjero para importar talentosos directores de acción de otros puntos del mundo. Drive (de nuevo los extraños caminos de la vida), terminó en la competencia de Cannes del año 2011 y consagró a su estrella protagonista y premió al director por su tarea.
Drive es una estilizada re-lectura de una película de los 80. O la fantasía de lo que eran ciertas películas en esa década. Desde la tipografía de los créditos, hasta la banda de sonido, pasando por el vestuario. Casi el sueño húmedo de los que crecimos viendo películas en VHS. La historia de Drive es tan simple como conocida. El héroe, un conductor de autos especialista en escapes post robos, callado y con un férreo código de conductas, quien se encuentra en una situación en la que debe ayudar a una dama en peligro y enfrentarse a los malos, poniendo incluso su vida en riesgo. La actuación y el personaje de Ryan Gosling, remitían a miles de personajes similares salidos de las películas de Walter Hill, J.P. Melville y varios otros ejemplos. Su actuación, basada en apenas dos gestos, terminaba de completar todo el cuadro. Confieso que cuando vi por primera vez Drive salí fascinado. Ya mismo quería conducir un auto a gran velocidad (para lo cual primero debía aprender a manejar, claro) y usar esa campera con un escorpión en la espalda. Por suerte, sólo llegue a pasearme con un escarbadientes en la boca por unos días. La película despertó en mí a aquel adolescente que después de ver Karate kid, salió del cine tirando patas al aire, y más tarde le dedicó dos años de su vida al noble y milenario arte del karate. No fui el único que cayó rendido a sus encantos. Los rumores de ese año en Cannes fueron que Olivier Assayas y Johnnie To, unidos contra el resto del jurado, fueron los responsables de que Drive no se vaya con las manos vacías. Inclusive el mismísimo Hans Hurch tuvo sus dudas con la película, sobre la cual dijo lo siguiente:
Reacciono instintivamente a las películas. Tengo un problema, por ejemplo, con la violencia. Hay algunas películas programadas en mi festival que son tal vez demasiado violentas. Algunas de las películas de Pou-Soi Cheang y tal vez Drive. No me gusta eso. Para mostrar la violencia en una película, tienes que ser muy bueno. Y la mayoría de las películas violentas son simplemente brutales, de la misma manera en que otras películas no son sobre sentimientos, sino que son simplemente sentimentales. Hay una gran diferencia.
Obviamente no tardaron en aparecer aquellos que dijeron que el Refn bueno era el de sus primeras películas danesas. Es sabido que a todos les gusta llegar primero, y que a pocos aplaudir a los exitosos. Es una forma de sentirse sofisticados. Hasta Leonard Cohen cantó al respecto: Ah you loved me as a loser, but now you're worried that I just might win. Nicolas Winding Refn y Ryan Gosling habían ganado.
Sin embargo, tampoco fuimos tan inocentes como para no notar que había algo raro en Drive. Algo demasiado calculado en su puesta en escena, y en su violencia. Algo que no resistía una segunda visión o que empezaba a fallar de manera un tanto alarmante. Como una persona que se viste para una fiesta, y al verla por la madrugada nos damos cuenta de la verdad, y no de lo que creímos haber visto influenciados por el volumen de la música y los efluvios del alcohol.
Pasaron los años y la dupla no sólo volvió a juntarse, sino que volvieron nuevamente a la sección oficial del festival cannino. Esta vez, el vehículo para lucirse responde al grandilocuente título de Only God Forgives.
Días antes de la premiere de la película, Refn se apareció por la sala de la Quinzaine para introducir la nueva obra -después de décadas de estar alejado del cine- de Alejandro Jodorowsky. Yo no lo sabía, pero parece que la admiración de Refn por el excéntrico chileno viene de hace mucho tiempo atrás. Antes de que descubriésemos que La danza de la realidad (tal el título de la película de Jodorowsky), era una debacle absoluta y una de las peores películas programadas en esta edición del festival, el gesto de Nicolas Winding me pareció sorprendente. No sólo lo presento diciendo frases superlativas sobre A.J., a quien entre otras cosas llamó rey; sino que también se quedó a ver la película. Sobre esto volveremos en futuras crónicas.
Reconozco, nuevamente, que mi entusiasmo por ver Only God Forgives era alto. Llegar a la función a pocos minutos de que comience, y ver una excesiva multitud esperando por entrar, sólo logro aumentar mi ansiedad. Problemas técnicos acontecidos el día anterior en la base de datos que se utiliza para sacar las entradas, provocaron que se emitieran una cantidad inusitada de entradas, que superaba la capacidad de la sala; por lo cual habilitaron otra sala para poder ubicar al público. A raíz de esto, la función comenzó tarde, y además se cortó a los veinte minutos a causa de un problema con la electricidad.
La trama de Only God Forgives es tan simple como la de Drive. Pero en Drive, esa excusa de historia está desarrollada, aquí sólo parece existir como excusa para una puesta en escena ya no estilizada, sino hiper-estilizada. Cada plano parece un cuadro pensado por su director (y el departamento de arte) hasta en el más mínimo detalle, pero no como algo a destacar, sino como algo absolutamente artificial y sobrecargado. Lo mismo ocurre con la iluminación, todos los escenarios tiene luces rojas o verdes o amarillas o una mezcla de las tres. Lo mismo ocurre con las actuaciones, todos y cada uno de los participantes parecen salidos de una revista de moda dedicada a la exótica Tailandia, y se mueven de manera robótica de acuerdo a las -seguramente milimétricas- órdenes de su director. No es que se trate de una película que no respira, sino que su respiración proviene de un respirador artificial que lo mantiene a duras penas con vida. Inclusive, o quizás sobretodo, el cine de acción necesita que algo, aunque sea algo mínimo de vida real se cuele en su historia. Ya lo dijo Robert Bresson después de ver la primera Rambo: “el viento sopla donde quiere”, (ok, no lo dijo en esa circunstancia, pero qué lindo hubiera sido). Pero lo peor no es esta pose fashion, lo más terrible de la película, y dejo de lado sus explicitas escenas de violencia - no seamos pacatos-, es el uso de la psicología y un seudo misticismo que lo cubre todo. Lo que en Drive era pura superficie y mitos cinematográficos, aquí se trata de justificar utilizando una psicología que roza lo burdo (en verdad no solo lo roza, se empantana en el). Hay dos hermanos, uno bueno –digamos-, y el otro malo, un súper policía invencible con un aura mística y una madre incestuosa, terrible en su maldad. En una escena (spoilers, ojo) llegando casi al final, el personaje de Ryan encuentra a su madre asesinada por el policía con una espada tipo samurai; el bueno de Gosling, desfigurado por los golpes del mismo agente de la ley, no tiene mejor idea que introducir su puño en el útero de su madre muerta y recién descuartizada. Sí, leyeron bien. Uno llega a pensar que después de esta escena nuestro héroe se repondrá y saldrá a la caza del maldito policía, pero no, siguen unas escenas que podrían ser oníricas o no, ya a esta altura poco importa y listo. A diferencia del buen cine de acción, en donde el héroe protagonista puede sufrir todo tipo de abusos ya que al final se tomará venganza (y catarsis para el espectador), aquí todo es frustración e impotencia.
Uno piensa en que le habrá ocurrido a aquel muchacho danés al cual le gustaban tanto las películas de acción y no encuentra respuesta posible. La película está dedicada a Alejandro Jodorowsky y entre los agradecimientos aparece Gaspar Noé. Pienso (pero no justifico), en la influencia de las malas compañías.
Quizás la culpa sea de Cannes y todos los festivales del mundo, ávidos de encontrar autores en donde simplemente hay (y me encanta este término) nobles artesanos. Ni Venecia ni Locarno le dedicaron alguna vez retrospectivas a Ted Kotcheff o a John G. Avildsen. Y está bien que así sea.
Juro que quería hablar bien de Only God Forgives. Al menos antes de verla. Pero la verdad es que prefiero reconocer mis errores y soltarle la mano al tal Nicolas Winding Refn; antes que no poder volver a mirar a los ojos a ese niño que alguna vez fui, y que tanto disfrutaba de las películas de tiros, trompadas y héroes incorruptibles dispuestos a todo con tal de salvar a la chica, y de alegrarme en las tardes de doble programa del cine Atalaya, que ya -como tantas otras cosas- no existe desde hace rato.
Como la mayoría de los que crecieron en esa década, los gustos cinéfilos de Refn fueron formados viendo películas de terror y acción (norte) americanas. Suponemos que sus gustos, más tarde se fueron sofisticando o abriéndose a otros nombres y rumbos. Pero los primeros amores nunca se olvidan. Basta ver la trilogía de Pusher para saber y entender de qué estoy hablando. Nicolas no es el primero ni el último de una larga lista de directores (Tarantino, Rodríguez, etc.) que de grandes cumplieron la fantasía de hacer películas. Y sobre todo, películas que les habría gustado ver a ellos de niños.
Vaya uno a saber cómo la joven estrella en ascenso Ryan Gosling, vio las películas de Refn y lo convocó para dirigir Drive, un vehículo (valga el chiste fácil) creado para terminar de transformar a Gosling en una estrella o morir en el intento. No es la primera vez que Hollywood mira al extranjero para importar talentosos directores de acción de otros puntos del mundo. Drive (de nuevo los extraños caminos de la vida), terminó en la competencia de Cannes del año 2011 y consagró a su estrella protagonista y premió al director por su tarea.
Drive es una estilizada re-lectura de una película de los 80. O la fantasía de lo que eran ciertas películas en esa década. Desde la tipografía de los créditos, hasta la banda de sonido, pasando por el vestuario. Casi el sueño húmedo de los que crecimos viendo películas en VHS. La historia de Drive es tan simple como conocida. El héroe, un conductor de autos especialista en escapes post robos, callado y con un férreo código de conductas, quien se encuentra en una situación en la que debe ayudar a una dama en peligro y enfrentarse a los malos, poniendo incluso su vida en riesgo. La actuación y el personaje de Ryan Gosling, remitían a miles de personajes similares salidos de las películas de Walter Hill, J.P. Melville y varios otros ejemplos. Su actuación, basada en apenas dos gestos, terminaba de completar todo el cuadro. Confieso que cuando vi por primera vez Drive salí fascinado. Ya mismo quería conducir un auto a gran velocidad (para lo cual primero debía aprender a manejar, claro) y usar esa campera con un escorpión en la espalda. Por suerte, sólo llegue a pasearme con un escarbadientes en la boca por unos días. La película despertó en mí a aquel adolescente que después de ver Karate kid, salió del cine tirando patas al aire, y más tarde le dedicó dos años de su vida al noble y milenario arte del karate. No fui el único que cayó rendido a sus encantos. Los rumores de ese año en Cannes fueron que Olivier Assayas y Johnnie To, unidos contra el resto del jurado, fueron los responsables de que Drive no se vaya con las manos vacías. Inclusive el mismísimo Hans Hurch tuvo sus dudas con la película, sobre la cual dijo lo siguiente:
Reacciono instintivamente a las películas. Tengo un problema, por ejemplo, con la violencia. Hay algunas películas programadas en mi festival que son tal vez demasiado violentas. Algunas de las películas de Pou-Soi Cheang y tal vez Drive. No me gusta eso. Para mostrar la violencia en una película, tienes que ser muy bueno. Y la mayoría de las películas violentas son simplemente brutales, de la misma manera en que otras películas no son sobre sentimientos, sino que son simplemente sentimentales. Hay una gran diferencia.
Obviamente no tardaron en aparecer aquellos que dijeron que el Refn bueno era el de sus primeras películas danesas. Es sabido que a todos les gusta llegar primero, y que a pocos aplaudir a los exitosos. Es una forma de sentirse sofisticados. Hasta Leonard Cohen cantó al respecto: Ah you loved me as a loser, but now you're worried that I just might win. Nicolas Winding Refn y Ryan Gosling habían ganado.
Sin embargo, tampoco fuimos tan inocentes como para no notar que había algo raro en Drive. Algo demasiado calculado en su puesta en escena, y en su violencia. Algo que no resistía una segunda visión o que empezaba a fallar de manera un tanto alarmante. Como una persona que se viste para una fiesta, y al verla por la madrugada nos damos cuenta de la verdad, y no de lo que creímos haber visto influenciados por el volumen de la música y los efluvios del alcohol.
Pasaron los años y la dupla no sólo volvió a juntarse, sino que volvieron nuevamente a la sección oficial del festival cannino. Esta vez, el vehículo para lucirse responde al grandilocuente título de Only God Forgives.
Días antes de la premiere de la película, Refn se apareció por la sala de la Quinzaine para introducir la nueva obra -después de décadas de estar alejado del cine- de Alejandro Jodorowsky. Yo no lo sabía, pero parece que la admiración de Refn por el excéntrico chileno viene de hace mucho tiempo atrás. Antes de que descubriésemos que La danza de la realidad (tal el título de la película de Jodorowsky), era una debacle absoluta y una de las peores películas programadas en esta edición del festival, el gesto de Nicolas Winding me pareció sorprendente. No sólo lo presento diciendo frases superlativas sobre A.J., a quien entre otras cosas llamó rey; sino que también se quedó a ver la película. Sobre esto volveremos en futuras crónicas.
Reconozco, nuevamente, que mi entusiasmo por ver Only God Forgives era alto. Llegar a la función a pocos minutos de que comience, y ver una excesiva multitud esperando por entrar, sólo logro aumentar mi ansiedad. Problemas técnicos acontecidos el día anterior en la base de datos que se utiliza para sacar las entradas, provocaron que se emitieran una cantidad inusitada de entradas, que superaba la capacidad de la sala; por lo cual habilitaron otra sala para poder ubicar al público. A raíz de esto, la función comenzó tarde, y además se cortó a los veinte minutos a causa de un problema con la electricidad.
La trama de Only God Forgives es tan simple como la de Drive. Pero en Drive, esa excusa de historia está desarrollada, aquí sólo parece existir como excusa para una puesta en escena ya no estilizada, sino hiper-estilizada. Cada plano parece un cuadro pensado por su director (y el departamento de arte) hasta en el más mínimo detalle, pero no como algo a destacar, sino como algo absolutamente artificial y sobrecargado. Lo mismo ocurre con la iluminación, todos los escenarios tiene luces rojas o verdes o amarillas o una mezcla de las tres. Lo mismo ocurre con las actuaciones, todos y cada uno de los participantes parecen salidos de una revista de moda dedicada a la exótica Tailandia, y se mueven de manera robótica de acuerdo a las -seguramente milimétricas- órdenes de su director. No es que se trate de una película que no respira, sino que su respiración proviene de un respirador artificial que lo mantiene a duras penas con vida. Inclusive, o quizás sobretodo, el cine de acción necesita que algo, aunque sea algo mínimo de vida real se cuele en su historia. Ya lo dijo Robert Bresson después de ver la primera Rambo: “el viento sopla donde quiere”, (ok, no lo dijo en esa circunstancia, pero qué lindo hubiera sido). Pero lo peor no es esta pose fashion, lo más terrible de la película, y dejo de lado sus explicitas escenas de violencia - no seamos pacatos-, es el uso de la psicología y un seudo misticismo que lo cubre todo. Lo que en Drive era pura superficie y mitos cinematográficos, aquí se trata de justificar utilizando una psicología que roza lo burdo (en verdad no solo lo roza, se empantana en el). Hay dos hermanos, uno bueno –digamos-, y el otro malo, un súper policía invencible con un aura mística y una madre incestuosa, terrible en su maldad. En una escena (spoilers, ojo) llegando casi al final, el personaje de Ryan encuentra a su madre asesinada por el policía con una espada tipo samurai; el bueno de Gosling, desfigurado por los golpes del mismo agente de la ley, no tiene mejor idea que introducir su puño en el útero de su madre muerta y recién descuartizada. Sí, leyeron bien. Uno llega a pensar que después de esta escena nuestro héroe se repondrá y saldrá a la caza del maldito policía, pero no, siguen unas escenas que podrían ser oníricas o no, ya a esta altura poco importa y listo. A diferencia del buen cine de acción, en donde el héroe protagonista puede sufrir todo tipo de abusos ya que al final se tomará venganza (y catarsis para el espectador), aquí todo es frustración e impotencia.
Uno piensa en que le habrá ocurrido a aquel muchacho danés al cual le gustaban tanto las películas de acción y no encuentra respuesta posible. La película está dedicada a Alejandro Jodorowsky y entre los agradecimientos aparece Gaspar Noé. Pienso (pero no justifico), en la influencia de las malas compañías.
Quizás la culpa sea de Cannes y todos los festivales del mundo, ávidos de encontrar autores en donde simplemente hay (y me encanta este término) nobles artesanos. Ni Venecia ni Locarno le dedicaron alguna vez retrospectivas a Ted Kotcheff o a John G. Avildsen. Y está bien que así sea.
Juro que quería hablar bien de Only God Forgives. Al menos antes de verla. Pero la verdad es que prefiero reconocer mis errores y soltarle la mano al tal Nicolas Winding Refn; antes que no poder volver a mirar a los ojos a ese niño que alguna vez fui, y que tanto disfrutaba de las películas de tiros, trompadas y héroes incorruptibles dispuestos a todo con tal de salvar a la chica, y de alegrarme en las tardes de doble programa del cine Atalaya, que ya -como tantas otras cosas- no existe desde hace rato.
Marcelo Alderete
Fotos: Cecilia Barrionuevo
martes, mayo 21
Vida de Cannes V – La alimentación de los chanchos
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Cannes 2013,
cine,
Festivales,
Takashi Miike
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11:25 p.m.
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Aldemarce
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Cinco horas (y quizás un poco menos) después de ver la maravillosa Blind detective de Johnnie To, en función de trasnoche, vimos a las 8:30 de la mañana (y después nos quejamos de las horarios y las grillas de los festivales en Argentina) la nueva película del otro oriental tan loco como prolífico: el cada vez más indescifrable Takashi Miike. Como la felicidad no puede ser completa, Shield of straw -tal es el título- resultó una desilusión. Pero desde aquí nos negamos a echarle la culpa a Miike, alguien que nos dio tantas alegrías. La culpa, sin duda, no es de otro que Thierry Fremeaux, director artístico del festival cannino, como ya deben saber los lectores de estas crónicas.
A las pruebas nos remitimos.
En el año 2011 Miike estuvo presente en el festival en la Competencia Oficial con Harakiri, remake de un clásico del cine japones del año 1962, cuya rareza consistía en estar realizada en 3D y en ser la primera película con esa técnica en formar parte de la competencia oficial. La película era rutinaria y rozaba el academicismo, algo impensable en la obra del japones unos años atrás, pero que últimamente (cada vez más) se transformó en uno de los géneros que se suman a su filmografía. Ese género sería la película mainstream realizada para un estudio grande, con mucho presupuesto y profesionalismo. El nombre de Takashi ya era un nombre conocido para todo el mundo y no sólo para los amantes del cine oriental más extremo. Cannes lo había decidido.
A las pruebas nos remitimos.
En el año 2011 Miike estuvo presente en el festival en la Competencia Oficial con Harakiri, remake de un clásico del cine japones del año 1962, cuya rareza consistía en estar realizada en 3D y en ser la primera película con esa técnica en formar parte de la competencia oficial. La película era rutinaria y rozaba el academicismo, algo impensable en la obra del japones unos años atrás, pero que últimamente (cada vez más) se transformó en uno de los géneros que se suman a su filmografía. Ese género sería la película mainstream realizada para un estudio grande, con mucho presupuesto y profesionalismo. El nombre de Takashi ya era un nombre conocido para todo el mundo y no sólo para los amantes del cine oriental más extremo. Cannes lo había decidido.
El año siguiente, 2012, fue el turno de For love’s sake. Fremeaux volvió a seleccionarla, pero esta vez el lugar fue -la siempre poco interesante- Medianoche. Un lugar casi de relleno, a pesar de ser una de las mejores películas de Miike en los últimos años. For love’s sake es una historia de amor (casi) imposible, entre dos estudiantes separados por su clase social, con formato de musical en donde todo era resuelto a las trompadas. Una película excesiva, como suele serlo Takashi cuando es bueno. A pesar de su calidad, no fue bien vista por la crítica, cada vez menos paciente con el director japonés. Las razones y motivos de por qué TM filma tanto son tan misteriosos como inexpugnables. En tiempos en los cuales los directores prefieren filmar poco, cuidando sus supuestos talentos como recursos naturales a punto de extinguirse, y brindando al mundo su “arte” en cuenta-gotas, Miike continua filmando a razón de dos y hasta tres títulos por año.
Shield of straw es la adaptación de una exitosa novela japonesa (leo por ahí), pero su trama remite a cualquier película de acción (norte) americana o de cualquier parte del mundo en donde se pague sueldos a los guionistas. Un serial killer asesina a la nieta de un mega millonario y este decide ofrecer una cuantiosa recompensa a quien acabe con la vida del criminal. Obviamente, todo Tokyo se lanza a la caza del asesino y la recompensa, mientras un grupo de policías debe cuidar del criminal y trasladarlo sano y salvo de un punto de la ciudad al otro. La película termina siendo un thriller de acción rutinario, lleno de lugares comunes y exasperadas actuaciones japonesas. Poco y nada hay aquí de la locura, el absurdo o la violencia habitual que elevan las películas de Miika del resto de los mortales.
La recepción de la película fue muy mala y muchos se preguntan el motivo de su inclusión en la competencia. Como si se tratara del único título malo de la sección oficial. Al único que parece gustarle Miika cuando se transforma en un simple profesional ejecutante de guiones, es al señor Thierry Fremaux.
Entonces ¿de quién es la culpa de que Takashi Miike filme películas malas?
No más preguntas su señoría.
Marcelo Alderete
Fotos: Cecilia Barrionuevo
La recepción de la película fue muy mala y muchos se preguntan el motivo de su inclusión en la competencia. Como si se tratara del único título malo de la sección oficial. Al único que parece gustarle Miika cuando se transforma en un simple profesional ejecutante de guiones, es al señor Thierry Fremaux.
Entonces ¿de quién es la culpa de que Takashi Miike filme películas malas?
No más preguntas su señoría.
Marcelo Alderete
Fotos: Cecilia Barrionuevo
Vida de Cannes IV - Johnnie To y los otros
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Cannes 2013,
cine,
Festivales,
Johnnie To
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3:31 p.m.
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Aldemarce
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El finado John Belushi protagonizó para Saturday Night Live un sketch en donde aparecía como un anciano, visitando las tumbas de sus compañeros de elenco de aquellos años, Gilda Radner y Dan Aykroyd, entre otros. Belushi terminaba en el cementerio bailando sobre las tumbas de sus amigos y diciendo que nunca iba a morir, por qué él era un bailarín.
En estos días se informaron dos robos en la ciudad de Cannes. Uno de ellos sobre unas joyas en un lujoso hotel (sí, casi salido de una película) y otro al vicepresidente del China Film Group, a quien le desapareció el equipaje integro. El tercer robo, (y que no salió en las noticias) ha sido la inclusión de Blind detective, de Johnnie To en la devaluada sección de medianoche, en vez de participar de la competencia oficial, lugar que debería ocupar por méritos propios.
To no es sólo uno de los más prolíficos y talentosos directores actuales, sino alguien que cambia de géneros y estilos sin perder originalidad ni calidad. Todos estos atributos que comparte con su colega oriental Takashi Miike.
Blind detective es una disparatada comedia (y he aquí la segura razón de su exclusión de la competencia oficial), que se mueve en el absurdo con una gracia y velocidad pocas veces vistas.
Andy Lau (protagonista junto a Tony Leung de Infernal affairs, mérito suficiente para haberse ganado ya el paraíso cinéfilo) encarna al detective del título, un ex-policía ciego que es considerado por la co-protagonista, una bella mujer policía con baja autoestima, como “el dios de los detectives”. La trama, una serie de casos de asesinatos que la pareja se encargará de investigar, es sólo una excusa para mostrarnos al dúo atravesando por diferentes situaciones cada vez más absurdas y ridículas, como divertidas e inesperadas. El talento cinematográfico de To es indudable, utilizar el término puesta en escena es quedarse corto, habría que inventar una nueva palabra para hablar de la forma en la que filma Johnnie To.
Hay algo raro en la manera en la que está vendida la película desde su poster y desde el texto del catálogo del festival, incluso desde la página de IMDB. La información que dan estos sitios hace pensar en un policial clásico y no en la tremenda comedia absurda que en realidad es.
Una comedia en donde se lucen Andy Lau como el detective del título, un cretino al cual le gusta disfrutar de la buena vida y la comida (es común el consumo de alimentos en el cine oriental, pero aquí llega a niveles inusitados) que utiliza su ceguera y un extraño poder sobrenatural para resolver crímenes y la hermosa Sammi Cheng (Andy y Sammi levan realizadas más de cinco películas como pareja), maltratada de todas las maneras posibles por el héroe hasta, finalmente, lograr su corazón. Como suele decirse, no conviene contar mucho más, aunque reducirla a su trama sería algo absurdo, ya que no hay manera de estar preparado para esta mezcla de buddy-movie, historia de amor y comedia física que incluso llega a lograr momentos de tristeza y emocionarnos genuinamente con su final. Sí, Mister To, por favor, no nos prive de Blind detective 2.
En la película, el baile tiene su porqué en la trama (tango argentino, para ser más precisos), aunque no se trate de un musical. Aquí los que bailan son los intérpretes, al ritmo de un director que parece saberlo todo del cine.
Al igual que Belushi, ni Andy Lau, ni Sammi Cheng, ni Johnnie To van a morir nunca, por que como queda demostrado en Blind detective, ellos bailan; mientras el resto de las títulos que participan del festival miran avergonzados, congelados de tanta solemnidad, semejante muestra de humor, gracia, libertad y, lo más raro de todo en esta edición de Cannes, de tanto cine.
En estos días se informaron dos robos en la ciudad de Cannes. Uno de ellos sobre unas joyas en un lujoso hotel (sí, casi salido de una película) y otro al vicepresidente del China Film Group, a quien le desapareció el equipaje integro. El tercer robo, (y que no salió en las noticias) ha sido la inclusión de Blind detective, de Johnnie To en la devaluada sección de medianoche, en vez de participar de la competencia oficial, lugar que debería ocupar por méritos propios.
To no es sólo uno de los más prolíficos y talentosos directores actuales, sino alguien que cambia de géneros y estilos sin perder originalidad ni calidad. Todos estos atributos que comparte con su colega oriental Takashi Miike.
Blind detective es una disparatada comedia (y he aquí la segura razón de su exclusión de la competencia oficial), que se mueve en el absurdo con una gracia y velocidad pocas veces vistas.
Andy Lau (protagonista junto a Tony Leung de Infernal affairs, mérito suficiente para haberse ganado ya el paraíso cinéfilo) encarna al detective del título, un ex-policía ciego que es considerado por la co-protagonista, una bella mujer policía con baja autoestima, como “el dios de los detectives”. La trama, una serie de casos de asesinatos que la pareja se encargará de investigar, es sólo una excusa para mostrarnos al dúo atravesando por diferentes situaciones cada vez más absurdas y ridículas, como divertidas e inesperadas. El talento cinematográfico de To es indudable, utilizar el término puesta en escena es quedarse corto, habría que inventar una nueva palabra para hablar de la forma en la que filma Johnnie To.
Hay algo raro en la manera en la que está vendida la película desde su poster y desde el texto del catálogo del festival, incluso desde la página de IMDB. La información que dan estos sitios hace pensar en un policial clásico y no en la tremenda comedia absurda que en realidad es.
Una comedia en donde se lucen Andy Lau como el detective del título, un cretino al cual le gusta disfrutar de la buena vida y la comida (es común el consumo de alimentos en el cine oriental, pero aquí llega a niveles inusitados) que utiliza su ceguera y un extraño poder sobrenatural para resolver crímenes y la hermosa Sammi Cheng (Andy y Sammi levan realizadas más de cinco películas como pareja), maltratada de todas las maneras posibles por el héroe hasta, finalmente, lograr su corazón. Como suele decirse, no conviene contar mucho más, aunque reducirla a su trama sería algo absurdo, ya que no hay manera de estar preparado para esta mezcla de buddy-movie, historia de amor y comedia física que incluso llega a lograr momentos de tristeza y emocionarnos genuinamente con su final. Sí, Mister To, por favor, no nos prive de Blind detective 2.
En la película, el baile tiene su porqué en la trama (tango argentino, para ser más precisos), aunque no se trate de un musical. Aquí los que bailan son los intérpretes, al ritmo de un director que parece saberlo todo del cine.
Al igual que Belushi, ni Andy Lau, ni Sammi Cheng, ni Johnnie To van a morir nunca, por que como queda demostrado en Blind detective, ellos bailan; mientras el resto de las títulos que participan del festival miran avergonzados, congelados de tanta solemnidad, semejante muestra de humor, gracia, libertad y, lo más raro de todo en esta edición de Cannes, de tanto cine.
Marcelo Alderete
Foto: Cecilia Barrionuevo
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