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martes, mayo 21

Vida de Cannes IV - Johnnie To y los otros

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El finado John Belushi protagonizó para Saturday Night Live un sketch en donde aparecía como un anciano, visitando las tumbas de sus compañeros de elenco de aquellos años, Gilda Radner y Dan Aykroyd, entre otros. Belushi terminaba en el cementerio bailando sobre las tumbas de sus amigos y diciendo que nunca iba a morir, por qué él era un bailarín.
En estos días se informaron dos robos en la ciudad de Cannes. Uno de ellos sobre unas joyas en un lujoso hotel (sí, casi salido de una película) y otro al vicepresidente del China Film Group, a quien le desapareció el equipaje integro. El tercer robo, (y que no salió en las noticias) ha sido la inclusión de Blind detective, de Johnnie To en la devaluada sección de medianoche, en vez de participar de la competencia oficial, lugar que debería ocupar por méritos propios.
To no es sólo uno de los más prolíficos y talentosos directores actuales, sino alguien que cambia de géneros y estilos sin perder originalidad ni calidad. Todos estos atributos que comparte con su colega oriental Takashi Miike.
Blind detective es una disparatada comedia (y he aquí la segura razón de su exclusión de la competencia oficial), que se mueve en el absurdo con una gracia y velocidad pocas veces vistas.
Andy Lau (protagonista junto a Tony Leung de Infernal affairs, mérito suficiente para haberse ganado ya el paraíso cinéfilo) encarna al detective del título, un ex-policía ciego que es considerado por la co-protagonista, una bella mujer policía con baja autoestima, como “el dios de los detectives”. La trama, una serie de casos de asesinatos que la pareja se encargará de investigar, es sólo una excusa para mostrarnos al dúo atravesando por diferentes situaciones cada vez más absurdas y ridículas, como divertidas e inesperadas. El talento cinematográfico de To es indudable, utilizar el término puesta en escena es quedarse corto, habría que inventar una nueva palabra para hablar de la forma en la que filma Johnnie To.
Hay algo raro en la manera en la que está vendida la película desde su poster y desde el texto del catálogo del festival, incluso desde la página de IMDB. La información que dan estos sitios hace pensar en un policial clásico y no en la tremenda comedia absurda que en realidad es.
Una comedia en donde se lucen Andy Lau como el detective del título, un cretino al cual le gusta disfrutar de la buena vida y la comida (es común el consumo de alimentos en el cine oriental, pero aquí llega a niveles inusitados) que utiliza su ceguera y un extraño poder sobrenatural para resolver crímenes y la hermosa Sammi Cheng (Andy y Sammi levan realizadas más de cinco películas como pareja), maltratada de todas las maneras posibles por el héroe hasta, finalmente, lograr su corazón. Como suele decirse, no conviene contar mucho más, aunque reducirla a su trama sería algo absurdo, ya que no hay manera de estar preparado para esta mezcla de buddy-movie, historia de amor y comedia física que incluso llega a lograr momentos de tristeza y emocionarnos genuinamente con su final. Sí, Mister To, por favor, no nos prive de Blind detective 2.
En la película, el baile tiene su porqué en la trama (tango argentino, para ser más precisos), aunque no se trate de un musical. Aquí los que bailan son los intérpretes, al ritmo de un director que parece saberlo todo del cine.
Al igual que Belushi, ni Andy Lau, ni Sammi Cheng, ni Johnnie To van a morir nunca, por que como queda demostrado en Blind detective, ellos bailan; mientras el resto de las títulos que participan del festival miran avergonzados, congelados de tanta solemnidad, semejante muestra de humor, gracia, libertad y, lo más raro de todo en esta edición de Cannes, de tanto cine.

Marcelo Alderete

Foto: Cecilia Barrionuevo

miércoles, diciembre 2

El tigre agazapado

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Cuando puse Mad Detective, esperaba encontrarme con una versión hongkonesa de Arma Mortal, lo que hubiera estado muy bien también, pero me encontré una película querible y entretenida, triste y profunda. Así es Johnny To. El tigre salta donde no lo esperamos. O salta en el mismo sitio pero nos habíamos olvidado de que era un tigre. Después de todo la fantástica Running on Karma tenía parecidas cualidades, insertar los problemas del alma en medio de tiroteo furibundo y las secuencias de acción más increíbles. Pero oh casualidad, dos de las películas más introspectivas del gran Johnny son codirigidas y oh sorpresa, por la misma persona, el ahora también admirado, al menos por mí, Ka Fai Wai. Si en aquella el tema era el destino, el eterno retorno y la continuidad de las vidas, en esta es la pluralidad de personas que somos y no sabemos que somos. Nada, eso.
Para seguir con los encuentros aquí está la crónica de aquella otra película, http://encerradosafuera.blogspot.com/2004/07/running-on-karma-johnny-toka-fai-wai.html, publicada un 25 de julio, el día fuera del tiempo según los mayas, el día en que durante unos años festejé un encuentro que solo había sido un sueño.

Dj malhumor.

viernes, junio 22

Nuestros amigos asiáticos: El tiempo de Kim Ki Duk + Ayer otra vez de Johnnie To

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Tenía razón Woody Allen: con la misma historia se puede hacer una comedia o una tragedia. Creo que lo dijo antes Tinianov, pero eso ya lo repetí demasiadas veces. Esta vez la tragedia corre por cuenta de Kim Ki Duk, con la recientemente estrenada El tiempo, y la comedia, a cargo de Johnnie To, con la próxima a verse Ayer otra vez. El símil es de la casa, como para desinstalar un poco esta etiqueta tan cómoda y tan vacía de “cine oriental”.

Las dos pelis, cada una a su manera, hablan del amor en los tiempos modernos. Las dos dicen que el amor es una farsa, un juego de espejos, una cacería eterna. De algún modo –y esto es una decepción– están diciendo lo mismo que Closer, para mi humilde gusto una de las peores películas de los últimos tiempos. Sólo que Closer parecía regodearse en estas apariencias. Parecía disfrutarlo. En los casos de mis muy respetados Kimki y Johnnie, sobrevuela una tristeza –feroz en el primero, sutil en el segundo– en la constatación de esto que no es nuevo pero tampoco es para festejar: no se puede vivir del amor.

En El tiempo, una mujer desesperada ante la perspectiva del ineludible deceso del romance por muerte natural toma medidas extremas: acude a la cirugía estética para convertirse en otra y así volver a seducir a su amado. Sólo que el amado ama a la primera, y se pierden ambos en un laberinto de falsas identidades. Es triste, tristísimo, y se sale de la sala con la convicción de que el amor es siempre una cuestión de mucha buena voluntad.

Al comienzo de Ayer otra vez, una comedia chispeante a caballo del policial que tan bien le sale al director, un matrimonio de ladrones muy bien avenido se divorcia por una cuestión de cómo dividir el botín. Un par de años después, ella decide volver a casarse con un joven que le ha prometido un collar deslumbrante, pero unos días antes la joya es robada. Ella abandona raudamente al pobre novio y vuela a encontrarse con su ex. Roban en equipo como en los viejos tiempos, pero él no responde acerca del collar. Ella se obsesiona y él sabe que ése es el collar con el que podrá tenerla agarrada del cuello. Sabe, también, que la única forma de lograr que ella realmente lo ame será desaparecer de su vida. Y ella, simétricamente, sabe que para recuperarlo necesita hacerle creer que se casará con un hombre con joyas.

En fin: que los celos, la angustia y el miedo a perder al ser amado son lo único que mantiene viva una relación. Nada que no sepa cualquiera que pasó la curva de los dieciocho. Lo divertido es cómo Kimki cuela la comedia dentro de la amargura de su quirófano, y cómo Johnnie desliza un funeral con música pop. Partiendo de extremos diferentes, retratan la crueldad de las grandes ciudades: Seúl, Hong Kong, tan parecidas a la Londres de Closer, donde la vida se diluye entre celulares y cámaras.

Y además está Zhang Yimou (véase La maldición de la flor dorada), que se abstiene de las ciudades, y filma como si el tiempo no existiera y el amor estuviera condenado –envenenado– desde el principio de los tiempos. Pero ésa es otra historia.

Marcela Basch