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viernes, abril 4

Bloody Manchester

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Hacia tiempo que no veía tanta alegría. Hang the dj/hang the dj/ hang the dj/ hang the dj/ hang the dj... Muchas pero muchas veces…. Una alegría que se veía y tocaba. ¨Les pido perdón, pero sacamos un disco nuevo y queremos practicar las nuevas canciones¨. Y volaron unas cuantas pelucas. Una banda como una roca y unas canciones eternas. No digo que no daba desconfianza. O cierta pena. Los queríamos juntos. Pero empezó a tocar como para recordarnos que él era el sonido de una banda que inventó un montón de cosas. El era el sonido detrás de esas canciones que bailamos, que gritamos. Tantas veces a solas. Sí Morrissey es la melancolía ayer descubrimos la furia. Una furia manipulada, llevada a dónde se le antojaba. Y la felicidad catártica de esa música que nos gusta tanto pero tanto. No ví a los Clash, no ví a The Jam; no ví a los Smiths. Vi a Johnny Fuckin Marr. Dj Malhumor



jueves, octubre 24

Festi Laptra en el Konex: line up y horarios

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El sábado 26 de octubre en la Ciudad Cultural Konex (Sarmiento 3131) se hará la tercera edición del Festi Laptra, una jornada en la que los artistas del sello originario de La Plata presentarán en vivo sus nuevas producciones.

Las entradas anticipadas salen $60 y se consiguen en
Oíd Mortales (Av. Corrientes 1145 Loc. 17, tel 011-4382-8839), Kanishka (Gal. Bond Street Av. Santa Fe 1670 Loc.42, tel 011-4811-5264), La Disquería (54 653 1/2 entre 8 y 9, tel 0221-4219373, La Plata) en la boletería de Konex (Sarmiento 3131 de 12 a 20 horas capital) y en Ticketek.
+ info: http://laptra.com.ar/

Line up y horarios:

ESCENARIO LAPTRA:

16:00hs: LOS ZAPPING
17:00hs: KOYI KABUTTO
18:00hs: MAPA DE BITS
19:00hs: LOS JAPON
20:00hs: JAVI PUNGA
21:00hs: ATRAS HAY TRUENOS
22:00hs: HOJAS SECAS
22:45hs: GO-NEKO!
23:30hs: 107 FAUNOS



ESCENARIO EL TIGRE:

16:30hs: ANTOLIN
17:30hs: MI PEQUEÑA MUERTE
18:30hs: RENO Y LOS CASTORES COSMICOS
19:30hs: LAS LIGAS MENORES
20:30hs: BESTIA BEBE
21:30hs: EL MATO A UN POLICIA MOTORIZADO




sábado, septiembre 7

El otro día en Los Angeles: Godspeed You! Black Emperor, los rufianes melancólicos

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Como llegué por segunda vez a Los Angeles es una historia que sería mejor contarla en otro ámbito. Lo importante es que ahí estaba, caminando por Hollywood en invierno después de cinco años. Reconocía las esquinas y veía que ya no había ni Tower ni Virgin pero que Amoeba  estaba mejor que nunca. Un mes y medio antes de este viaje me había enterado que en una de las noches de mi estadía angelina iba a tocar Godspeed You! Black Emperor. Nunca fuí fan, nunca supe la discografía de memoria, pero son parte de un recuerdo que involucra a un laburo que estaba muy bien (que como todos los laburos que están muy bien termina mal) y que tenía parlantes de los caros en mi base de operaciones. El entusiasmo duró lo que dura ir de un link al otro. Sold Out. Ok, chau, un tuit frustado lanzado al aire y a olvidarse.

El día del show fue largo. Llegué al hotel de Sunset Boulevard a las 8 de la noche y sin planes más que desvanecerme frente a la tele con un zapping HD, claro que además estaba ese plan descabellado: ir a ver que onda al lugar donde tocaban los canadienses locos estos.

Pensé en esa noche que estaba en París y tocaba Pavement con The National y media hora antes del show me llegaba un mail que me decía que estaba acreditado, que vayamos, que amamos los sitios como Encerrados Afuera. Genial, pero me confirmás media hora antes y es en la concha del pato: caminata larga, subte, combinación, subte largo, caminata por un barrio que no sabía que onda. Ganó la fiaca, total a Pavement los iba a ver tres semanas después en Barcelona, a The National no, pero eran jóvenes, recién sacaban el disco que tiene "England", les esperaban años de ruta por delante y ya los vería en algún lado. Al día siguiente me arrepentí y todavía me dura. Pensar eso y salir disparado fue una sola cosa. Después de todo no era tan complicado esta vez: había que tomar el bondi en la esquina y después caminar cinco cuadras por Hollywood. Camino conocido, segundo día en Los Angeles y ya parecía una rutina: juntar u$s 1,25 en monedas para el boleto, bajar en Amoeba, caminar hasta Hollywood y Vine tratando de recordar de que hablaba la canción de Tom Waits. Doblar y buscar el boliche.

Agarro Hollywood Boulevard que de noche es como agarrar la peatonal en Mar del Plata y mientras pienso que no debería haber traído la cámara se me acerca un gordo con pinta de taxista de Aeroparque. "Tickets for the show?", "Yes, how much?", "70 dollars", "... (¿tás en pedo campeón? )”. Después de un largo segundo de tensión me dice "ok, 50 dollars", "no, zenkiu, chu mach for mi" balbuceo, y mientras me alejaba me grita "i can give you for 40!".

Llego al boliche, el frente es como el del Teatro de Colegiales, con una marquesina como para sacar fotos icónicas, uno parado ahí con cara de “nada, dale que tengo que ir a firmar ediciones limitadas de mi box set” y tu nombre detrás. Había dos colas cortas que avanzaban rápido. Me mando para la entrada haciéndome el gil, esperando no sé qué para confirmar el sold out y es así nomás. Le pregunto a un par de hipsters genéricos si no tenían un ticket extra para vender. Me miran asustados durante dos segundos sin sacarse los pelitos de la cara, pero después se miran entre ellos y ponen cara de que no se van a rebajar a hablar con un morocho de acento hispano, mueven la cabeza y me dan la espalda. Ok, quedamos así. Aparece un negro grandote. “Acá me afanan, me cagan a piñas, soy noticia: muere argentino en confuso episodio en Hollywood” imagino. Pero no. El chabón me ofrece una entrada por 50. “No tengo”. “¿Cuántos tenés?”. “30”. “Ok, dale”.

Desconfié de todas las maneras posibles, pero el ticket era legal y solo salía 8 mangos más que lo que costaba originalmente. Me mando a la cola para entrar, una gorda negra de seguridad me pide documentos para chequear que soy mayor, como si no bastaran las canas de mi barba. “Wow, sos de Argentina, ¿de Buenos Aires?” ,“No, de Ushuaia”. Hace más de diez años que vivo en Buenos Aires, pero sigo diciendo que soy de Ushuaia, sobre todo en el exterior, no solo tiene mejor prensa, es como decir que sos de Alaska. A veces exagero y cuento historias de pinguinos salvajes, lobos y osos polares. “Eso queda muy lejos” grita la negra riéndose, se acerca otro de seguridad que escuchó todo, me dice “yo tengo amigos en Rosario ¿eso es cerca?”.

El lugar se llama Music Box at the Fonda y es una mezcla de teatro viejo poco mantenido con un bar indie con terraza al aire libre para exhibir tu hipsteridad. Di una vuelta de reconocimiento por las instalaciones y terminé con una Heineken en la mano justo cuando arrancaba el show. Ahí fue cuando meti la cabeza en la guillotina.

Vos te creés muy renegado y antisocial, pero entonces te encontrás con ocho tipos ¿o eran nueve? sentados en el escenario durante más de dos horas y media, haciendo equilibrio sobre la piedra redonda que persigue a Indiana Jones, postrockeando sin decir una palabra. Tres guitarras, dos bajos, violín, no quiero imaginar la cantidad de pedales, estos tipos ni siquiera deben haber pestañeado durante las dos horas y solo se movían para cambiar de instrumentos. Ningún "hello", menos un "yeah", esta gente es muy seria y está en una misión suicida. El público también, muchos ni miran al escenario, la mayoría shoegazea, mueven la cabeza afirmando constantemente no se sabe qué.

Casi todos los temas empiezan en calma, con un violincito y una guitarra triste o con pianos desoladores y melancolía fantasmal. De a poco aparecen otros instrumentos y todo el teatro va levantando vuelo, de repente no te diste cuenta y corrés esquivando balas en un país de medio oriente; pasan 12, 15 ó 20 minutos, termina el tema y todo es silencio, un segundo eterno de silencio liberador antes del estallido de los aplausos y los gritos. ¿Qué fue esto? esto es lo que a veces le pido a la música, llevame lejos,y si es con un blanco y negro granulado del bello encandilando desde la pantalla, mejor.

Por suerte la mayoría de las canciones eran de "Lift Yr. Skinny Fists Like Antennas to Heaven!",
el disco que más conocía. El nombre del disco no me lo acordé en el show, me lo dijo un indie en la parada del bondi. Un pequeño nerd lleno de granos que venía de un suburbio de LA y que ya había visto en el mismo teatro a Mogwai y Sigur Ros. Esperamos una hora con un frío de casi cero grados y en ese momento me contó sobre los discos que había comprado en Amoeba antes del show y sobre los mejores recitales que vio en su vida, me dijo que el que habíamos visto podría llegar a entrar en su top 10, pero lo tenía que analizar en perspectiva. A veces pienso lo mismo.



Jota Pérez



jueves, septiembre 5

Beach House en Buenos Aires: Una antireseña

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¿Tiene sentido hacer la crítica de un recital? Una razón para no hacerla es que pierde su función promotora o boicoteadora. Cuando se escribe una crítica, una de las intenciones es hacer que esa obra se vea/escuche o, contrariamente, que no se pierda el tiempo en verla/escucharla. En un recital esa función se pierde porque el recital ya pasó y como heráclitos rockeros que somos no podemos estar en el mismo show dos veces. Pero además, ¿qué se puede analizar en un recital? La crítica de arte es siempre un poco sospechosa desde que intenta objetivar una subjetividad. Pero dentro de ella hay diferentes instancias. La crítica de una obra nueva puede ser analizada de mil maneras, tomando continuidades y rupturas biográficas o de género, evaluando la eficacia de tal o cual mezcla, valorando tal o cual gesto, esbozando hipótesis de por qué falla o acierta, etcétera. Y si bien siempre queda una parte afuera, una parte intraducible e intransmitible propia de la experiencia íntima, hay materia para hacer análisis, para una acción prescriptiva, para la creatividad (una buena crítica no es la que más rigurosamente da cuenta de una obra sino la que mejor crea a partir de ella). Ahora, ¿hasta qué punto puede hacerse la crítica de un recital de rock sin caer en el mero relato de la experiencia? Si en una obra hay una parte que no se puede traducir, en la representación en vivo esa parte es prácticamente... todo. ¿Qué queda fuera de ella? La clásica lista de si sonó bien, si hubo buena acústica, si le pusieron garra, si tocaron mucho o poco, si cantan bien. ¿Pero qué importa todo eso? Se parece más a la cobertura del trabajo de un marcador de punta que a una crítica de arte. El recital ya pasó y salvo situaciones muy groseras, los recitales se disfrutan un poco más o un poco menos según la relación que se tenga con esa música, con esos intérpretes. Son espectáculos que tienen más de ceremonia que de apreciación adorniana del Arte, o al menos así los vivo yo (sic sic). La cuestión es que en algún momento de la noche, Beach House tocó Silver Soul, que es mi canción favorita por muchas razones, una canción poderosa, existencial, una de esas canciones que se vuelven un hogar. Y como todo sonó bien, le pusieron garra, tocaron lo que tenían que tocar y la voz de Victoria Legrand estuvo impecable, terminé esa canción muy emocionado.

domingo, junio 30

Lo mejor de Glastonbury 2013

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Nos hubiera encantado estar ahí. Tres días durmiendo en una carpa rodeados de gente con espíritu festivalero agitando sin parar, tratando de movernos con nuestras botas para lluvia en una marea de zombies de un escenario a otro. Pero eso sí, viendo a una gran selección de las bandas más grossas del momento, y por "momento" entiendase que hablamos de las últimas tres o cuatro décadas. No pudimos ir, pero lo vimos por TV, o por internet, que ya es lo mismo. De las 700.000 horas de video que transmitió la BBC, esta es nuestra selección de los momentos que más disfrutamos.

miércoles, junio 12

It's been a long time / a real long time

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Slowdive es Ushuaia, música que escuchaban algunos amigos, que me llegaba de rebote y heredé cuando se fueron yendo de la isla. Mojave 3 es el final de los 90, cds copiados y una cabaña rodeada de nieve. Y después es Buenos Aires, un discman mp3, trasnoches volviendo a casa en bondi. Siempre canciones que eran nuevas pero ya venían con recuerdos precargados. Halstead es el tipo que estaba detrás de todo eso. Una voz que aparecía cuando no estaban las chicas. Música para escuchar solo, medio alejandose. Una presencia inimaginable, nunca pensé como se vería el tipo, nunca busqué fotos de esas bandas ni recuerdo haber visto videos. Por eso al tenerlo a dos metros no me impactó tanto al principio. El tipo se sentó, se dio cuenta que hacía calor, se sacó el saco, afinó la guitarra. Y cuando empezó a cantar llegó el golpe. Esa voz cansada, amistosa, ese sonido dulce de la guitarra, la química de los pedales y las canciones como abrazos al alma. Y en el show recordé que estamos hechos de distorsión, ironías, chistes malos, cámaras que se mueven y también de canciones tristes.
Jota Pérez

martes, junio 11

In a Neil Halstead State of Mind

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Estábamos muy cerca suyo. Quizás por eso entrar en trance no nos costó mucho. No nos costó nada. Escuchar cómo su guitarra empezaba a tejer mundos, texturas, climas meteorológicos, miles de imágenes que tomaban forma fantasmagórica encima de su cabeza. Escuchar su partida quebrada rota autoexpiación. Escuchar sus confesiones, no en palabras, sino en notas musicales.
Neil Halstead estaba acá y nos decía, con la misma perplejidad que sentíamos nosotros, que nunca se hubiera imaginado que iba a terminar tocando en Argentina. Visitando Argentina. Hipnotizando a Argentina. Lo último no lo dijo, lo hizo.
Estaba acá y su presencia servía de salvoconducto para que volvamos a Slowdive y a Mojave 3, sus extensiones límbicas, sus hijos, sus otrosyos, sus aliases. Nuestras extensiones límbicas.
Neil Halstead se sentó -muy cansado, después nos enteraríamos- con su guitarra, su gorra de béisbol y su barba. Se sentó con absoluta humildad a abrir esos mundos. Se sentó con la paz absoluta y la seguridad del que sabe cuál es su misión. Preguntó con parsimonia cómo había salido un partido de fútbol y confesó lo leve, alegremente intimidado que se sentía. Después, con una cerveza de por medio y todo el cansancio, nos contaría que estaba acostumbrado a tocar en lugares bulliciosos, con gente hablando a todo volumen. Lo nuestro había sido raro: decenas de ojos mirándolo, silencio espectante y expectante. Eso fue antes de que una de nosotros -bella, misteriosa- le contara que había elegido su casa por culpa de él: de todas las opciones, sólo optaría por la que mejor funcione con su música como banda sonora. Y eso fue lo que hizo.  
Fue Neil el que abrió el juego, pidiéndonos que sugiriésemos temas. Return to Sender, gritamos, sin dejarlo terminar. Y así abrió un zigzagueante recorrido por toda su carrera, con alguna parada en estaciones ajenas, como DamienJurado-landia.
Fue Neil el que hizo que nos sintiésemos en comunión, como una unidad compacta, como una tercera persona del plural. Y no, no éramos nosotros contra él. Éramos nosotros con él.
La noche terminó en otro lado, en un bullicioso bar mexicano, con algunas cervezas de por medio. Neil estaba cansado pero quería hablar al menos un poco, preguntarnos por los que le hablamos al final del show, escuchar nuestras impresiones sobre lo vivido. No nos quedó otra que sacarnos una vez más el sombrero. No nos quedó otra que decirle todo lo aquí escrito. No nos quedó otra que agradecerle, profundamente, por una noche distinta. Tan distinta que sólo los que la vivimos -los de la tercera persona en plural- sabremos de qué se trata. Como verdaderas extensiones límbicas...

Neil

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Ahí estaban los tres CEOs de Encerrados Afuera en una noche esperada por años viendo a unos de los músicos más importantes de nuestras vidas. Como decíamos en un asado anterior sin siquiera sospechar que Neil nos vendría a visitar; Halstead es el músico que año tras año y renovación tras renovación del Mp3 o el formato que sea siempre está. Hace unos 15 años o más. Nuestro pulso. Slowdive; Mojave; Neil. Un concierto que recordaremos por años. Eramos menos de cien personas. Llevarla a Silvana era un poco hacer trampa; aprovecharme de la magia de otro. Hay muchas probabilidades de que me quieras un poco más después del concierto le advertí peró. And she did. Cómo no. Excusas para viajeros; durmiendo por los caminos; durmiendo con los ojos abiertos. Algunos nombres. Llegamos temprano y Neil, guitarra en la espalda, salía a buscarse un bar a dónde ver el partido; cómo es que no ganaron nos preguntó mientras afinaba. Una guitarra, unos pedales y una armónica que se le enredaba en la barba. Y allí, en ese eco, estaba Slowdive y los sonidos que nos hacen volar sin drogas. Aunque se habrá dado sus buenas biabas. Entonces el Mantra de Martha es mucho menos romántico y más duro: Lo único que le pregunté es si tenía un remedio para mi dolor/ oh, el dolor/ el cielo es el único lugar abierto cuando todos los bares de la ciudad están cerrados/ el cielo es el lugar que nunca encuentro. Eramos unos pocos afortunados. ¿Para qué más?? ¿No es acaso perfecto? Si; el lugar es chico y acogedor (salvo los precios de la carta que dan risa); somos un grupo de amigos; una reunión de egresados. ¿Puede ser mejor? Una tras otra las canciones que queríamos escuchar y pedíamos. Todavía no salgo del efecto residual de esa puerta abierta por un tipo que hace canciones y tiene una voz que viene de otro lado. Y que un tipo que no puede no gustarte y tan importante por lo que significó y significa para tantos otros músicos (la indietrónica nació de un homenaje a Slowdive escribió un crítico americano) pase tan desapercibido para la mayoría me deja sin palabras; me gusta y me asusta. ¿Cuál es el verdadero mundo? Si Neil Halstead llega casi a mi puerta, si nos podemos tomar un trago a la salida del concierto, si veinte años de una carrera que se reinventa cada vez y algunos podemos ser testigos; algo bueno, muy bueno; está sucediendo.
Dj malhumor.

jueves, mayo 16

Il Divo: Rufus Wainwright en Buenos Aires

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Dios le da pan a la que no tiene dientes y apareció un amigo con entradas para ver a Rufus Wainwright. Rufus (aka Rufus Wainwright) es un artista que te gusta o no te gusta. Y a mi no me gustaba. Aunque le puse onda. Por eso ir a verlo era una misión extraña. Confirmar ciertos prejuicios de chica con sus mañas. En lo general me gustó más de lo que esperaba (no tuve que tomarme una paso de los toros para cortar tanta dulzura) y en lo particular me gustó menos. Ninguna canción me partió el corazón aunque eso sí; de tanto que volaba mi cabecita cuando le daba al piano y al fraseo virtuoso tuve tiempo para repasar todos mis últimos desastres sentimentales. Rufus también es menos estrella y rimbombante de lo esperado lo que fue una pequeña decepción. Un muchacho simpático que me hacía acordar a mi amigo Chris lo que ayudó mucho. Charló bastante, mostró su bufanda con los colores patrios y hasta compuso un tango. De estar Susana en el aire lo llevaba al living, se lo comía a besos y metía más rating que Tinelli. Cuando esperaba en la puerta muerta de frío pensaba en cuántas caras satisfechas a mi alrededor, como diría Bolaño. Y zas, estoy hecha una bruja porque Rufus pregunta antes de irse sino estamos todos satisfechos. El lo estaba. Porque lo hizo; se hizo famoso. Tan famoso que llegó hasta la Argentina. Me hizo acordar de un chico que vino a casa y estaba tan excitado de haber cruzado la avenida Santa Fe hacia el Sur. Contó también que Nueva York era demasiado pequeña para albergar a él y a Jeff Buckley al mismo tiempo pero que después de triunfar lo conoció en persona y es una estupidez total odiar a otros artistas porque uno nunca sabe cuándo se van a tirar a un río. En ese momento pensé que tendría que cruzarme la calle a ver a boca. Chiste. Después contó que sus tres personas más queridas eran su esposo, su hija (o hijo, ya lo olvidé estaba pensando en las compras de mañana) y su madre, ¨que ya falleció¨. En ese momento el teatro entero suspiro y pensó; pobre Rufus; las estrellas también sufren. Le dedicó una canción ¨My mother is in the hospital/ my sister in the Opera¨….A la salida todo el mundo parecía jurado de American Idol; ¨tiene una voz impresionante¨. Y si. Ya descubrieron que en verdad quería estar con otro chico. No es de Rufus la culpa. De él entiendo todo. Por qué tiene éxito; por qué su fans lo aman. Lo que no entiendo es porque le gusta a mis amigas que son unas reventadas.
Miss Mundo.

lunes, abril 29

La noche que el K-Pop invadió Buenos Aires

37 comentarios:

Argentina es un lugar extraño e impredecible. En el mismo día (el ya histórico 23/04/13) tocaron en el país Television, una banda cuya cantidad de discos editados es inversamente proporcional a su importancia en la historia de la música; Daniel Johnston, un personaje imposible de definir en pocas líneas (y de quien seguramente algunos de los compañeros de este blog se ocupará en extensión); y... Super Junior, sensación mundial y una de las bandas más relevantes de ese fenómeno surgido de las tierras de Corea del Sur llamado K-pop. Adivinen donde, contra todos los pronósticos, estuvo este intrépido cronista. 
Pero comencemos desde el principio.

Un par de meses atrás me entero que la banda de ídolos adolescentes coreanos Super Junior (son diez en total, ¡diez!) iba a realizar un concierto en el Luna Park. En uno de esos momentos de entusiasmos inexplicables, le pregunté a una amiga coreana si era posible asistir al recital ya que me causaba mucha curiosidad ver en vivo a una de estas bandas y así, una excusa medio ridícula, poder escribir sobre el evento. Después como siempre, pasaron los días y la verdad que ya me había olvidado. Incluso llegué a pensar que dicho evento había ocurrido durante las fechas del BAFICI. Grande fue mi sorpresa cuando el mismo día del recital me llaman por teléfono para pedirme el número de mi DNI y avisarme que una entrada me esperaba en la puerta del mítico Luna Park. Lugar en donde supo pelear Monzón, romper todo Billy Bond y tantos otros hitos fundantes de la historia de la cultura popular argentina. Una nueva página estaba a punto de ser escrita. En horas, iban a realizar su debut argentino los jovenzuelos de Super Junior, y el K-pop, finalmente, a desembarcar en Argentina. Aunque en verdad el K-pop como fenómeno existe, de manera secreta, desde ya hace mucho tiempo en el país. 


Los datos que les puedo ofrecer sobre el K-pop están todos en Wikipedia. Basta darse una vuelta por dicha página para ver las cifras millonarias e increíbles que mueve este género musical devenido en industria (o viceversa). El k-pop nace con la llegada de los programas televisivos al estilo de American Idol, etc. La diferencia es que, cuando en el resto del mundo las bandas o solistas salidos de esos programas perduraban solamente un par de discos para pasar a la historia (en el mejor de los casos), en Corea la cosa fue diferente. Estas bandas y solistas no sólo superaron la efímera fama televisiva, sino que se multiplicaron y dejaron de necesitar de dichos concursos para lograr la fama. Hoy en día el K-pop factura millones de dólares, tiene varios canales propios en donde se proyectan clips y programas, y tiendas enormes en donde se vende todo tipo de merchandising relacionado con este fenómeno. Además, y he aquí lo más extraño e interesante, millones de fans repartidos en todo el mundo. 
Retrocedamos un poco más todavía. 


Hace poco menos de un año y por iniciativa de integrantes de la comunidad coreana en Argentina, se organizo la proyección del documental I AM, dirigido por Choi Jin-seong en el cine Premier. Dicho documental trata sobre el K-pop y aparecen varias bandas, entre ellas, Super Junior. Ese día el Premier estuvo lleno, pero no de coreanos, que los había –claro-, sino de pre-adolescentes argentinos que cantaban y repetían las coreografías como si se tratara de artistas locales a los que podrían ir a ver todos los fines de semana. Obviamente, ningún medio dio cuenta de esto. Pero no es este un fenómeno local, sino todo lo contrario. Super Junior después de tocar en Buenos Aires continúa su gira latinoamericana por Brasil y más tarde por Perú, en donde -me dicen-, el fanatismo por todo lo relacionado con la cultura coreana llega a extremos insospechados e inexplicables.
Desconozco por donde comenzar a buscar la respuesta de este misterio. En este momento nos haría falta un sociólogo o algo así. O al menos, un experto en cultura (pop) coreana. La explicación no está seguramente en la música de estas bandas. Al fin y al cabo, productos armados a partir de una formula probada que también se repite en todo el mundo. Todos los adolescentes (y pre-adolescentes) son en algún momento admiradores de bandas que con el tiempo sólo recordaran con nostalgia por la inocencia perdida. Todos estuvimos en ese lugar. Pero ¿por qué bandas coreanas? ¿Qué encuentran de atrayente estas niñas argentinas en todas estas bandas como para, en no pocos casos, tratar de aprender un idioma tan complejo con el simple fin de cantar las banales letras de una canción pop? 


En un reciente viaje a Montevideo me encuentro con una joven uruguaya que trabaja como moza en un bar coreano y es fanática del K-pop. Para mi sorpresa absoluta, con los dueños del local habla en coreano. Al notar mi acento me pregunta si soy argentino y me cuenta que en pocos días va a visitar Argentina. El motivo: la llegada de Super Junior, una de las más grandes bandas de K-pop del mundo y que, en su gira por estas tierras, hace una excepción y en vez de tocar en estadios, lo hará en lugares “chicos” como el Luna Park. (El día del recital no encuentro a la moza uruguaya, pero en un momento, uno de los integrantes de la banda muestra orgulloso una bandera de la banda oriental. Espero que hayas cumplido tu sueño, buena moza charrúa).
Mi ingenuidad occidental me lleva a pensar que asistir a un recital de esta banda, la primera en tocar en vivo en la Argentina, quizás eche un poco de luz sobre el misterio.
A pocos metros de cruzar la Avenida Alem, los manteros ya tenían ocupada la vereda de la calle Corrientes con todo el tipo de merchandising posible sobre Super Junior. Este es otro fenómeno social argentino, pero mucho más fácil de explicar. Remeras, gorritos, vinchas fluorescentes, tazas, en fin, todo objeto imaginable al que se le pueda imprimir una imagen, logo o palabra referida a la banda de turno estaba ahí, en esa mantas, a la venta. No compré nada, y como siempre, me arrepiento por eso.
Una vez superadas las vallas y los amables encargados de la seguridad del Luna Park (y lo digo sin ironía y con sorpresa) logramos entrar al recinto sagrado, tantas veces testigo de glorias deportivas. 

Con puntualidad oriental, el recital comenzó a las 20, hora estipulada. Los gritos del público, ensordecedores desde el principio, llegaron a límites inimaginables cuando las luces se apagaron y varias pantallas de videos dieron comienzo con el show. 
Cada parte del recital se iniciaba con unos cortometrajes en donde los integrantes de la banda eran mostrados como estilizados James Bond coreanos. Se sabe que nadie mejor que un oriental para vestir un traje. La realización de los cortos comprobaba que cualquier director coreano, incluso el más ignoto, es capaz de filmar mejor que el 80% de los directores del resto del mundo. Y sobre todo si se trata de escenas de acción. De estos pequeños films, vale rescatar a tres de ellos. En el primero la banda se sumaba a un tiroteo en un parque, en el cual todos se disparaban usando sus dedos como si se tratara de armas, y que tranquilamente podría haber sido uno de los short digital films que Andy Samberg y sus secuaces de Lonely Island supieron realizar para Saturday night live. El segundo era una reversión en clave gangsteril e hiper-dramática de La Jetée del finado Chris Marker, en donde el protagonista daba su vida para salvar a su amada de una muerte violenta. Y el tercero, y más pop y lisérgico, mostraba a Los vengadores (en versión del últimamente muy invocado Joss Whedon) interpretados por la banda. La parte más difícil de entender de este segmento, es que en esta formación de Los vengadores aparecían Goku de Dragon Ball y Woody de Toy story y terminaban venciendo al enemigo, un enorme oso de peluche, comportándose de manera afeminada y realizando extraños movimientos. Lo que provocaba una furia en el oso que lo dejaba fuera de competencia. Cosas más extrañas se han visto, pero no sé donde ni cuando. 


Los Super Junior son ocho, o diez. Me explican más tarde que hay dos que funcionan como complementos de los otros a la hora de ciertas coreografías, pero que no son considerados parte de la banda. Pero que lo pueden ser en el futuro. Esperemos que lo logren. Todos ellos tienen su personaje: el canchero, el sensible, el estudioso y así (como en la vida misma). Y a todos les gusta hablar. Y mucho. Cada introducción (y la despedida, pero a eso llegaremos más tarde) se llevaba buena parte del show. La presentación de cada miembro de la banda incluyó palabras en español, leídas en su mayoría, pero en algunos casos aprendidas de memoria o con conocimientos previos. Debo confesar, sorprendido, que el castellano de algunos de ellos era superior al de algunos latinoamericanistas como Manu Chao. Hasta llegó a escucharse el famoso trabalenguas (repetido por uno de los SJ cual mantra), en el cual un tal Pablito realiza una tarea que incluye pequeños clavos y martillos.
También, claro, estaba la música. Pero acá no hay nada raro. Se trata del típico repertorio de boy bands que van del pop a la balada, pasando por algún que otro momento un poco más moderno y movido. Siempre con coreografías y cambios de vestuarios que no dejaban dudas de la profesionalidad de la banda y su equipo de producción. Por no hablar del impecable estado físico que los hace dar un show de tres horas (si, tres horas) y llegar al final con mínimas muestras de cansancio. Mientras que este cronista necesitó doce horas de sueño para poder recuperarse. 


Hay que destacar la elección de la balada de Michael Bolton, How Am Supposed To Live Without You, como uno de los covers interpretados. Momento en el que este cronista reconoce haber cantado a viva voz hasta llegar, casi, a las lágrimas. La mezcla de sensibilidad ochentera atravesada por el sentimentalismo coreano fue demasiado para él. El otro cover fue una versión reggae del hit de Michael Teló, Ai Se Eu Te Pego. Supongo que no habrán tenido tiempo de aprenderse una de, digamos, Miranda. Pero me imagino el desmadre que puede llegar a ocurrir cuando hagan esta canción en Río de Janeiro, capital de la Argentina.
El otro gran momento (quizás el más alto) del recital llegó con una canción que arrancó en formato disco (bola de espejos enorme descolgándose del techo) para después trasformarse en un tremendo y machacante big beat que haría palidecer al mismísimo David Guetta (o alguno de esos), y que la banda cortaba en seco para volver a arrancar creando por momentos (yo estuve ahí) el pogo más grande y adolescente del mundo. Tremendo momento en el cual el show podría haber terminado pero no, todavía faltaba más de la mitad. Y el cuerpo de este anciano cronista, ya no está para esos, ni para otros, trotes. El resto del concierto siguió sin mayores sobresaltos. 


Me explica Luna, la chica del sur, que a los artistas coreanos a diferencia de los argentinos, no les gusta terminar el show muy arriba, sino en el momento que logran que el público, de tan emocionado, llegue al llanto. Y quizás por eso la despedida de Super Junior, ya todos uniformados con la camiseta de la selección de fútbol argentina, se hizo interminable, con los miembros de la banda jurando y perjurando que se vendrían a vivir a la Argentina (basta recordar la estadía bonaerense de un tal Dee Dee Ramone para no sorprendernos tanto con esta posibilidad), que el público argentino era el mejor y que volverían pronto. Por qué, me pregunto, no creerles. O acaso el pop no es eso, un artificio que nos hace -aunque sea por un rato- ser un poquito más felices. Y eso, felicidad, era lo que se veía en el rostro de las fans. Podemos ser todo lo cínico que queramos, pero ante esto no hay muchos argumentos. 


Casi terminando el recital se me acerca una señorita, obviamente de prensa, y me pregunta si estoy cubriendo el recital para algún medio. Tan desubicada era mi presencia en ese lugar. Sí, fue mi respuesta a la joven periodista. ¿Para qué medio?, insistió ella. Para una página web, trate de sacármela de encima yo. ¿Cuál? Siguió ella. Para Encerrados afuera. Aclaré yo como para poner fin al diálogo. ¿Es una página dedicada al fenómeno del K-pop? Insistió nuevamente ella. Sí, claro. Fue mi respuesta final. Mientras me alejaba la vi escribir en su libretita el nombre de Encerrados afuera y al lado, la palabra Kpop.
Nos fuimos con Luna, quien ofició de fotógrafa, y mientras caminábamos por Bouchard hacia Corrientes, veíamos y escuchábamos a través de las puertas de entrada, a los Super Junior todavía despidiéndose de sus fans argentinos. Quienes suponemos, a esta altura ya lagrimeaban. Me pregunto hasta que hora se habrán quedado así, unos despidiéndose, los otros llorando. Afuera, decenas de padres esperaban a sus hijos y los manteros remataban los últimos restos de merchandising. 


La visita de Super Junior, la primera banda de K-pop en poner un pie en tierra porteña, había llegado a su fin. El misterio de la atracción del K-pop en los jóvenes latinoamericanos seguía sin respuesta, pero nos íbamos -al menos- con algunas pistas. 


A pesar del cansancio, Luna me dice en un extraño e inesperado giro étnico, que vayamos a comer comida china. Le digo que no, que por hoy fue suficiente y la convenzo de ir a Las cuartetas argumentando la cercanía de la pizzería porteña.
Mientras cruzamos Alem me pregunto si no habré llevado demasiado lejos mi amor por la cultura coreana.
La respuesta, como siempre, está soplando en ese vientito fresco que sube por la avenida Corrientes.

Marcelo Alderete

Fotos: Sung Moon (Luna)

lunes, marzo 25

My Bloody Valentine en vivo en Glasgow

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My Bloody Valentine: MBV Tour. Barrowland, GlasgowEscocia. Sábado 9 Marzo de 2013.

"Mi problema con el shoegaze es que cuando toca la banda se apagan las luces y no veo un puto zapato".

La gira presentación de MBV debía empezar hoy, sábado 9 de marzo, y acá estamos por verlos en Glasgow, pero nada de estreno para nosotros. A último momento agregaron una fecha anterior en Birmingham, InglaterraMuchas bandas inician sus giras por UK o europeas acá y suele ser más o menos así: Primera fecha, nervios, falta de contacto con el público, falta de escenario, poco entusiasmo, material nuevo poco ensayado. Juega todo, bien o mal, siempre es un test que resulta wow o puaj. El secreto de un buen show no tiene que ver sólo con los músicosPara que todo salga bien es importante el feedback del público con la banda. O sea, es simple: ellos cobran por tocar y nosotros compramos la entrada para verlos, pero la responsabilidad del resultado, que sea una buena noche, en mi humilde opinión, es compartida.
Hace dos días fui a ver a Living Colour abrir su gira por el 25 aniversario de Vivid. El show fue en un boliche chiquito, y no había ambición mayor que compartir la fiesta en sí. Arrancaron y parecía un ensayo. Digamosle nervios. Pero el ánimo de celebrar que había, tanto arriba como abajo del escenario, armó la complicidad. Los músicos se aflojaron, los espectadores bajamos las expectativas y entre todos la pasamos pipa. Vale decir que el concierto no entró a la historia de la música, nadie va a hablar de esa noche como fundamental, pero alguno que otro se habrá llevado un hito personal: ese jueves a la noche en un boliche sin pretenciones en el que tuve feedback con una banda de humanos y viceversa. Para algunos será cosa de fans, para mí es una responsabilidad del espectador para con toda forma de arte.

Barrowland es uno de esos salones de baile en donde te imaginás gente bailando swing en los 40's, twist en los 50's, rock&roll en los 60's y northern soul en los 70's. Desde entonces, sigue adelante por el empuje por sobrevivir a puro concierto. Actualmente, los pisos de parqué antes impolutos son testigos más de vasos plásticos vacíos que de bailarines tirando pasos innovadores. Pero es un lugar repleto de magia.
Entonces, decía, es sábado a la noche y estamos en la puerta de Barrowland con mi amigo Brydon, que ya vio a los MBV en vivo antes y hoy se trajo unos earplugs (tapones para los oídos). Yo canchereé y dije no será para tanto. El patovica corta las entradas y con la misma mala onda con que grita "por acá, no se amontonen" nos dice uno por uno "al final de la escalera mis colegas reparten tapones para los oídos y recomendamos seriamente que los usen". Entiendo que Brydon no exageró. Me siento un espectador que va al cine el día del estreno de Psycho y en la puerta uno de la Cruz Roja le dice: "No te preocupes, estamos acá para cuándo te desmayes".
Mirando zapatos en el Barrowland
Entramos y el soporte ya está tocando. Se llaman Le Volume Courbe. No entiendo esta elecciónA ver: me queda claro que no eligieron a alguien grossoSe nota que hay una amistad entre ambas bandas. Noto que tienen momentos quasi-shoegaze pero también otros hipposos que realmente me desconciertan. Seguramente suenan mucho mejor en estudio, pero en ningún momento del show pienso en la posibilidad de comprarles el cd a la salida. Lo que sí hago mientras los oigo, es preguntarme qué carajo hace el guitarrista con un poncho tipo spaguetti western. Los veo terminar el set y sé que ni por Grooveshark les volvería a dar mis oídosEn este caso, no soporté la lotería del grupo soporte.

Con luces todavía prendidas 
como si fuera un martes a la tarde en un club de jubilados, My Bloody Valentine sube al
histórico escenarioHay titubeos, se miran entre ellos tipo "empezá vos" y no hacen nada. Parecen una banda nueva. Finalmente, cuando arrancan, cambia el aire y la incertidumbre se combierte en otra cosa, en todo lo opuesto a vacilarEmpiezan con "I only said", la canción más linda de Loveless, en un volumen que no conozco, con un sonido que no busca explicar nada. Ruido puro. Bailo como puedo en el montón.  Me descubro sonriendo.
Un Rothko sonoro
Siguen un par de temas en los que parecen haber vuelto los nervios, arrancan y paran un par de veces, suenan perdidos. Pero otra vez vuelven a encontrar el cauce, se aflojan se les nota: sube todo a otro nivel, es la música más hermosa del planeta y no hay banda que les emparde. Después de tres canciones así me pongo los earplugs y la experiencia no se altera; el volumen se hace un susurro gigante, tangible y presente como un bosque. Ni me importa que casi no toquen nada del disco nuevo. Hacen más de la mitad de Loveless y nadie se queja. La presentación de MBV termina siendo un grandes éxitos y celebramos entre todos. Entonces llega "You Made Me Realise", la canción con la que suelen cerrar, con su mentada sección apocalipsis. Me saco los earplugs porque estoy preparado para que me suceda una de las maravillas del mundo, el tsunami de ruido que hizo de los recitales de esta banda material de leyenda aún antes de que grabaran Loveless, para muchos el mejor disco de los 90's. Era como estar parado frente a un cuadro de Rothko: mucho de una sola cosa en una intensidad y cantidad impensada para sentir lo que uno quieraA los cinco minutos de ruido tuve que volver a ponerme los earplugs. Con los oídos protegidos igual entiendo el estimulo, lo percibo. Es un acto de hipnotismo topadora, no hay forma de escapar la presencia del ruidoLos minutos y la falta de movimientos de la banda en el escenario no hacen más que reforzar la sensación de que el tiempo está detenido. Entre el ruido pienso que el tiempo ya lleva detenido un tiempo y mientras lo pienso la sensación es que este momento-ruido puede no terminarse mas. Pero se termina, de alguna manera pasan del caos al resto de la canción y parece que nos hubiéramos caído todos de una situación gravedad cero, como en Inception, estábamos en el sueño de otro. Soñamos un concierto soñado.
El ticket, el setlist y los tapones para los oídos
oficiales de MBV
El bis es "Wonder 2", quizás el mejor tema del último disco, pero lo estropean mal. Sale sin onda, el baterista se manda al frente a hacer ruido con una guitarra y se desinfla todo. Igual sabemos que es nuevo, que es  yapa, que con algo tenían que cerrar y que nadie puede romperte la cabeza tan rota y definitivamente usando tan pocas ganas como estos pibes a los que todo les sigue chupando un huevo.

TXT y foto
s: Beto Jet-O
http://betojet-o.blogspot.com/



jueves, marzo 7

Sigur Ros en vivo en Glasgow

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Show del Valtari Tour en SECC Glasgow, 2 Marzo 2013.

Póster exclusivo de Sigur Ros en vivo. ¡Imprimilo ya!
No hay mejor regalo de cumpleaños que una entrada para Sigur Ros. Ni siquiera los seis meses  de espera que hubo entre mi cumpleaños y el concierto me van a hacer cambiar de opinión. Ni siquiera saber que esa misma noche en Glasgow y a la misma hora tocaban los Chvrches, la banda escocesa del momento. Fue difícil elegir pero los Chvrches son locales, todavía no tienen disco y habrá más chances próximamente de verlos en vivo. Los Sigur Ros, bué, ya son un clásico y salen poco de gira, pero igual lo pensé, y eso que hacía rato no le daba tanta bola a los islandeses. Desde Takk que solo les escucho los discos nuevos un par de veces para ver que onda y nada más, porque a partir de 2005 se me empezaron a antojar predecibles y hasta cansadores. No creo ser el único.

En 2010 vine a Glasgow a ver a Jonsi en su tour solista, pero porque me gusta Sigur Ros, no por él en sí mismo, y por ese entonces me encantaba Riceboy Sleeps, aquel proyecto ambient que tenía con su novio que le actualizó la chapa de cool al ambient old school tipo Brian Eno. Como era de esperar, en aquella ocasión no hubo hits y el show estuvo dividido en dos partes. La primera fué una colección de esas canciones depresivas que te sacan las ganas de vivir y sólo en la segunda mitad, post intervalo, hubo batería, ritmo, estructura verso-puente-etc y esos elementos que resultan escenciales para mantener la atención del público general. En criollo: la primera parte fué una mierda, la segunda sublime.

Así qué hoy volví a Glasgow para ir al show de una de las pocas bandas que realmente quiero ver tocar en vivo al menos una vez. El concierto es en el SECC, una especie de estadio Obras en esteroides, donde en 2010 había visto a Arcade Fire casi gratis sentado al fondo, tranqui. Hoy, me dice mi amigo Brydon que no habrá asientos, es todo campo. Así que los chicos de la música contemplativa quieren que los veamos de dorapa, como si fueran una banda de rock, otra banda de rock, cualquier banda de rock. Anotado.

Mi amigo Brydon sostiene la idea de que siempre hay que ir temprano a los recitales para chusmear al soporte, sea quien sea. Dice que el grupo invitado casi siempre está a la altura del plato principal. Hace unos años aprendí a hacerle caso después de habernos perdido un set de Zola Jesus que abría para Fever Ray y no la pudimos ver por caer tarde. Sabiendo hoy que terminó siendo una de las bandas del año siguiente elijo no lamentar más pérdidas y ser puntual. Así que a Sigur Ros fuimos casi al alba y vimos todo. Abrió Blanck Mass, alias Benjamin John Power uno de los Fuck Buttons que hace ambient y tiene un disco en bandcamp que bien podría ser la banda de sonido de Cosmos o de la vida misma de Carl Sagan (Escuchá Blank Mass aquí) y es muy recomendable. El tipo arrancó tranca, solari, con su laptop y un par de chiches; y aunque sólo le apagaron algunas luces, el sonido fue bueno, casi full, algo que siempre les juega en contra a los soportes pero en este caso no sucedió: la banda fue un entremés perfecto para lo que se iba a venir. Y otra vez voy a hacer un análisis por mitades. La primera fue interesantísima, una especie de repaso por el primer disco, sin pausas, sin marcar los cambios de un clima a otro, muy etéreo y soñador, un clásico a primera oída. El problema fue que después de 15 minutos de eso la falta de beat o algo que parezca un ritmo empieza a aburrir. Pero, grata sorpresa, justo antes de que empiecen a chiflarlo, el pibe armó en su sopa de loops White Math, su single del año pasado, y con su ambient amenazante empezó a mover a algunos concurrentes. Tan buena fue la cosa que mi amigo Brydon se hizo una carrerita hasta el puesto de merchandising para comprarse el 12" en vinilo. Conclusión: bien, Blanck Mass, un gustazo haberte conocido.

Entonces sí, finalmente, llegaron los Sigur Ros, ahora trío. El cuarto, que era el único con formación musical decidió volver a estudiar y ya lo veremos algún día al frente de alguna filarmónica o algo por el estilo. Dije trío, si, pero con diez músicos más en el escenario y con el viejo espíritu de cambiar instrumentos cada tanto, los trece al servicio de la canción y pasándola bien todo el concierto. Arrancaron desde atrás de una cortina y tuve que sacarles unas fotos para instagramear más tarde, pero entre la música, los vídeos y el momento mismo la verdad es que me recontra colgué y del resto del show sólo puedo decir que fué un recital que me secuestró el cerebro pensante. Me convertí en un animalito que escuchaba, miraba y respiraba como desde adentro de un bosque Miyazaki con espíritus,  monstruos, otros animales, sombras y una extraña recurrencia de piel gallina.

Pero puedo explicarlo. O por lo menos puedo explicar que la piel de gallina me agarraba en los momentos en que la banda así lo quiso y con las canciones que conocía bien y siempre me gustaron. Cuando entre la marea de música y magia tocaron Hoppípolla la gente se volvió medio tonta, y hubo puños en alto y alaridos que sólo me imagino en un show de no sé, ¿Bon Jovi? pero nunca jamás lo hubiera soñado en uno de SR.

Párrafo aparte para el boludismo de filmar todo el concierto con celulares en alto. ¿Cómo serán los recitales cuando lleguen los anteojitos de Google? ¿Veremos cientos de manos con los anteojitos en alto? No me interesa la polémica. Yo también coleccionaba bootlegs en caset y me grabé un par de recitales que sonaban para el orto y jamás volví a escuchar. Pero esto de tener que ver pantallitas de celulares filmando todo movido todo el tiempo me hace sentir un viejo choto y protestón, como el abuelo Simpson. Tenía que sacármelo del pecho, no hablo más del tema, prometo.

Ponele que al tercer tema, no podría precisarlo porque perdí el sentido del tiempo, bajaron esa cortina que va al frente del escenario y aún sin esa dimensión extra para proyectar vídeos el show no perdió nada. Es más, ganó en intensidad. Casi espíar a la banda cada tanto, cuando ellos decidían tener más luces que proyecciones, y verlo a Jonsi doblarse como un poseído cuando rockeaba con su arco de chelo dándole a la guitarra fue digno de alaridos.

El recital terminó después de tres bises y, honestamente, el último tema podría haber durado otra media hora pero de verdad aunque me sonaba conocido no sabía el nombre ni me acordaba bien en qué disco está y no me importó (video aquí abajo). Nos quedamos todos flotando. Cuando volvieron a encender las luces fui yo el que corrió al puestito. Me compré el vinilo de Valtari porque necesitaba llevarme un cachito de la noche conmigo (y bueno, también porque las remeras y los buzitos que  había eran una garcha).

Txt y fotos: Beto Jet-O
http://betojet-o.blogspot.com/

Nota: Dejo un link al setlist, que más tarde cuando lo revisé para recordar lo que no puedo aún situar en el tiempo formal descubrí que una o dos de las canciones que no conocía son nuevas y serán parte del próximo disco. Dicen que ya está casi listo y sale antes de fin de año.http://www.setlist.fm/setlist/sigur-ros/2013/secc-glasgow-scotland-bdb016e.html

lunes, marzo 4

El teléfono bajo el agua.

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¨De acá no me mueve nadie¨ le dije tirado en unos pufs en el Konex rodeado de la concentración más alta del planeta de estudiantes de teatro y malabaristas. Pero sonó el primer acorde y ya estaba parado y rumbo al escenario para ver y escuchar. Bailé y todo. Se trataba de Palo Pandolfo y La Hermandad. Por esas cosas este sábado se cerraba el concierto del viernes en Niceto de El Mató que no me había dejado del todo conforme. Un arco invisible que va desde Ella Vendrá hasta Chica Rutera. La clase de canciones que nos gustan. El viernes por la noche en la pizzería Imperio y frente a la estatua de Carlitos Balá tuve que confesarle a la mesa a pleno lo que no podía callar más. Que me había aburrido un poco; que habían estado poco punzantes y que en algunos momentos hasta parecía que iban a aparecer las bengalas y las camisetas flameantes como en la cancha. Injusto. Es verdad que terminé escuchando los últimos temas desde la puerta lo que me gustó bastante. Debiera haber dicho más bien que no lograron sacarme del aburrimiento que ya traía lo que es otra cosa muuuy distinta supongo. Igual todo el tiempo esperaba un cover de los Pixies para escuchar una guitarra que calara algo. Me fui de la pizzería dandole como loco a la bici recibiendo las primeras gotas y flipando con los relámpagos sobre los edificios. Lo que no tuve el viernes lo tuve el sábado pero no porque Pandolfo tuviera lo que a El Mató le falta. Se trata más bien de esas extrañas leyes de los colores complementarios; no se,como salir con dos chicas distintas pero algo parecidas. Con una después de la otra. Bajo el cielo de Buenos Aires, en una noche fresca y con tragos a precios razonables todo se da mejor también. Y Pandolfo al que hace tanto tiempo le perdí el rastro; esa especie de talentoso desdeñoso; como Borgui cuando jugaba al futbol. El monumento al indie. El ir siempre un pasito más adelante y cuando el viento cambia a su favor ponerse a hacer otra cosa; como canciones feas. Lo que tantas veces hicieron los Suarez. Pandolfo, que sacó un disco llamado Patria o Muerte y tocó con Iggy Pop la primera vez que pisó el país. Un show impecable; corto y desintoxicado. Tenía algunas fotos pero se ahogaron con el celular que terminó sumergido en la píleta en una linda postal de mi fin de semana. Dj Malhumor

miércoles, febrero 27

Strange Bird - Andrew Bird en Buenos Aires

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¨Gracias por traerme hasta a Buenos Aires¨ dijo el tipo. El pibe es igual a un actor de esos que hace de muchachito tierno en comedias indies. Llegué a la ciudad y me enteré que tocaba por el diario del domingo. Qué mejor programa para el martes que ver a Andrew Bird? La inflación es como un catalizador zen; la imagen misma del movimiento, nada es permanente y entonces si tenemos un billete en la mano lo gastamos inmediatamente porque mañana no va a estar. Toca el violín como un ukelele y silba como en los dibujos animados de los cincuenta; lo acompaña una banda discreta de post rock sin serlo. Me sentía liviano y feliz. Relajado como todo el mundo. En un momento pensé, ¨inspirador¨ y el tipo que dice al rato, ¨hoy me siento inspirado, gracias¨. Andrew Bird es el artista perfecto para explicar cómo funcionan las cosas hoy en día. Como funcionan de bien. El pibe saca muchos discos, distintos, más folk, más experimentales, más serios o más livianos. Nosotros los bajamos y los ponemos para escuchar en las mañanas claras, o lluviosas o mientras hacemos cosas. Y entonces el tipo baja a Buenos Aires y ahí estamos los que queremos ver de qué se trata, y devolverle lo que nos dio; y el tipo se siente agradecido, y una chica simpática vende las remeras en un puestito y todo el mundo está contento. La cosa se mueve, circula, personas especiales hacen música sin esperar volverse millonarios, ni estrella en el firmamento, ni nada. Nos dan y reciben y el mundo es de ellos (y un poco nuestro también). Mientras tanto el show. Por momentos parece John Cougar Mellemcamp (lo tenías a ese?? Ja); por momentos música para niños (hay un compilado de bandas nu folk haciendo eso que está buenísimo) por momentos música de películas (para esta noche fresca de Buenos Aires). El formato canción aparece y desaparece; ah, me dice Silvana, hace lo que quiere. No sabemos lo que viene, no nos importa. Lo hubiera votado como la visita que espero. No por lo qué escuché, sino porque es la clase de artista que querés ver para ver qué hace; compartir un rato con él. Y ahora lo queremos a Stephen y de nuevo a Jens. Y mientras los esperamos la semana que viene toca Daniel. Santiago B.

martes, octubre 23

Suede en Buenos Aires

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"Because we're young", Brett Anderson pone cara de malo y salta desafiante, camisa negra entreabierta y mechón de pelo que se mueve de un lado a otro, "so young", no dan ganas de contradecirlo, no hace falta. Esta es una noche que sucede en el pasado y ahí somos todos jóvenes. No importa que ahora seamos considerados como un público ABC1 que puede pagar $390 para ver a una banda. "Total al que quiera verlos de verdad no le importa quedarse con el bolsillo vacío" es la lógica imperante en esta época. En mi lógica no existe pagar un precio tan elevado por una entrada para un recital, menos por una hora y media de nostalgia. Menos si Bernard Butler, mi Suede favorito, hace rato que no forma parte del negocio.

El día del show muevo cielo y tierra para conseguir una entrada. Todos los contactos de estos años de colaboraciones freelance me dicen que está muy difícil todo. Pero cuatro horas antes, en plena lucha contra el sueño en la oficina, aparece el ticket salvador y todo el entusiasmo reprimido brota incontenible, aunque ya es tarde para repasar canciones, ponerme una remera canchera, llevarme un estribillo en la cabeza. Salgo del trabajo, hago las siete cuadras hasta el boliche y llego una hora antes de lo anunciado, con estas mechas y vestido mas como para ir a un curso de capacitación que para un show de rock retro y glamoroso. Por suerte, entre el público veo más en la misma situación, supongo que la gente glamorosa de verdad estará tomando pesi en el VIP.

Suede hizo el setlist que esperaba, con las canciones que mas escuché en esos dos o tres años en plena década del noventa en los que las letras pegaban cerca y la música envolvía varias noches. Brett Anderson de cerca parece una proyección, es un holograma del tipo que vimos en los videos, no es de carne y hueso. Entra caminando como si fuera Bowie, baila como un Iggy Pop más elegante, revolea el micrófono y luego abre los brazos para las fotos, se acerca a la gente y se deja tocar un poco, pero su cara es de un fantasma de película de terror japonesa, es la cara de Bowie en los ochentas, este tipo fue congelado y lo sacaron del freezer para el show.  Y la voz parece la de los discos, cuando el griterío alrededor y las cajas de sonido lo permiten, escuchamos la voz que esperábamos. Cuando dejamos de ver a Anderson, notamos que hay un gordito en el arco, tratando de atajar todo desde la guitarra  ¿este es el que vino después de Butler, no? ¿Cómo se llamaba?.

Hay pogo y/o baile con “Trash”, “Filmstar”, “We Are The Pigs”, “Animal Nitrate”, “So Young”, “Metal Mickey”.
Hay calma con “Everything Will Flow” y “The Wild Ones”.  Hay mas pogo y canto a los gritos en el cierre con “The Beautiful Ones”, que deja un coro que duraría hasta el final final del show y que debe durar todavía en la resaca de alguno. Hay emoción entre la marea de cámaras y chabones que cantan los estribillos épicos de los bises: “My Dark Star” y “Saturday Night” y sus frases matadoras. 

Oh whatever makes you happy/ on a Monday night...


Jota Pérez

jueves, noviembre 24

Ladytron en Santiago de Chile

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En algún momento, para mí, Ladytron fue sinónimo de banda cool y medio superficial con algunos temas buenos. Supongo que en ese momento me hubiera parecido muy adecuado que encabezara el Festival Foster, es decir, el festival de una marca super cool de ropa. Pero todos crecemos, yo me di cuenta de mi error y Ladytron fue demostrando disco a disco que tenían algo más que las canciones juguetonas y perturbadoras (lo que no es poco) de 604.
Una de las razones por las que, además de flashear con su música, me cae bien Ladytron, es que en cada disco buscan algo nuevo. En su momento fue el minismalismo o el shoegaze de Witching Hour, en otro la densidad de un synth pop industrial como en Velocífero, pero cada disco tiene su propia identidad. Gravity, the Seducer, su nuevo disco, también es una búsqueda, pero más modesta e ineficaz. No es un mal disco, ojo. Pero más allá de hits marca registrada (Ace of Hz, Ninety Degrees, White Elephant) y de un par de novedades sonoras como White Gold (un velocifero ochentoso, casi vangelisiano), no hay grandes momentos ni rupturas. Al menos no como nos tienen acostumbrados.
Más allá de eso, el recital estuvo bueno. Aunque tuvo como contras un set list poco amigable (demasiados hits afuera, algunos plomos incluidos como el cover “My Little Black Angel” o “True Matematics”, una apertura anticlimática con Soft Power, tema que me encanta pero no para abrir un show) y un público más preocupado en registrar todo con su cámara que en la experiencia directa, el show cumplió. Y sobre el final, con la artillería pesada, el público reaccionó y tuvimos la fiesta prometida. Fue el momento de “Seventeen”, “Playgirl” y la invencible “Destroy Everything You Touch” ua himno electrónico de baile, muerte y destrucción. Pura pulsión.
Estuvo Ladytron en Chile, con un recital que pudo haber sido mejor, presentando otro disco, con otro setlist y con un público menos alienado y tecnofetichista, pero que aún así deja a este cronista fanático satisfecho. Si uno mira los primeros registros en vivo de la banda y los compara con el hoy, el cambio es notorio. La banda suena muy bien y Helen Marnie logró encontrar el punto exacto para que su canto frío y minimalista suene más siniestro que amateur. Esperemos que la próxima gira los traiga de este lado de la cordillera.
PD: Me hinché tanto con el camarismo que no saqué ni una foto. Así que a modo de protesta esta nota sólo tiene texto.