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sábado, junio 23

Pecados Canninos (XI) - Final

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Fue hace poco, pero parece que el festival de Cannes, ocurrió hace miles de años, en una galaxia muy lejana… Pero como por estos lados no nos preocupan mucho las novedades, ni las noticias de último momento, nos disponemos, ahora, a realizar un balance de esta edición 65º del festival de Cannes. Y que mejor para eso que concentrarnos en su Palmarés (simpática forma de referirse a lista de películas premiadas), pero antes…
Escribí hace tiempo (y lo repito, ya que el público se renueva…) que Cannes es el mejor y a la vez el peor de los festivales de cine. La primer parte de esta afirmación responde a su historia y su halo mítico. Algo que Cannes logró a través del tiempo y que ningún otro festival supo o quiso (hay una decisión política detrás de cada festival) construir. Este lugar hace que todo el mundo quiera ser parte del festival. Desde los consagrados hasta los noveles. El ganador de la Cámara de Oro, Benh Zeitlin, director de la discutible pero visualmente impactante Beasts of the southern wild, al recibir su premio, llamó al festival “El templo”. Este espacio de centro del mundo cinematográfico, lugar en el que hay que estar, punto de partida de la agenda del resto de los festivales de cine del mundo, transforma a Cannes en algo más. Un lugar en donde conviven las más personales de las obras con el último producto de marketing hollywoodense. Un mercado atendido, en algunos casos y cada vez menos, por artistas. Hoy en día no está bien visto escandalizarse por esto, al contrario, es algo aceptado, una forma de sobrevivir, y no solo de los festivales. Ya nadie apuesta por el extremismo. Y Cannes, con una película-escándalo por edición, ya tiene cubierta su cuota de riesgo. Así están las cosas por ahora. 
La parte mala incluye o se desprende de la parte buena. Al analizar los títulos seleccionados, uno se da cuenta que la calidad intrínseca de las películas no es lo prioritario. Tratar de discernir los criterios artísticos de Thierry Frémaux, su agenda, es algo que todos los críticos intentan en algún momento dilucidar con resultados casi siempre poco satisfactorios. ¿Cómo justifica Frémeaux la inclusión de películas como The taste of Money de Im Song-soo o The paperboy de Lee Daniels? No lo hace. O le encuentra méritos y justificaciones dentro de la lectura final y total de la programación. Quién mejor que él, parece decirnos, para explicarnos lo que pasa en el mundo del cine. Aunque para hacernos entender eso, sea necesario mostrarnos también ejemplos mediocres. Lo dicho, la selección de Cannes es algo difícil de discernir. Y todo esto sin considerar los gustos personales y/o caprichos. Quizás, en esta parte tan humana se encuentre la respuesta a casi todo. Pero imposible enfrentarnos a esto. La desazón sería demasiado grande.
Entonces, vamos con el Palmarés, que fue el siguiente:

Palme d'Or:
AMOUR (LOVE) dirigida por Michael Haneke

Grand Prix:
REALITY dirigida por Matteo Garrone

Mejor director:
Carlos Reygadas por POST TENEBRAS LUX

Mejor guión:
Cristian Mungiu por DUPÃ DEALURI (BEYOND THE HILLS)

Mejor actriz (compartido):
Cristina Flutur y Cosmina Stratan por DUPÃ DEALURI (BEYOND THE HILLS) dirigida por Cristian Mungiu

Mejor actor:
Mads Mikkelsen por JAGTEN (THE HUNT) dirigida por Thomas Vinterberg

Premio del jurado:
THE ANGELS' SHARE dirigida por Ken Loach

Empecemos por el principio. Amour de Michael Haneke. Desde su primera proyección ya fue la favorita para llevarse la Palma de Oro. Hay algo indiscutible en esta película. Desde su historia (una pareja de ancianos enfrentando la muerte de uno de sus integrantes), sus actores Jean Louis Tringtignant y Emmanuelle Riva, su puesta en escena, todo. Inclusive cierto humanismo que no suele aparecer en el cine de este austriaco, más acostumbrado a mirar a sus personajes desde cierta distancia y altura. Pero es toda esta grandeza previa lo que termina funcionando en contra. Mas que nunca vuelve a ser pertinente Manny Farber y su teoría del arte (cine) elefante blanco, un cine que exige para sí mismo toda la grandeza del arte en mayúsculas vs. el arte termita, representado por películas que se mueven en el margen, cerca de los géneros considerados menores. (Digo esto simplificando de manera brutal las ideas de Farber). Amour es, sin dudas, un representante perfecto de lo primero. Haneke continúa algo que, de manera menos lograda, comenzó con La cinta blanca (2009). Esto es, trabajar en el género de “la obra maestra” y ubicarse con una sofisticada prepotencia en el parnaso de los maestros del cine. De alguna manera, Amour, es la película perfecta para ganar en Cannes y en cualquier otro festival del mundo (Oscar incluido). El cine de qualité, cambia de forma y vuelve a atacar, siempre.
Por otro lado, para el jurado era la película de consenso frente a otras propuestas más arriesgadas y personales. Amour, obviamente, fue comprada por un distribuidor argentino. Inclusive antes de alzarse con la codiciada Palma. Lo que habla una vez más de la obviedad de todo el asunto. Amour exige su lugar de película importante y lo hace con mejores armas que las usadas anteriormente por Haneke, no suena a poco, y sin embargo... Volveremos sobre esta película (Por amor, creo que será su título local) una vez que se estrene en las salas argentinas.

Como suele ocurrir en los últimos años, la programación de la competencia oficial de Cannes estuvo armada mayormente con directores consagrados o de cierto renombre (merecido o no): Michael Haneke, Abbas Kiarostami, David Cronenberg, Hong Sang-Soo, Wes Anderson y Leos Carax con su sorprendente reaparición.
Este año, esa primera línea cumplió con creces. Y  presentaron películas notables por una u otra razón. Haneke inclusivo, hay que decirlo. Demostraron un cine vivo y que en algunos casos plantean nuevos horizontes para las obras de sus respectivos autores.

Una segunda línea, compuesta por quienes de hacer bien sus deberes terminarán siendo parte de la elite (aunque a veces puedan terminar olvidados con el tiempo, o con una carrera más o menos exitosa, pero que, seguramente, poco aportará a la historia del cine). Ellos fueron este año: Carlos Reygadas, Matteo Garrone,  Cristian Mungiu, Jeff Nichols, Ulrich Seidl, Sergei Loznitsa  y en (muy) menor medida, Thomas Vinterberg,  Jacques Audiard y Walter Salles.
Haneke (cuando era bueno) supo pertenecer a esta categoría, hasta finalmente lograr el buscado ascenso.
Este segundo grupo, que por otra parte arrasó con el palmarés, no estuvo a la altura. Ninguno de ellos, cada uno con sus respectivos, (y en algunos casos ya repetidos) recursos y universos particulares, lograron superar obras anteriores, y mostraron un alarmante estancamiento, cuando no retroceso. Con algunas excepciones, para bien o para mal, sobres las cuales retomo más adelante.
Y una tercera línea dedicada a nombres ignotos, de ser posible, de algún país con no mucha tradición cinematográfica. Posibles futuros descubrimientos de Cannes, lugar de donde deberían provenir los nuevos nombres. Este grupo, directamente, no existió. O, aún peor, estuvo compuesto por películas menores en todo sentido, que apenas si lograron ocupar un lugar de relleno. No sé trata de un cine menor o de baja intensidad, sino de un cine directamente irrelevante. 
Cannes, como casi todos los festivales del mundo últimamente, no hace otra cosa que perpetuar el status quo del mundo cinematográfico y logrando hacer cada vez es más difícil el acceso a nuevos directores. Un club de amigos, con todo lo que esto implica.
Las excepciones para bien o para mal que mencioné anteriormente, fueron los siguientes:
Empecemos por Thomas Vinterberg. El único lugar en donde su cine parece tener alguna relevancia es en Cannes. Así y todo, The hunt es una mejora en relación a esa infamia llamada Submarino (2010), película en la que el danés se enlistaba en esa secta de directores que asesinan bebes (a veces niños) para hacer avanzar dramáticamente sus películas. No hay más aquí que un director con “alma de ejecutante”. Algo que por estos lados, parece ser visto con buenos ojos. De todas maneras, el premio a The hunt fue a su actor. Un premio menor, sin dudas y detengámonos acá: pocas cosas más tristes que la gente de cine hablando de actuaciones. 
Ulrich Siedl, inicia con Paradise: Love –dice-, una trilogía sobre tres mujeres de una misma familia que toman vacaciones por separado, o algo así. Ante cada obra de este señor uno abandona toda esperanza ni bien comenzada la película, y esto vuelve a ocurrir con el primer plano de Paradise: Love pero, extrañamente, con el pasar de los minutos la  historia de una señora cuarentona en busca de sexo (y algo de amor) de unos vigorosos muchachos negros en las playas de Kenya, una historia que hace prever lo peor, llega hasta lograr ciertos momentos de humanismo. Inclusive cierta mirada  cariñosa y nada despectiva, ni juzgadora, algo impensable en trabajos anteriores de Siedl. 
Hay más en esta película: turismo sexual, relaciones de clase, temas raciales, todo lo suficientemente complejo como para no dedicarle más tiempo y espacio. Por ahora digamos que cierto cariño que muestra Siedl sobre su personaje protagonista, ya es suficiente para lograr, quizás, su mejor obra.
A Carlos Reygadas, y su Post Tenebras Lux, le toco el lugar del escándalo. Espacio que supieron ocupar en otros años, y no siempre por motivos cinematográficos, obras tan dispares como Melancholia (2011) de Lars von Trier y Vincent Gallo con su notable y ya mítica (exageremos en nombre del cine) The brown bunny (2003). Como se ve, gente complicada.
Post Tenebras Lux cuenta de manera episódica la vida de una familia mexicana. Su forma narrativa escapa a todas las convenciones y, de alguna manera, remite a The tree of life (2011) sin dinosaurios, pero con un diablo. Reygadas dice haber filmado antes su película y habrá que creerle. Otro punto de comparación, o posible referencia o pista, podrían ser algunas de las películas de Jonas Mekas. Cierta idea de registrar instantes personales, escenas familiares, momentos a priori anodinos, y transformarlos en cine. Una gran diferencia es que en Mekas la maquinaria cinematográfica no existe (producción, equipo técnico, etc.) y sí en Reygadas.
La película fue recibida en su primera función para la prensa con abucheos (ay críticos,  vergüenza debería darles…). Lo cual, obviamente, despertó la adhesión enfervorizada de otros sectores del gremio. La típica película que a la hora de las puntuaciones (las benditas e irritantes estrellitas) sus votos se polarizan entre el 1 y 10, con pocas paradas en el medio. Reygadas es un cineasta inasible, autor de obras tan disímiles y enfrentadas como Batalla en el cielo (2005) y Stellet licht (2007) Un director con un universo tan personal y propio que se hace difícil, a veces, contextualizarlo. Mucho más frente a la velocidad que imponen los festivales a la hora de emitir juicios.
Su película junto a la de Leos Carax fueron las obras más arriesgadas en un festival, ya lo dijimos, cada vez más adocenado. Ese fue su merito, y quizás también su límite. No es Reygadas un director inocente (tampoco debería serlo, claro), ni mucho menos lo es su cine. La libertad que muestran por momentos sus imágenes, se ven a veces frustradas por cierto calculo. No hay ingenuidad, ni una escritura surrealista en escenas como en las que aparece el diablo o en la que un personaje se arranca –literalmente- la cabeza. Otra de las películas sobre las que habrá que volver.
Poco hay  para decir de Ken Loach y su The angels’ share. Sus últimas películas solo están logrando socavar su obra anterior. Ya nada queda de aquel cineasta (aunque fue hace mucho tiempo, alguna vez lo fue) autor de Poor cow (1967) o Kes (1969). Ni siquiera quedan rastros de ese héroe de la clase trabajadora que a principios de los 90 realizaba simpáticas y combativas películas como Riff raff (1991). Hoy se trata de un director oficialmente consagrado. El que más películas tuvo en la competencia oficial del festival de Cannes en su historia, dicen los fríos números. Lo que se desprende de ese dato, no es algo bueno. Hoy en día, Loach es el portavoz oficial de una Inglaterra que en la superficie, parece haber hecho las paces con sus propios demonios. Quizás Loach no hace otra cosa que confirmar la maldición que Godard echara alguna vez sobre el cine made in UK. Lo seguro es que sus películas se alejan cada vez más del cine, o peor, cada vez perfeccionan más algo que podría definirse como mainstream de autor. Un cine narrativo y simpático, lo suficientemente bien realizado como para no dar vergüenza y funcionar –al menos durante los festivales de cine- como remanso y alivio frente a un cine más arduo. Es el final terrible al que suele conducir eso llamado “el cariño del público”. Como siempre, como casi todo, se trata de una cuestión de elecciones. Ken Loach ya las hizo y logró adaptarse y aceptar con una sonrisa, un mundo que antes había mostrado como terrible. Al hacer esto, eligió quedarse del lado de los poderosos y desde ese lugar ejercer su paternalismo, no solo con sus personajes, sino también con nosotros.
Debería decir algo de Matteo Garrone y Reality, pero el paso del tiempo y el cansancio con el que vi la película, solo logran que recuerde un constante fastidio por esta historia de un participante de reality show. Como suele ocurrir con la televisión y sus fenómenos, el cine parece no tener nada que decir al respecto. Pido disculpas al señor Garrone, será en otro momento.
Jacques Audiard, quien después de llamar la atención mundial con la poderosa Un prophète (2009), intenta esta vez realizar un melodrama brutal y solo termina logrando una película bruta, en el peor de los sentidos, con De rouille et d’os. El año pasado nos indignábamos con la inocencia nostalgiosa prefabricada de El artista (2011), ahora viene Audiard para confirmarnos que todo puede ser peor.
Hay que agradecer al jurado no haber caído en ninguna justificación localista e ignorarla olímpicamente a la hora de los premios.
Lo que no hay que perdonar a este jurado, es haber dejado de lado los mejores trabajos de esta edición. Hay que ser demasiado ciego para no ver los méritos de Like someone in love de Kiarostami, película que solo en su primer plano secuencia ubica a su director muy por encima de sus premiados colegas. O el inesperado retorno de Leos Carax con la sorprendente y vital máquina narrativa que es Holy motors. Ni que hablar de esas enormes miniaturas que son In another country de Hong Sang-Soo (a esta altura, y sí, hay que repetirlo, el mejor director del momento) y Moonrise kingdom de Wes Anderson. O el fin del mundo visto a través de los vidrios de una limusina que gira por la noche en Cosmopolis del inefable David Cronenberg. Todas ellas geniales muestras del talento (y dominio de sus recursos y universos) de sus respectivos directores.
La lluvia que acompañó a casi todas las jornadas del festival se justificó al final: eran las premonitorias lágrimas de los cinéfilos sospechando lo que sería el palmarés final. 
Así termina, una vez más, otra edición del festival de Cannes. El secreto de su programación sigue sin revelarse. Quizás por estar tan a la vista.

Y llegamos, ya era hora, al final de estos Pecados Canninos. Es momento de los agradecimientos.
Todo esto no hubiera sido posible sin la ayuda, colaboración y apoyo de las siguientes personas:

Encerrados afuera, por el espacio y la confianza. No solo me dejaron entrar a su casa, me dieron las llaves y me dejaron hacer lo que quisiera. Lo cual me produjo orgullo, claro está. Y debería decir responsabilidad, pero no creo que esta gente conozca el término de esta palabra. Por algo nos llevamos tan bien.
Pablo Conde, quien se encargaba de subir, adornar las notas y soportar mis reclamos de diva al ver que a veces tardaban más tiempo del que creía necesario. Pablo, you complete me...
Y last, but not least, a la imprescindible Cecilia Barrionuevo, quien se encargaba de recibir mis textos (ilegibles mamotretos) y con paciencia absoluta desentrañaba significados, corregía ortografías y aclaraba conceptos hasta transformarlos en algo decente. En síntesis (y le robo esta idea a alguien, pero no importa), hizo todo menos escribir estas notas. Cada uno de estos Pecados Canninos debería haber llevado las firmas de los dos. Que no haya sido así, es una injusticia de mi parte. Te prometo, Ceci, que en un futuro no muy lejano me voy a comprar un diccionario de ortografía y otro de gramática para hacerte la vida más fácil. Ya que esta parece ser tu tarea en mi vida, hacerme todo más fácil. Y mejor, claro.

Listo, hasta aquí llegamos. Me despido de estos Pecados Canninos que tantas alegrías me dieron. Terminar cada jornada contándoles a ustedes todo lo que había visto y hecho, funcionó como un cable a tierra y me ayudó a mantener la cordura en un lugar y momento en donde esto hace mucha falta. Para una persona como yo, no es poco. Al contrario.
Hasta luego entonces.

Marcelo Alderete (quien pronto volverá con nuevas aventuras).

Continuará...

lunes, junio 4

Pecados Canninos (X)

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(REPORTA DESDE CANNES, MARCELO ALDERETE, AUTOPROCLAMADO "LAST MAN STANDING")
La playa, un lugar cercano y a la vez tan alejado de los cinéfilos que asisten a Cannes, fue la protagonista de una de las mejores jornadas del festival. En un caso de manera real y en otro, figurada.
Entre los títulos restaurados que este año se programaron dentro de la sección Cannes Classics, hubo dos películas importantes y difíciles de dejar pasar. Una de ellas, la versión extendida de Erase una vez en América (1984), de Sergio Leone y la otra, Tiburón (1975), de Steven Spielberg. Esta última contaba con un detalle muy particular: su proyección iba a ser en el cine de la playa, al aire libre. Hay ideas muy obvias que, al verlas realizadas, se transforman en genialidades absolutas. Este fue uno de esos casos. Ver Tiburón, en un playa, es algo demasiado perfecto. Una de esas experiencias cinéfilas que uno se lleva en el corazón. La novedad de esta nueva versión sólo esta relacionada con la restauración de la calidad original de su imagen. Se trata de una copia digital (todo no se puede) en 4K. No hay extras, ni cambios en el montaje, ni nada por el estilo. La presentación estuvo a cargo de un Spielberg grabado, quien muy jovialmente agradeció a los programadores de Cannes Classics por haber elegido su película y dijo no tener nada en contra de los tiburones; al contrario, estaba muy agradecido con ellos, a quienes debía gran parte de su fortuna.
Las proyecciones al aire libre que se realizan en Cannes, son bastante impresionantes (me pregunto qué no lo es en Cannes). La pantalla que montan en la playa, el sistema de sonido, las simpáticas sillitas playeras que funcionan como butacas, hasta la manta que se entrega a cada espectador, todo hace que la experiencia en sí sea un lujo, y algo digno de ser vivido. No se trata simplemente de sumar una actividad popular (son las únicas funciones en donde puede entrar todo el público), sino de ofrecer algo distinto dentro de un festival. Así y todo, las cosas nunca son del todo perfectas. Los cambios de climas, protagonistas absolutos de esta tormentosa edición del festival, hicieron que varias veces las funciones sean suspendidas o con poco público. La noche al lado del mar se pone fría, y ahí sí, no hay manta que resista.
Otro problema es el sol. Recién alrededor de las 21:30 la luz empieza a desaparecer y esto afecta la calidad de la proyección aunque, de todas maneras, la cosa se soluciona naturalmente cuando termina de caer. En cuanto al sonido, la cosa es más terrible. La playa cannina esta repleta de carpas que a la noche se transforman en discos, con sus beats acelerados desparramándose por toda la costa. Un ruido que, inevitablemente, llega al Cinema de la Plage. Disco is not dead en las costa de Cannes.
En cuanto a la película, no es mucho lo que tengo para agregar. Basta decir con que sigue manteniendo toda su fuerza original. Sobre todo con una audiencia entregada al disfrute que no paraba de vitorear cada una de las icónicas escenas de este clásico. "You're gonna need a bigger boat", dice el Jefe Brody (Roy Scheider) y la platea estalla en aplausos. La larga escena dentro del bote, en donde los protagonistas comparan heridas de guerra (escena que bien podría funcionar como una especie de John Cassavetes en clave mainstream), sigue siendo graciosa y terrible a la vez. Uno de los grandes momentos de uno de los realizadores mas importantes de la historia del cine. Todo sea dicho.
El otro momento playero, vino de la mano del cada vez más grande y, paradójicamente, humilde Hong Sang-soo. El cine de Hong se concentra cada vez más y ahora, en In Another Country, llega a un límite difícil de superar. La historia, como ocurre con sus últimas películas, está dividida en varias partes, tres en este caso.
Todo comienza con la llegada de una madre y su hija a las playas de Mohang. La hija, para calmar sus nervios, decide escribir un guión. Ese guión es la película. Tres historias que repiten sus locaciones, actores, objetos, incluso diálogos. Este recurso, (que a priori parece provenir de un lugar infernal donde viven las ideas para guiones de todos los estudiantes de cine del mundo), funciona de manera exquisita. Estamos en el terreno de la comedia romántica pura. Todos los elementos del cine anterior de Hong están aquí pero, repito, de manera concentrada.  Y es quizás su elemento más particular, la presencia de Isabelle Huppert, lo que transforma a esta película en algo genial y la eleva por encima del resto de las películas participantes en cualquiera de las otras secciones del festival, en competencia o no.
A diferencia de lo que suele ocurrir con el cine de nuestro bendito país, en donde las co-producciones con otros países son justificadas con las siempre extrañas e inverosímiles apariciones de algún personaje extranjero, aquí la aparición de Huppert termina de transformar la película en una genialidad. Huppert entra al universo de Hong Sang-soo y automáticamente se transforma en uno de sus personajes borrachines, enamoradizos y parlanchines. Por otro lado, el protagonismo de Huppert y el hecho que -aunque sea desde la ficción- el guión sea escrito por una mujer, logran que In Another Country sea el primer título de Hong con mirada femenina, por no decir directamente feminista. La inclusión de una extranjera como objeto de atracción, también transforma la película en una hilarante crítica a los hombres coreanos y sus actitudes machistas, por otro lado tan parecidas a las del resto del mundo.
La otra particularidad de la película, es su joven protagonista, el actor Yu Junsang interpreta a un guardavidas, cuyo personaje responde a ese nombre: El Guardavidas. La actuación de Yu es vital y la actividad que lo define: física; a diferencia de los eternos intelectuales que pueblan las películas de Hong Sang-soo. Aquí Yu, nada, canta, cocina y hace el amor sin ningún tipo de carga intelectual que se interponga en sus vitales deseos. Ante un problema sentimental que parece no tener solución (los diálogos entre Yu y Huppert son todos tan graciosos como inolvidables), el simpático Yu solo dice "Whatever" y sigue adelante o mejor dicho, sigue esperando en su carpita al lado del mar. Algo impensable en los vuelteros y enredados personajes de Hong. Algo que sí comparte con anteriores personajes hongsangsianos, es la insistencia a la hora de conquistar mujeres. ¿Quién podría culparlos?
Uno de los grandes momentos de la película, es el siguiente: Isabelle Huppert camina por una especie de bosque rumbo a la playa, tomando de la botella tragos de Soju, una potente y exquisita bebida alcohólica coreana, como todos deberían saber. En un momento se detiene y, con toda su belleza no sólo intacta sino cada vez mayor (si tal cosa es posible), se sienta sobre una roca, toma un largo trago y una vez finalizado dice "Ahhh".  Al rato vuelve a tomar otro trago y repite: "Ahhhh", segundos más tarde, nuevamente vuelve a tomar otro trago y repite por última vez: "Ahhhhh". Imposible ver esta escena y no enamorarse perdidamente de la pelirroja de Huppert. Un verdadero orgasmo cinematográfico, si me permiten el exceso. Hong Sang-soo demuestra una vez más su amor por el cine. Un tipo de cine que, a la hora de las premiaciones, siempre es dejado de lado a favor de otro que parece creer que más (más drama, más intensidad, más actuaciones, más sordidez, más virtuosismo, más marcas de autor) es mejor. Como antídoto a esta idea, el cine de Hong se concentra y se centra cada vez más en su universo. Creando una especie de miniaturismo -que no minimalismo- con su cine, que lo emparenta con Wes Anderson. No importa, la realidad cinematográfica del mundo indica que Cannes necesita de Hong, mas que Hong de Cannes. El mejor director de cine de la actualidad. No hay dudas.



Cosmopolis, de David Cronenberg, adaptación cinematográfica de la novela fin de milenio de Don DeLillo, era una de las películas que despertaba mayores expectativas entre la prensa (la especializada y la otra) y el público de Cannes, y  no sólo por estos dos nombres relacionados al proyecto. El protagonista absoluto no es otro que el ídolo teen Robert Pattinson, en su primera película "seria". Hay que decir que no desilusiona el tal Pattinson, al contrario, y también hay que decir que una vez realizada la primera pasada de Cosmopolis, ese entusiasmo previo se transformó en desilusión y silencio. Incluso la revista digital (norte)americana IndieWire, la ubicó primera en la lista de las películas más decepcionantes de este Cannes. Nada más lejos de la realidad. Cosmopolis fue uno de los grandes títulos de esta edición del festival.
Cronenberg, a diferencia de la gran mayoría de sus colegas, es un intelectual, no sólo alguien inteligente o articulado. Sus intereses van más allá de los del mundo del cine. Basta escucharlo (o leerlo) hablar sobre su cine para notar esto y ver la diferencia con muchos de sus colegas. Cosmopolis es quizás su película mas filosófica y, sin dudas, la más hablada.
Es conocida la admiración y el interés de Cronenberg hacia la figura de Guy Debord. Evidente en su corto At the Suicide of the Last  Jew in the World in the Last Cinema in the World, realizado para el film  colectivo Chacun son cinema (2007), que se puede ver acá. Cosmopolis adopta mucho del (anti)cine de Debord, inclusive podría llevar como sub-título "Dimos vueltas por la noche y fuimos consumidos por el capitalismo". Cosmopolis es puro movimiento y textos en forma de diálogos mientras, de fondo, el mundo se cae a pedazos.  Es difícil saber qué espera el público y la critica de Cronenberg. Su universo es tan personal que puede echar mano a las fuentes e historias más diversas, como lo hacían los directores de la época del cine clásico americano. De la vida de Jung a una novela que cuenta las penurias de un yuppie tardío, todo se convierte en cine en las manos de este autor. Y en un cine altamente personal.
Cronenberg, gran lector, entiende el universo de DeLillo (que no es otra cosa que hombres encerrados en habitaciones, conversando, mientras afuera, el mundo cambia vertiginosamente), y le hace decir a su protagonista una frase de otro libro de DeLillo, White Noise, en un gran momento de la película: "No hay nada mas erótico que el talento desperdiciado". Quizás ahí, en esa frase, este la clave de Cosmopolis, una película sobre gente que desperdicia su talento, y encuentra erotismo en esto. No sólo vidas, también una década desperdiciada.
"¿Adonde van a dormir todas estas limusinas de noche?" -se pregunta el protagonista de Cosmópolis- y la respuesta, por esas casualidades del cine, se encuentra en otra de los grandes títulos de este festival: en la increíble Holy Motors de Leos Carax; película en la que también su protagonista recorre la noche al bordo de una limusina.
Un viejo sueño de los programadores de festivales, es poder lograr que las películas seleccionadas dialoguen entre ellas y al hacerlo muestren un mapa del estado actual del cine y, en consecuencia, del mundo. Ese viejo sueño (casi un pequeño milagro), hizo su aparición en Cannes mientras el jurado estaba mirando para otro lado. Una lástima.
Otro gran director que paso desapercibido, es Koji Wakamatsu con su film The Day Mishima Chose His Own Fate. La película cuenta la historia de los últimos días del escritor devenido militar Yukio Mishima y, dentro de la obra de Wakamatsu, funciona como contrapartida (o el otro lado) de United Red Army (2007). Sin embargo, si bien los temas son los de siempre, hay algo de antiguo (y no dicho de manera despectiva) en las formas cinematográficas de este autor que lo mantienen fuera del radar de la crítica, los jurados y el público. La historia y la política parecen ser temas que ya no interesan a nadie. Así lo demuestra la nula repercusión de esta película. Koji Wakamatsu, director con cierto renombre pero al que nunca le llegó la consagración merecida más allá de ciertos círculos selectos, es uno de esos nombres que Cannes utiliza como relleno de su programación, a cambio de resaltar otros nombres más modernos y más acordes con los signos y supuestas exigencias de estos tiempos. Otra lástima.
Se van terminando estas crónicas. Solo me queda enviarles una próxima nota en donde daremos cuenta de los premios en la sección oficial (y algunos mínimos comentarios de los otros), más un pequeño balance. Me llegan rumores de que el festival ya termino hace casi una semana. Lo dicho: rumores. Me despido nuevamente, a bordo de mi limusina, Marcelo Alderete, last man standing.

domingo, mayo 27

Pecados Canninos (VIII)

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(REPORTA DESDE CANNES, MARCELO ALDERETE, CRONISTA CABULERO)
Inevitablemente, llegó el final de esta edición del festival de Cannes. Solo quedan unas horas para la premiación y varias funciones en donde uno puede ponerse al día con los títulos que no pudo ver de la Competencia Oficial. En mi caso, en un rato voy a tener la posibilidad  de ver You Ain't Seen Nothing Yet, el film de Alain Resnais, que tuvo opiniones divididas y, más tarde, In the Fog, del ruso Sergei Loznitza, que acaba de ganar el premio Fipresci. Entonces, si bien todavía quedan un par de crónicas sobre el festival (ayer hubo una gran medianoche con la remake de Maniac), ya es hora de empezar con los balances, y qué mejor manera que aventurar lo que puede llegar a ocurrir con el Palmarés cannino. O mejor dicho, cómo nos gustaría que sea la cosa. en la Selección Oficial de este año en el que los grandes nombres cumplieron, los directores de segunda línea (no tanto de talento, sino de nombres) no estuvieron a la altura y los descubrimientos no existieron. Cada vez más, el festival apuesta por viejos conocidos de la casa. Y por lo tanto, sólo es cuestión que esos nombres estén en un buen momento como para que el festival cumpla con su cuota de calidad. Pero sobre esto hablaremos más adelante. Vayamos a nuestros pronosticos, que son más bien espresiones de deseo. Dejando de lado los títulos dichos anteriormente, de lo que vimos, la premiación no debería salir de estos nombres (ordenados según me indica mi -casi siempre- caprichoso gusto):
-In Another Country, de Hong Sang-soo: Una gran  comedia de, quizás, el mejor (y más prolifico) director del momento. El hecho de que se trate de una comedia, debería ser motivo suficiente para su premiación, sin embargo, en los festivales esto suele funcionar al revés.
-Like Someone in Love, de Abbas Kiarostami: Con su obra anterior, Kiarostami encontró un nuevo camino para su cine. Esta película demuestra que ese camino era el correcto y que, sin dudas, Kiarostami es uno de los maestros del cine contemporaneo.
-Holy Motors, de Leos Carax: La sorpresa del festival. El retorno triunfal del ex- enfant terrible del cine francés. Una película sublime por momentos, caprichosa, estúpida y graciosa y, a veces, hasta todo eso en la misma escena. Lo dicho, la sorpresa del festival. Y la mejor película francesa en la Competencia Oficial.
-Cosmopolis, de David Cronenberg. Otro director que parece incapaz de realizar una película mala. Ampliaremos pronto sobre esta pelicula.
-Moonrise Kingdom, de Wes Anderson: A pesar de que mi primera reacción fue un poco desilusionante, quizás porque uno espera siempre mucho de Anderson (aunque también espera más de lo mismo). Un nuevo visionado aumentó sus méritos. Sería un lindo momento ver a la troupe de Anderson subir al escenario, casi repitiendo aquella escena de The Life Aquatic with Steve Sissou.
-Amour, de Michael Haneke: Una obra terrible y humana de un viejo abonado de la casa (quien acostumbra a ser terrible, pero no muy humano). Película que por otra parte, y para no extendernos en demasía, tiene asegurado su estreno comercial en Argentina.
En fin,  especulaciones sobre lo que podría llegar a ser. Esperemos que Moretti y sus secuaces se comporten de la mejor manera posible y nos den una alegría final.
Esto se acaba señores y sñioras. Nos vemos en un rato.

sábado, mayo 26

Pecados Canninos (VII)

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(REPORTA DESDE CANNES, MARCELO ALDERETE, AMANTE DEL PONT NEUF)
A veces, uno se equivoca. En verdad, muchas más de las que quisiera, y eso pasa con nuestra grata tarea de programadores. El apuro de ciertos tiempos acotados, los prejuicios, el no saber mirar lo que realmente hay que ver, todo esto hace que cada tanto no veamos ciertas películas de la manera que estas las merecen. Kill List, de Ben Wheatley es una película que fascinó a mi compañero, colega y amigo de andanzas Pablo. Al verla en su momento, yo, un niño criado bajo los saberes y mandatos de los Cahiers du Cinema, la ví con todo mi prejuicio encima. Ya sabemos lo que los Cahieristas opinaban, sobre todo ese villano favorito de Godard, acerca de la inutilidad del cine ingles. No es que tal aseveración sea falsa, pero como toda generalidad encuentra su excepción, y Kill List es esa excepción. O una de ellas, al menos. Pero no vamos a hablar aquí de  Kill List , o no mucho. Para los que la vieron, saben que su trama mezcla de manera ingeniosa, pero no con el ingenio como recurso, el género de películas de gangsters británicos y películas de terror de sectas. La mezcla es extraña, y el resultado da una película seca (en el mejor sentido de la palabra), debido a la seguridad de Wheatley en su puesta en escena, y en su mezcla exacta de realismo a lo inglés, atravesado por lo fantástico.
Ben Wheatley acaba de estrenar en este festival de Cannes, en la Quinzaine de realisateurs, su nueva película Sightseers. Esta vez, para sorpresa de muchos, se trata de una comedia, negrisima, pero comedia al fin. Sightseers cuenta la historia de una pareja que sale a recorrer en un auto con motorhome detrás, paisajes de la infancia de uno de ellos, en la campiña inglesa. Y así, mientras realizan este viaje, van asesinando gente. A pesar de no tener nada que ver con aquella, tranquilamente podría llevar el título de Honeymoon Killers.
Wheatley vuelve a trabajar con personajes grises y de clase media pero -extrañamente por tratarse de un inglés- nunca es condescendiente o los mira por encima del hombro. O lo hace muy poco. Se trata de un cineasta inglés, tampoco exageremos y le pidamos mucha humanidad. El trabajo de Wheatley con su director de fotografía (también  responsable de la imagen de Kill List) es notable. Juntos logran mostrar un mundo horrible de la mejor manera posible, sin caer nunca en la estilización de esa fealdad, sino mostrándolo de una manera exacta hasta en sus más mínimos detalles.
A igual que en la reciente God Bless America (que funciona como una versión americana y menos lograda de Sightseers), aquí el infierno son los otros. Ben Wheatley, junto al trío compuesto por  Edgar Wrigth, Nick Frost y Simon Pegg, le están agregando un poco de gracia (y cine) al cine inglés. O al menos a cierta parte. No hay que olvidar que Ken Loach, en la sección oficial de este Cannes, sigue trabajando como el portavoz de los humildes simpáticos y, ya transformado en el cineasta oficial de Inglaterra, parece haberse olvidado todo. Inclusive que alguna vez fue un cineasta.
Volviendo al tema de las equivocaciones. En aquel entonces, mientras el amigo Pablo trataba de convencerme de las bondades de Kill List, otra película inglesa hizo su aparición en el festival para el cuál trabajamos. Esta vez sí, un compendio de todas las maldades (en todos los sentidos) dignas del cine inglés. Incluído el uso de la palabra redención. Esa película era Tyrannosur. Y todo sabemos lo que terminó ocurriendo con esa infame antigüedad de película (que bien indica su título).
Pero, mejor, vean un clip de Sightseers.
Hace mucho tiempo, en ese lejano país llamado Argentina, las películas de Leos Carax tenían estreno comercial. Así fue como, en algún momento de la década loca de los ‘80, pudimos ver Mala sangre en un cine de la calle Lavalle y salir sorprendidos y exultantes de una película que parecía un compendio adolescente de la obra de Godard. Un Godard for dummies. Pero eso lo supimos después. Un tiempo más adelante. Más allá de la explosión del VHS, la obra de JLG era en una gran e importante parte desconocida para los jóvenes argentinos. Sospechábamos la influencia, pero era otra cosa lo que nos tomó por sorpresa. Quizás fue ese romanticismo a prueba de todo. Esos amores imposibles que sin embargo no se niegan a ser eso: amores e imposibles. O fueron sus protagonistas (en ese entonces rostros desconocidos) Dennis Lavant, Juliette Binoche y July Delpy, quienes corren desesperados durante toda la película en busca de ese amor que está todo el tiempo a la vista, presente y sin embargo empeñado en escaparse.

El resto del elenco no era menos sorprendente y canónico: Michel Piccoli (Godard, claro, pero también toda la historia del cine francés moderno), Serge Reggiani (por si faltaba un guiño a la historia del cine) y Hugo Pratt (el verdadero padre de la aventura), en papeles de gángsters que ven como el mundo que habitan (el cine que habitan) ya empezaba a desaparecer.
La historia de Mala sangre es simple. Alex, un joven de pasado turbulento e hijo de un afamado ladrón, hereda el lugar de su padre en el último robo de una banda de malvivientes más cerca del ocaso que de sus mejores momentos. En el camino, huye de un amor para terminar encontrándose con otro (posible el primero, imposible el segundo). El objeto a robar es un antídoto contra una enfermedad que contrae la gente que hace el amor sin estar enamorada. Todo es movimiento, fuga, y escape en esta película, y momentos y frases epifánícas.
Alex huyendo de su novia y logrando escapar con la ayuda de un guarda de subte. Alex imitando a un bebé para, inmediatamente, salir corriendo por las calles de una Paris (recreada en estudio) al ritmo de Modern Love de David Bowie. Alex realizando trucos de magia y ventriloquia para consolar a su amor imposible. Y el final –inolvidable- con La Binoche corriendo y su rostro manchado de sangre, mientra Delpy también corre en su moto. Y las frases, escuchen: "algún día me olvidarás"' le dice Alex a su novia abandonada, "Un día. O dos"' le responde ella. "Tu sí que has encontrado...la sonrisa de la velocidad" (¿cómo saber, en ese entonces, que esa frase pertenecía a una canción de un tal Leo Ferré?), dice Alex, y realiza un movimiento con su brazo, rápido, torpe y moribundo, todo a la vez, para representarnos esa idea de la velocidad y la felicidad. "Trágate las lágrimas, trágatelas", le exige Alex a Anne, hablándole –literalmente- desde las tripas.
Pasó el tiempo, y Carax realizó su otra obra maestra: Los amantes de Pont Neuf. Y aquí es donde las cosas empezaron a complicarse. Problemas de producción, un presupuesto millonario y un director megalómano, la transformaron en una de las películas más caras de la historia del cine francés. Una sola línea del guión: "Axel y Anna hacen esquí acuático en el Sena", llevó meses y meses de rodaje. La que iba a ser la consagración de Carax, termino siendo su condena. Pero las cosas iban a empeorar.
Pola X, realizada mucho tiempo después, solo complicaría aun más las cosas. Basada en una historia de Herman Melville y protagonizada por los finados Guilleume Depardieu y Katerina Golubeva (a quien está dedicada Holy Motors), Carax llevaba su aura de maldito un paso mas allá y, parecía, lo perdíamos para siempre. No es que Pola X no tenga sus méritos, pero, para un joven maldito no hay nada peor que ver cómo pasa el tiempo y ver que lo de joven y maldito, sólo queda lo último. Después de esta oscura historia de inmigrantes, amores terribles e incesto, Carax desapareció, volviendo brevemente para realizar algunos cortometrajes. Hasta que, cuando nadie lo esperaba, aparece Holy Motors.
Al principio de Holy Motors uno se espera lo peor. Carax, autodedicándose su propio 8 y medio, (aquella película enorme, brillante y agotadora que Fellini se dedicó para terminar de armar su personaje y establecerse en el cánon de grandes e inmortales autores del cine, he ahí lo "Fellinesco", término que se usa para describir escenas de circo, multitudinarias, o de gente gritando). Pero Holy Motors es algo diferente. Al verla, uno no puede dejar de imaginarse a Carax anotando todas sus ideas para futuras películas en una libreta, y en un momento darse cuenta que todas esas ideas eran su nueva película.
¿Para qué hacer una película entera, si con un par de escenas ya la podemos contar? No en vano en el pressbook de la película, entre varias citas de literatos, aparece J.L.Borges (J.L., como Godard). Eso es, de alguna manera y entre muchas otras cosas, Holy Motors. Una fantasía tecno-erótica, una fabulosa (y farsesca) relectura de la bella y la bestia, la historia del doble (de nuevo Borges), el viaje entre un padre y su hija, un musical y, por sobre todas las cosas, un homenaje de Carax a su eterno alter ego, ese gran actor que es Denis Lavant.
Holy Motors, dentro de la película, es un garage donde duermen varias limousinas que recorren la noche parisina. En ese garage, que también es la película, parecen vivir todas las historias que el cine ya no sabe cómo contar o qué hacer con ellas. Holy Motors es una pelicula inabarcable. Habrá que volver con más tiempo y sobre todo, con más calma. Volvió Leos Carax y ya no es aquel joven con pose de maldito, ahora es un director de cine, extremadamente generoso con su arte.
Y aquí los dejo, espero no haberlos cansado con tanto palabrerío, por (muchos) momentos, inconexo. Sabrán disculpar la velocidad y excitación que provoca este lugar, y, sobre todo, mis limitaciones. Ahora sí, los dejo. Me espera el maestro que le falta a este festival. El gran Cronenberg, difícil que nos falle. Larga vida a la carne nueva, mis queridos lectores.

viernes, mayo 25

Pecados Canninos (VI)

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(REPORTA DESDE CANNES, MARCELO ALDERETE, MR. REDRUM)
Y a pesar de que falta para que termine el festival, el clima de fin de fiesta ya invade Cannes. Las cenas nocturnas empiezan a ser de despedidas, como la de anoche, con la gente del Film Comission de Buenos Aires y los Diegos (Lerer y Battle). Mi amigo y ladero durante este Cannes, Mau Alena, emprendió hoy a la mañana su retorno a nuestro Buenos Aires querido.
Si  bien por acá uno nunca está solo (nos escuchan hablar en castellano y las chicas se nos vienen encima), siempre es mejor andar al menos de a dos. Y Mauro este año no sólo fue un gran compañero de equipo, sino también una persona que con su generosidad hizo que mi estadía, (que continua hasta el final mientras que la de él, injustamente ya se terminó) mucho mejor de lo que hubiera sido. No hay caso, uno tiene una familia (laboral en este caso), pero siempre los que te terminan salvando son los amigos. Hasta la vista Mau, voy a extrañar tus ojos de pollo pequeñito. (Disculpas por el chiste interno y levemente afeminado, pero ya lo van a entender).
Los documentales en el festival de Cannes suelen ser olvidables y agruparse en una sección paralela llamada Cannes Classics y difícilmente llegan a la Selección Oficial. Obviamente que hay excepciones, pero la mayoría suelen ser meros vehículos didácticos y de difusión de tal o cual tema o artista. Trabajos que más que de un director, parecen hechos por editores o montajistas. Y lamentablemente, este es el caso de Method to the Madness of Jerry Lewis. Claro que es divertido mirar extractos de las películas de Lewis, y verlo trabajar en sus puestas en escena, y enterarnos que Jerry fue (al menos nos lo dice esta película), el creador del video-assist. También está bueno escuchar, entre otros, a: Carl Reiner, Jerry Seinfeld, Richard Lewis, Chevy Chase, Carol Burnett, Woody Harrelson y Quentin Tarantino, diciendo cuánto admiran al Lewis. Pero todo esto se agota en pocos minutos.
Tanta glorificación de un personaje termina sonando extraña o demasiado edulcorada, sobre todo con alguien con más de un momento interesante (y algunos oscuros) en su historia personal.
Nada se dice aquí de su separación con Dean Martin, ni de su ascenso como director a una edad tempranísima (Lewis fue, de alguna manera, un Orson Welles de la comedia), ni de esa película perdida en la historia de Hollywood llamada The Day the Clown Cried, en donde Lewis se adelantó al siniestro Beningi al tratar de realizar una comedia con nazis de fondo. Eso sí -es inevitable- uno termina con unas ganas tremendas de volver a ver toda la obra de Lewis. Y eso haremos ni bien volvamos a nuestra querida tierra argenta.
Después de escribir el párrafo que viene, me doy cuenta que desmiento lo dicho anteriormente. Pero no miremos atrás y sigamos adelante, como hace la gente que no mira atrás y sigue  adelante.
Room 237 es un documental sobre gente obsesionada. Y el objeto de esta obsesión no es otro que la película El resplandor, del también obsesivo Stanley Kubrick. Durante casi hora y media, asistimos a diferentes hipótesis que buscan significados dentro de las imágenes de esa película. El holocausto, la masacre de indios, mensajes sexuales subliminales, el viaje a la luna. Todo eso y mucho más entra en la locura conspirativo/interpretativas de los diferentes personajes que desde la voz en off nos hace escuchar la película. La forma de este documental es simple y bastante elegante, a pesar de tener una gran cantidad de material sacado de viejos tapes VHS, (en los créditos aparece un encargado de recuperar el material en este nostálgico formato). A simples pero efectivas recreaciones de gente en una sala mirando películas, se le suman muchos clips de las películas de Kubrick, no solo El resplandor, y, como decíamos antes, varias imágenes de procedencias a veces extrañas, a veces muy simpáticas. Por ejemplo, aparece Stephen King en su gran actuación en Creepshow. Ahora que nadie escucha, debo decir que Kubrick nunca estuvo en mi canon personal de directores favoritos. El género cinematográfico en el que se encuadraban sus películas -esto lo dijo alguien antes- siempre fue el de la obra maestra. Por ese motivo, es divertido ver cómo este documental no termina de tomarse en serio las obsesiones de Kubrick, ni las que genera en sus fanáticos. Un poco de risa ante tanta solemnidad siempre viene bien. Pero tampoco nos riamos tanto, la obsesión al fin y al cabo es la piedra fundante de (entre otras cosas inútiles) la cinefilia.
La obra del fotógrafo y documentalista Raymond Depardon siempre fue seria y rigurosa. Y por eso sorprende de muy buen manera la alegría y liviandad que se desprende de Journals de France, película co-dirigida  por Depardon y su mujer, la sonidista Claudine Nougaret. Journals está armada como una visita al arcón de los recuerdos de Depardon. Imágenes que no entraron en sus películas, pero también material de otras procedencias. Todas imágenes increíbles. Sobre todo un material registrado originalmente en Super 8, en el que aparece un jovial Eric Rohmer correteando a las actrices durante el rodaje de El rayo verde. Un momento luminoso. Pero no es sólo eso la película. Hilvanando todos estos recuerdos, también acompañamos a un solitario Depardon, que con su camioneta recorre Francia deteniéndose cada tanto para tomar una foto de un paisaje o unos personajes que le llaman la atención. Es increíble verlo esperar a que pasen los autos, que la luz sea la correcta y hasta acomodando una hoja de árbol caída en el piso, para lograr su encuadre.
Un rato después de terminada la función, me lo cruzo a Sergio Wolf, quien me dice que a Depardon el amor lo ablandó. Y quizás haya algo de cierto en ese frase. Cuando el amor entra por la puerta, el rigor sale por la ventana. ¿A quien habría que culpar por esto? Journals de France, es una celebración, de la obra de Depardon y, de paso, de Francia y del cine.
Me gustaría terminar esta crónica contando las buenas noticias que tenemos para el Festival de Mar del Plata, todas fruto del trabajo que estamos realizando en Cannes. Pero lamentablemente, no me dejan. Habrá que esperar un poco todavía... Se vienen buenas nuevas, estén atentos queridos amigos. Mientras tanto...

martes, mayo 22

Pecados Canninos (V)

3 comentarios:

(DESDE CANNES, REPORTA MARCELO ALDERETE, CRITICO HEMOFILICO) 
Las expectativas que se generan en el festival de Cannes son tan grandes que suele ser muy difícil superar esos entusiasmos iniciales. Las ganas de ver ciertas películas por primera vez tampoco ayuda demasiado. La ansiedad suele ser mala consejera, y algo de eso ocurrió ayer con el esperadísimo -hablo por mi, claro- estreno del Drácula 3D de Dario Argento.
Pero vamos por partes, que falta mucho para la salida del sol (get it?, Ok...).
La noche de ayer (aunque escribo esto y no sé bien de que estoy hablando) comenzó con el estreno de la última película de Raoul RuizLa noche de enfrente. Ahí estuvimos  para darle apoyo moral a la bellísima y talentosa actriz Valentina Muhr (imaginen una joven Isabelle Hupert en versión chilena), nuestra compañera de este hotel en el casi fin de Cannes. La presentación fue bastante emotiva, pese a que la introducción del nuevo director artístico de la Quinzaine, Eduard Waintrop, no fue de lo más entusiasta. Entre el numeroso grupo de gente relacionada con la película, franceses y chilenos, se encontraba la esposa de Ruiz, Valeria Sarmiento y uno de los productores franceses que contó haber estado hablando por teléfono con Ruiz y que este le dijo preferir presentar su obra póstuma en la Quinzaine antes que en la sección oficial, como ocurrió hace mucho mucho tiempo con su ópera prima.
La película no está a la altura de Misterios de Lisboa y, dentro de la obra prolífica e inabarcable de Ruiz, pertenece a aquellas que trabajan sus historias como cajas chinas y sus decorados como casa de muñecas. Guiones llenos de diálogos, por momentos graciosos, por momentos surrealistas, llenos de juegos de palabras y, una vez más, el tema de los recuerdos y la muerte.
Dejemos por ahora a Ruiz, aunque quizás continuemos con él más adelante o -como suele suceder en estas crónicas- quizás no. La obra de Ruiz es tan amplia que nosotros, los espectadores, seguramente necesitaremos más de un vida para recorrerla en su totalidad. Es difícil pensar en un director menos solemne que Ruiz, así que dejémoslo tranquilo y no realicemos ningún tipo de homenaje ni despedida. Hagamos algo mucho más simple, veámos sus películas.
A pesar de lo que uno esperaba de antemano (Drácula + Argento + Asia + 3D + Rutger Hauer) esta versión de Drácula no es un festival del exceso, al contrario, es una de sus películas mas clásicas. No estamos aquí frente al vampiro de Stoker, (Drácula es un personaje del cine y no de la literatura) este príncipe de las tinieblas es el del mito y costumbres que creó el cine.
Es cierto que las últimas películas de Argento no son de lo mejor (a pesar de que no deja de causarme mucha gracia que haya titulado una de sus películas Giallo, igualándose con Godard y su Nouvelle Vague, la película), pero uno esperaba que este Drácula fuera una vuelta a sus mejores formas, algo que lamentablemente no sucedió (o no del todo), pero sí es una gran película.
En este mundo en donde los Thomas Vinterberg y Ulrich Siedl son considerados cineastas serios y tenidos en cuenta, el viejo Argento tiene todavía mucho para ofrecer. Y si bien hablo de falta de excesos, es en relación al universo y los parámetros que definió el italiano en su obra.
Aquí hay una mantis religiosa gigante, un solo de Drácula a puro asesinato (ya lo van a ver) que termina en aplausos de la audiencia, un trío femenino a pura belleza y carnalidad como no se veía hace mucho tiempo y un tremendo Van Helsing a cargo del replicante Hauer. Y claro, el 3D. La fotografía es de un viejo conocido de la casa, el oscuramente luminoso Luciano Tovoli (googlear su obra es caer de espalda automáticamente) y el uso que hace junto a Argento de este antiguo truco de feria es algo nunca visto.
Esperemos a Godard, pero Argento se suma a Ken Jacobs como uno de los directores que mejor utilizan el 3D como recurso, sin tomárselo jamás en serio. Ellos saben que la cosa va por otro lado. Aquí todos los decorados son puro artificio, pero esto no es Avatar, es un universo en donde lo falso se ve falso y a mucha honra. Ver la película es como mirar imágenes de esos libros troquelados con cuentos para niños. Una especie de profundidad de campo que funciona por capas.
¿Desde qué lugar se puede criticar a este Drácula¿Desde el de la lógica narrativa? ¿Desde su desfile de lugares comunes? ¿Diciendo que el doblaje suena falso? Minucias. Todas esas cosas son para cineastas que no tienen más para ofrecer que cierta representación de la realidad de un mundo, que ellos piensan que es "el" mundo. Lo de Argento es otra cosa, es cine. Hay que hacerse un favor y dejarse llevar. ¿Qué es Argento, sino el Antonioni del cine de terror? Ya no es rojo, ni es sangre, es Argento. (Este extracto será publicado en breve en un libro titulado,: "Argento explicado a los tibios", y que bufen los eunucos).
Volviendo a la presentación en sí, hay que decir que tuvo todo el suspenso del cual carece -o no le hace falta- la película. Como suele suceder con las funciones de gala, los tiempos se estiran, uno piensa que no va a entrar, que algo malo va a suceder, y algo así ocurrió.
Thierry Fremaux (¿Van Helsing o Drácula?) comenzó la función introduciendo a todo el equipo presente en la sala, y con un video sorpresa y bastante rutinario que resumía toda la obra de Argento. Tomémonos un segundo y enumeremos solo algunas de sus obras: Suspiria, El pájaro de las plumas de cristal, El gato de las nueve colas, Inferno, Rojo profundo, y así... Es como decir "la historia del cine contemporáneo según la Generación VHS". Quien esto escribe soltó lágrimas durante todo este momento. Ver a Argento tan cerca de uno, no es algo fácil. Es demasiado fuerte ver al responsable de buena parte de tu cinefilia a pocos metros y compartir con él una película.
Terminada esta introducción, comienza la película. Imaginen una sala con 2300 espectadores con lentes 3D, la imagen es hermosa. Arranca la película y ya sobre los títulos vemos que algo esta mal. El 3D no se veía como tal, por algún motivo técnico que se me escapa, (mis conocimientos no llegan a tanto y si alguien me lo explica, se lo agradezco). La cuestión es que se encendieron las luces y pasó un rato largo hasta que hizo su aparición Fremaux, quien, previo pedido de explicaciones a una persona encargada del área técnica (quien seguramente trataba por primera vez con Thierry Fremeaux), subió al escenario para explicar lo ocurrido, en francés, claro. Mis nervios e ignorancia hicieron que todo el momento sospechara que la función se había suspendido. Ante lo cual mi terror, (el verdadero, el horror, el horror) me volvió a hacer brotar las lágrimas. Pero la cosa no fue así, la función se reanudó y todo siguió su curso natural. Una noche, como suele decirse, llena de emociones, mis queridos príncipes y princesas de la tinieblas.
Me despido una vez más, en esta ocasión dedicando esta humilde crónica a todas las personas responsables de las  áreas técnicas de todos los festivales de cine del mundo. Verdaderos héroes y criaturas de las tinieblas quienes, como el transilvánico chupasangre, viven condenados a estar en las sombras, viendo como los demás disfrutan las luces del éxito. Pocos lo saben, pero ellos son la verdadera sangre que hace funcionar a estos circos romanos modernos llamados festivales de cine.