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viernes, abril 9

Rompecabezas, de Natalia Smirnoff

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Ya es hora de ir diciéndolo: María Onetto es una gran, gran, gran actriz. Dúctil como pocas, todo lo hace y en todo convence. Y está acostumbrada a tener la cámara en la nariz, en la nuca, por todos lados: ya lo hizo en La mujer sin cabeza, una de las grandes actuaciones de la década, y lo repite ahora. Grande, grande, grande. La mejor de su generación, para mi gusto. Sus roles en teatro son decenas, pero alcanza con haberla visto brillar en Nunca estuviste tan adorable, de Javier Daulte. Se comía el escenario, y ahora se come la pantalla.
Rompecabezas es -se diría- una película chiquita, pero es un placer. Desde la primera, impresionante secuencia del cumpleaños, se teje -se arma- un retrato íntimo de esa mujer que ya ni nombre propio tiene, de lo alienada que quedó en su vida de ama de casa desesperada del conurbano. No, desesperada no: porque no parece esperar nada. Es un fantasma hasta para ella misma. Y por un rinconcito chiquitito como una pieza de rompecabezas empieza, de a poquito y casi por casualidad, a armarse una vida. Otra vida. Y se descubre, entre otras cosas, talentosa.
La peli tiene trazos de comedia muy bien pintados: los hijos que crecen desafiando a los padres, el chico con novia vegetariana que le rechaza la comida a la madre, el marido ferretero que de pronto hace tai-chi, la escena en el locutorio (¡gran gran cameo de la "redondita" Graciela Bordin!) . También vale la pintura social, el viaje casi no contado de Turdera a Recoleta. El Puma Goity está muy bien; por una vez en la vida, representa a un tipo de su edad, con una mujer de su edad. De la solvencia de Arturo Goetz ya se ha hablado mucho en los últimos tiempos. Pero, insisto, la verdadera delicia es el paulatino descubrimiento de la protagonista, que se desenrolla de a poco y sin avisar.
Natalia Smirnoff, operaprimista: mis más sinceras felicitaciones.

miércoles, mayo 28

Mundo Martel: La mujer sin cabeza

16 comentarios:
Encuadres desencuadrados. Persianas bajas. Camas con adolescentes aburridos en pose insinuante. Tormenta, sequía, tormenta. Chicos, muchos chicos por todos lados. Dos y tres planos de sonido (y ninguno es el principal). Mugre. Cosas que se ven de lejos y primerísimos planos de detalles. Azulejos. Actores excelentes que nunca o muy poco hemos visto. Palabras vacías. Violencia latente y de la otra. Familias numerosas. Familias eternas, todos somos familia. Salvo los otros. Los otros fuera de plano, fuera de foco, como fantasmas. Los otros: apenas una mancha oscura que pasa por el fondo. Los otros: los que dicen señora. Un personaje -una señora- habla de los espantos. Dice: la casa está llena de espantos. Dice: no los mires, si no los mirás se van, ya se van.
Casas grandes, llenas de gente, familias confusas y los otros, los negros, los pobres, los empleados, como los quieran llamar, en un segundo plano siempre presente pero no los mires, hagamos como que no están.
Algo de eso y mucho de algo de lo que es muy difícil hablar está en esta tercera película de Lucrecia Martel. Es muy Martel, es el comentario que escuché antes de escapar de la sala llena de críticos. Sí que se toma su tiempo esta chica: 1995, Rey Muerto en Historias Breves; 2001, La Ciénaga, consagración; 2004, La niña santa, súper recontra consagración; 2008, La mujer sin cabeza. Definitivamente no corre con los tiempos del mundo. Sigue filmando en Salta, sin pintoresquismos, sin apuro. Y no da puntada sin hilo.
No sé explicarlo, pero si bien es una película armada en torno a la negación, a lo que no sucede o no sabemos si sucede, no tiene nada que ver con esas películas sobre nada que se han puesto tan de moda y hacen que mucha gente prefiera jugar a las bochas antes que ver cine argentino. Yo he visto El otro, por ejemplo, con su Oso de Berlín y todo, y no me avergüenza decir que me dormí olímpicamente (en sentido literal y en el cine). He visto Extraño, también con Julio Chávez, y se hizo difícil. Hay tantos ejemplos, para qué abrumar. Y sin embargo nada de eso pasa con La mujer sin cabeza, un film absolutamente tenso, que trabaja una cuerda -si se me permite- moral. Lo que no se ve grita.
Gran mención para María Onetto, una enorme actriz de teatro que el cine todavía no había aprovechado como se merece. Y, en realidad, gran mención para el talento de dirección de actores de Lucrecia Martel, que convierte en estrella de carácter a todo actor que toca.
Sí, esta es otra de esas famosas reseñas que no dicen nada o casi nada. Debe ser parte del efecto Martel.