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jueves, abril 4

Postales charrúas V: La batalla del Río de la Plata

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Después de cumplir mis tareas de jurado, nos dirigimos a la parrilla La otra, ubicada en el barrio Pocitos de la ciudad de Montevideo. El taxi nos dejó justo en la puerta del local y grande fue mi sorpresa cuando al bajarnos nos encontramos con los mismísimos The Black Keys junto a toda su equipo esperando en la entrada a que les armen una mesa (o algo así, supuse). The Black Keys tocan el 2 en esta ciudad con el músico uruguayo Santullo como soporte. (Sepan disculpar los desfasajes temporales, pero los tiempos durante un festival de cine son muy diferentes). Desde mi llegada a Montevideo estuve averiguando precios y la ubicación del lugar donde el recital se iba a realizar. Al ver al dúo tan cerca, mi alma de fan adolescente fue más fuerte que yo y me lance decidido a pedirles una foto. (Si, ya sé, entiendo que estoy grande para estas cosas, pero -les repito- me deje llevar por el momento y la situación. Ellos tocaban en la ciudad por primera vez, yo era jurado del festival también por primera vez, sepan entender. Mi avance de fan entusiasta fue frenado instantáneamente, cuando uno de los patovicas guardaespaldas de la banda (pelado y con musculosa, a pesar de lo frío de la noche) me paró en seco cuando yo trataba de acercarme, mientras me decía en inglés: “There’s no need to do that” (algo así como, no hay necesidad de hacer eso). Mi respuesta inmediata fue decirle que tampoco había necesidad de exagerar, en mi perfecto inglés; claro, por lejos mucho mejor que el de el primate cuidador de estrellas. Y en uno de esos arranques de argentino orgulloso que seguramente terminaran con mi vida, agregué que tampoco había necesidad de usar musculosa (todo en inglés), frase que despertó las risas de los que estaban escuchando (el entourage de la banda) y la furia del musculoso que me tomo del brazo y me empujo –exagero, más bien me indico el camino- hacia dentro del restaurante mientras me decía “move on”. Ante lo cual, respondí con esa gran frase argentina que dice “qué tocas” mientras uno se sacude el agarrón. Después de esto, entre casi corriendo al restaurante. Por motivos arquitectónicos difíciles de explicar, mientras subíamos por la escalera todo el tiempo veíamos (y nos veía,) al enérgico bodyguard, quien no paraba de mirarme, y de decir vaya uno a saber qué cosas agraviantes sobre mi persona con sus colegas patovas y (la parte dolorosa) con los mismos Black Keys. A través del espejo, envalentonado por vaya uno a saber qué (quizás nuevamente por mi condición de jurado estrella), levante mi dedo del medio en el inconfundible e universal gesto de "fuck you". Gesto del cual me arrepentí al segundo exacto de haberlo realizado. Apuré nuevamente el paso y llegamos finalmente al lugar que nos habían reservado del festival, y que por suerte, se trataba de un espacio separado del resto del restaurante. Así y todo, en esos primeros minutos, temí la llegada del guardaespaldas entusiasta y sus amigos, algo que por suerte, nunca ocurrió. 
El resto de la velada fue hermoso. Esos momentos en los que un festival confirma su condición de internacional. En una sola mesa había argentinos, chilenos, finlandeses, vascos (vascas, mejor dicho), catalanes y brasileros. Todos unidos por el festival y la calidad de la carne y el vino uruguayo. Termino la cena sin mayores novedades de los Black Keys. Al retirarnos y ante la posibilidad de cruzarlos nuevamente, mis miedos volvieron, pero los roqueros ya habían partido.
Si bien la noche era fría, nadie quería volver a sus respectivos hoteles y una vez más, casi como si se tratara de nuestro segundo hogar, partimos para el bar La ronda. Los taxistas en Montevideo gozan de mala fama. Y el que nos tocó en suerte hizo todo lo posible por justificar esos rumores. En un viaje breve pero espeluznante, nunca vi a alguien meter tantos cambios en tan poco tiempo, mientras su mano iba de la palanca a su nariz a velocidades increíbles. Llegamos a La ronda en lo que parecieron ser 35 segundos. Esos 35 segundos en los que uno ve toda su vida antes de morir.
Al llegar a nuestro bar favorito, allí estaban ellos. Si señores, los Black Keys, su grupo y su pequeño ejercito de guardaespaldas sin cuello habían tomado posesión de casi todo el lugar. La mayoría de las mesas (que están al aire libre, en la calle) estaban tomadas por los gringos invasores, con seis patovas en formación y mirada torva. Seis guardaespaldas en La ronda, a esa hora, y en Montevideo, es algo verdaderamente ridículo. Con seis guardaespaldas, de hecho, creo que hasta se puede derrocar al gobierno uruguayo (dicho esto con todo respeto, claro). Pero ahí estaban, paraditos, mirando mal a cualquiera que se acercará a los miembros de la banda y causando el mal humor de todo el mundo. Mi patovica, con el que había tenido el encuentro en la parrilla, ocupaba el lugar al lado de la puerta de entrada, así que cada vez que me dirigía al baño le mantenía la mirada sin que a el le importara en lo más mínimo, obviamente. Una vez que el consumo de alcohol empezó a hacer su efecto, fueron más de uno los que propusieron juntarnos y sacarles fotos, todos a la vez, con nuestros celulares. Plan que, gracias a Dios y el Papa Francisco, nunca prosperó. El alivio, una vez más y justicieramente, llego de la mano del rock. El DJ del bar, inspirado y picante, empezó a pasar canciones de los primeros The Kinks (aquellos de Girl, you really got me y esas cosas), ante lo cual todos empezamos a gritar a los yanquis invasores: “¡Esto es rock, Black Keys!”, seguido del hermoso: “¡Aprende a componer Black Keys!” (que a esta altura se pronunciaba: blaquís).
Al rato, como suele suceder, los ánimos se calmaron, la sangre no llegó al rió y los Black Keys se retiraron a sus –seguramente- millonarios aposentos.
El rock, como el cine, es una fantasía. Y los que se dedican a él empiezan en algún momento a perder noción de la realidad. Tal como le sucedió a nuestros amigos norteamericanos, y su absurda idea de rodearse de agresivos patovicas en uno de los lugares más pacíficos del mundo. ¿Quién los puede culpar?
Estamos llegando al final de estas crónicas y seguimos con una deuda pendiente: hablar de películas. Pero a no preocuparse, todo llega, aunque sea tarde y un patovica nos espere para golpearnos en la esquina de Durazno y Convención.

Marcelo Alderete

Fotos: Cecilia Barrionuevo


miércoles, abril 3

Postales charrúas IV: haciendo el tsundoku (*)

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Después de la confusa y polémica postal número III, volvemos a lo seguro y, como rezaba el título de aquella mítica revista peruana, "hablemos de cine”. Pero antes… 
Las librerías de segunda mano de Montevideo gozan de fama y prestigio. Visitar la feria de la calle Tristan Narvaja, que se realiza todos los domingos por la mañana, es una cita ineludible para el visitante de la ciudad. La feria en sí es una mezcla de todo, en donde se pueden comprar animales vivos, comida, discos viejos, antigüedades, ropa, artículos de limpieza, y también, algunos puestos con libros. Mi ingenuidad de turista me hizo creer que las librerías que están en esa calle sólo estaban abiertas los domingos durante la feria. Pero, claro, no es así. Las librerías funcionan todos los días ya que, como me lo aclaro uno de los libreros y no de la manera más amable: “de esto vivimos”. En síntesis, si lo que uno quiere es ir a buscar libros, lo mejor es ir durante los días de semana y evitar la feria y su muchedumbre. A menos que a uno le gusten las multitudes. Yo atravesé la feria junto a las vascas académicas y la chica del sur. Fue un lindo paseo, pero agotador en más de un sentido. Si juntamos las fotos sacadas por las vascas, creo que se podría armar un largometraje de más de dos horas. Al final de la caminata, unos exquisitos ravioles con estofado en el bar La Manchester, nos devolvieron al mundo de los vivos.
En cuanto al material que se encuentra en estas librerías, debo decir que, como muchas cosas de la actualidad, viven de glorias pasadas. Es poco y nada lo que se encuentra de valor (y a buenos precios). La diferencia con las librerías comerciales, en cuanto a precios, no existe (o es mínima) y lo que se encuentra de segunda mano es poco.
Mi cosecha personal se redujo a Los electrocutados, de J.P.Zooey, a menos de la mitad de lo que se consigue en Bs.As. (autor argentino, editado en España y al cual compro en Montevideo, globalización tu santo nombre), Autobiografía médica, de Damián Tabarovsky, de nuevo otro argentino editado en el extranjero y el verdadero hallazgo, La mujer de tu prójimo, de Guy Talese, autor que recién ahora empezó a gozar de cierta fama a través de sus libros editados por Alfaguara. Este libro, cuyo título original es Thy neighbor’s wife, editado por Grijalbo a mediados de los 80, es un ensayo sobre la vida sexual de los norteamericanos en los años anteriores a la aparición del SIDA, la explosión de la cultura swinger, la época dorada de la pornografía, y varios de esos temas tan caros a quien esto escribe. La última adquisición fue -ahora sí- el libro de un autor uruguayo. El libro en cuestión es un volumen que compila Nick Carter (se divierte, mientras el lector es asesinado y yo agonizo), La banda del ciempiés y Dejen todo en mis manos, con prólogo del gran Ignacio Echeverría. De Mario Levrero puedo decir que es uno de mis autores latinoamericanos favoritos, y que me recuerda a mi adolescencia. Los primeros cuentos de Levrero, antes de que Fogwill lo convierta en un nombre respetado dentro de la inteligentzia argenta, aparecieron en Argentina en las revistas Minotauro y El péndulo. Recuerdo el impacto que causó en mi adolescente cerebro un cuento como Capitulo XXX, la metamorfosis aparece en cualquier lado (Minotauro número 8) y la novela El lugar (publicada integra en El péndulo número 6), que más tarde formaría parte de “la trilogía involuntaria” junto a París y La ciudad. Todas obras maravillosas que se consiguen en cualquier librería, como suele decirse, a precios irrisorios. En sus últimos años, Levrero publicó algunos de sus mejores libros y su obra maestra definitiva, La novela luminosa, que terminó de consagrarlo, como uno de los más importantes escritores uruguayos de la historia, a pesar de que una señora, a la que nos cruzamos en diferentes librerías, insistía en preguntar por un libro de poemas de un tal Galeano.
Lamentablemente para todos nosotros, Latinoamérica es Galeano y no Levrero. Como más tarde comprobaría con los entusiastas aplausos que despertó una de las películas en competencia. Película que en su forma e ideología nos informaba que el cine argentino de los 80 (ese cáncer inextirpable) se sigue reproduciendo en nuestra pobre América. 
Una vez informado el palmarés montevideano, me extenderá sobre todas las películas en competencia. Por ahora, sólo tengo miedo de lo que pueda llegar a ocurrir una vez que nos juntemos a decidir quién resultó el ganador.
Una última cosa sobre Levrero. El nuevo proyecto de Javier Rebollo, es una película basada en Dejen todo en mis manos, nouvelle que narra las folletinescas desventuras de un escritor tras las pistas de un manuscrito. Los protagonistas serán Jorge Jellinek y, así como suena, Ricardo Darín. Su rodaje transcurrirá, como se debe, en la ciudad de Montevideo.
Hace varios días atrás, en el hall de mi hotel se realizó una charla llamada: "Cinemateca en palabras" con Javier Rebollo, Roxana Blanco (quien finalmente no asistió) y Jorge Jellinek. Fue poca gente a la charla y por esto, la parte en la que se iba a hablar de la película El muerto y ser feliz (dedicada, justamente, a la Cinemateca uruguaya), fue dejada de lado. Se hablo, sí, de la Cinemateca y de todos los problemas a los que se enfrenta; de las formas en las que la gente ve cine hoy, y en que la verdadera crisis del cine es la asistencia del público a las salas ante ciertas propuestas. Las opiniones fueron un poco lo que siempre se escucha, posiciones que se pueden dividir entre los apocalípticos y los integrados. Los que sostienen que hoy en día se ven más películas que en toda la historia del cine, los otros, que discuten sobre la calidad de lo que se consume. Y propuestas. Todo el mundo tiene su solución a los problemas que plantea la exhibición de cine. Algunos, los más ingenuos, proponen que las salas de cine se reduzcan (de capacidad) y se transformen en pequeñas salas boutiques, con un café y una librería y, hasta se llega a escuchar que se podría ofrecer vino para que la gente vuelva a las salas. Estoy simplificando una charla que se extendió por más de dos horas. Pero como les dije antes, son problemas antes los que el cine sólo parece proponer mesas redondas y charlas en las que nunca se saca nada en claro.
La realidad indica que la Cinemateca uruguaya vive de sus glorias pasadas. Y que es muy difícil para ellos mantener las salas y las estructuras actuales. La sala 18 de la Cinemateca (800 butacas) y el cine de la calle Carnelli (en donde también se encuentran sus oficinas) van a cerrar dentro de poco tiempo. Y se abrirá un nuevo espacio con tres salas más pequeñas y mejor equipadas técnicamente. La calidad de las proyecciones en el festival, y sobretodo en las salas de la Cinemateca, son realmente malas. Todo el mundo los sabe y ya parece estar acostumbrado a esto. Es un problema grave cuya solución, como siempre, es monetaria. En este momento, todo está en manos de decisiones políticas. Quizás, el peor lugar desde donde esperar el futuro.

En el próximo capitulo, nuestro héroe y protagonista se enfrenta a la corporación del rock en las calles de Pocitos y no, no sale victorioso. Pero no nos adelantemos.

Hasta luego, por ahora.

Marcelo Alderete

Fotos: Cecilia Barrionuevo


(*) Palabra japonesa que define la compra de libros para no leerlos y apilarlos en el piso y/o en bibliotecas.

sábado, marzo 30

Postales charrúas III: Montevideo, capital de Corea (del sur)

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El día 26 de marzo, pasadas las 11 de la mañana, por las calles de Montevideo se escucharon bocinazos. Los motivos de esta urbana manera de expresar alegría, se debían a que el BAFICI acababa de anunciar la visita de Hong Sang soo a tierras porteñas. Un motivo de júbilo justificado. Sobre Hong y las implicancias de su visita (que básicamente opacan todo el resto de lo que pueda ocurrir en cualquier festival) nos ocuparemos más adelante. Un par de días después se exhibió aquí, en el festival de Montevideo, la ante-última película del autor coreano. La luminosa y divertida In another country (ya hay una más: Nobody's Daughter Haewon y –dicen- otra en camino). La sala de la Cinemateca uruguaya estaba casi llena, lo cual era de esperar, y al final de la función nos fuimos todos felices. No es ninguna sorpresa. Felicidad es lo que generan siempre las películas de Hong. Sobre todo las de esta última etapa. Al volver a verla, confirmo que Joon Sang Yu (para quienes vieron la película, es quien interpreta al bañero) es, después del argentino Tony Leung -claro-, el mejor actor del universo. Diría también uno de los más guapos, pero prefiero no hacerlo y evitar maliciosos comentarios sobre mi persona. Aunque el más guapo siga siendo, también, el ya nombrado Tony Leung. 
Sobre la película, como de casi todo lo que mencionamos en este texto, hablaremos más adelante.
Es sabido que las casualidades suelen venir encadenadas. El día de nuestro arribo, descubrimos un restaurante coreano recién inaugurado a pocas cuadras de nuestro hotel.
La colectividad coreana en Montevideo es más grande de lo que uno podría suponer. Una simple recorrida por el centro nos lleva a descubrir un par de restaurantes e iglesias coreanas. Cerca, Corea (del sur), siempre estuvo cerca.
Sobre el local recién inaugurado, podemos decir que una de sus mozas es una chica uruguaya que habla coreano con una corrección inesperada (aseguro con un caradurismo al que por suerte, creo, ya los tengo acostumbrados) y es, como todo el mundo, fanática del K-pop. La comida de este lugar (del cual no recuerdo el nombre, pero al cual volveremos) no está mal, pero el restaurante que no hay que perderse es Arariyo. Verdadera comida coreana, con una atención que me hizo sentir en mi Incheon natal y en el cual probé por primera vez un delicioso postre llamado hongsi.
Sirva este pequeño adelanto cinéfilo-culinario (seguramente en el bello idioma coreano existe una palabra que unifique estos dos placeres) como un precalentamiento al banquete hongsangsooniano que nos espera a nuestra todavía lejana vuelta a Buenos Aires.
(Acerca de las recientes noticias sobre la tensión entre Corea del norte y Corea del sur, sólo tengo para decir, según mis amigos coreanos, que no es para tanto, que se trata de exageraciones de la prensa occidental. Esperemos que así sea.)
Abandonemos a un maestro para pasar al otro.
Dentro de la programación del festival hay un corto sobre la figura de Godard, realizado por el director de fotografía Fabrice Aragno (el de Film socialisme y la inminente y futura ganadora del festival de Cannes Adieu au langage) y con guión escrito por el mismísimo JLG. Su pomposo título es Jean-Luc Godard – Quod erat demonstrandum (que significa algo así como: lo que se quería demostrar o probar) y es uno de los grandes momentos del festival para la peña godardiana. Ya informaremos al respecto, una vez que la veamos.
Debido a obligaciones laborales, me perdí su primera función y tengo miedo de que ocurra lo mismo con la segunda. Esos miedos, junto a los excesos culinarios del banquete coreano me llevan a tener pesadillas durante la noche.
En esas pesadillas se aparece sentado al lado de mi cama, el mismísimo Jean-Luc Godard, quien mientras se fuma un terrible habano me mira a los ojos y me dice:
“Mentiroso”. Sin ningún tipo de reacción de mi parte, el irónico franco-suizo continua con su acusación: “Mentiroso” repite, “por que en todas estas crónicas en las que decís contar la verdad sobre tus días en el festival de Montevideo, ni una sola vez escribiste sobre esa chica coreana con la que vas a todas partes”.
Me despierto sobresaltado por el ruido de la ventana que, cual película de terror clase b, se abre y cierra ruidosamente. Me asomo a la ventana y en la esquina, iluminado por la luz de la luna llena (je), la desgarbada figura de Jean-Luc me mira, todavía acusador y, a pesar de la distancia, alcanzo a leer en sus labios, nuevamente, la palabra mentiroso. Me vuelvo a despertar y esta vez sí, abandonamos el mundo de los sueños y los recursos trillados.
Acepto la lógica de los sueños, pero no logro entender cómo es que Godard me habló en un perfecto castellano y mucho menos con acento uruguayo.
Trato de recuperar el sueño, pero es imposible. Bajo al desabitado hall del hotel y empiezo a escribir esta crónica, en la cual les prometo a partir de ahora, contar toda la verdad y ver si de esta manera, consigo exorcizar el terrible y acusador fantasma del Godard uruguayo.

Marcelo Alderete

Fotos: Cecilia Barrionuevo


jueves, marzo 28

Postales charrúas II: The Last of the Famous International Print Traffic Coordinators

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El tiempo pasa muy rápido. Anoche, durante una excelente cena que nos brindó la gente del festival de Montevideo, la directora, programadora, presentadora y todo terreno Alejandra Trelles, me cuenta que cuando le dijeron a Manuel Martínez Carril que yo era otro de los jurados, Martínez Carril dijo: “Mi viejo amigo Alderete”. 
Alejandra, en un principio, dudó de la memoria de Manuel, sobre todo por el adjetivo “viejo”. Pero, aunque sea exagerado y demasiado halagüeño para mi, hay bastante de cierto en la frase del mítico ex-director de la Cinemateca.
De ser esto una película, el color de la imagen viraría a sepia (o blanco y negro) y comenzaría a moverse de manera ondulada, acompañada también por una ondulada musiquita de, digamos, theremín…

(No se si fui claro con este noble y añejo recurso, quiero decir que viajamos al pasado).

De joven (tele en blanco y negro, hombres con boinas en los bares, señoras baldeando la calle) supe ganarme la vida como coordinador de tránsito de copias (print traffic coordinator, in english) para el BAFICI y el Festival de Mar del Plata. Durante muchos años fui uno de los pocos que iba de un festival al otro, generando enojos obviamente, sobre todo en el BAFICI. Su espíritu elitista y de exclusividad se remonta a aquellos años. (Algo que los responsables de esta nueva etapa, aseguran que cambiará). En los ya lejanos comienzos del festival, nadie sabía como era el trabajo de coordinador del tránsito de copias (y -a decir verdad- de ninguna de las otras áreas necesarias para el funcionamiento de un festival, todos aprendimos a medida que las ediciones del festival se sucedían). Dicho trabajo consiste en lograr que todas las películas, después de atravesar por países inhóspitos y hostiles aduanas, lleguen al festival a tiempo para ser chequeadas y proyectadas, en horarios acordados con mucha antelación. Es un trabajo burocrático, rutinario y que nadie en su sano juicio querría (o debería) hacer. Es -detesto las comparaciones futboleras pero no se me ocurre otra- similar a la tarea del arquero. Si al final del festival todas las películas llegaron a tiempo (no te hicieron ningún gol) nadie te va a felicitar, es tu trabajo. Si sólo una copia llega tarde o no llega, la desgracia cae sobre tu persona (el gol siempre es culpa del arquero). En francés se usa la coloquial expresión: “un trabajo de mierda”.
Recordar aquellos años en los que realizaba esa tarea, hace que me corra un frío por la espalda.
También, claro, tenía sus cosas buenas. (Mentira, es un recurso literario para sumar los caracteres que me exigen mis tiránicos jefes de redacción de Encerrados Afuera).
En aquellos años fue cuando conocí a Manuel Martínez Carril, entonces director del Festival de Uruguay. Manuel se contactaba conmigo para coordinar el envío de copias desde la Argentina a Montevideo (a veces, inclusive, él mismo se encargaba de pasar a buscar las copias. Lo que implicaba cargar las películas en un auto y partir a tierras charrúas). Casi siempre eran muchas las películas y pocos los recursos con los que el festival contaba (algo que –creo- continua hasta el día de hoy). Debido al temor que generaba el trabajo del tránsito de copias (y mi hosca actitud de aquellos años) nadie se metía con mi laburo. Lo que me llevaba a permitirme pequeños gestos tiránicos que rozaban lo ilegal, pero que -espero- ya proscribieron. En todos los años que fui coordinador de tránsito de copias, siempre hice que el festival argentino (sea BAFICI o Mar del Plata) se encargase de pagar la parte que le correspondía a los colegas uruguayos. Uruguay siempre me generó un amor inexplicable, y esa era mi manera secreta y justiciera de demostrarlo.
Al hacer esta confesión, temo que la policía festivalera me esté esperando en mi retorno a Buenos Aires, para ponerle fin a mi libertad. Aunque si lo pienso bien, habrá valido la pena.
Volvamos del pasado.
A pesar de que comparto la tarea de jurado con Martínez Carril (y con una ex Ministra de Cultura, dato que sirve para que mi madre -mi noble, sufrida y entrerriana madre- se pueda pavonear con sus amigas y familiares), todavía no nos encontramos.
Me imagino el encuentro con Carril como esa escena en Buenos muchachos, en la cual uno de los mafiosos de la película, después de pasar mucho tiempo en la cárcel, se encuentra con un Joe Pesci al que recordaba como el chico que lustraba los zapatos. Fantaseo que Manuel me ve, me saluda, y me dice que todo muy lindo, pero que me ponga a embalar películas y preparar las guías, que en un rato pasa el camión de FEDEX a buscarlas. Yo, seguramente, le diré “si, señor” y emprenderé la labor con el fastidio, la dedicación, el respeto y el amor que se le deben a una tarea que me condujo, después de un largo recorrido, a ser parte de un jurado junto a una ex - Ministra de Cultura (nunca les pido nada, así que, por favor, no se olviden de felicitar a mi madre por los logros de su hijo cuando la vean) y un mito de la historia del cine rioplatense.

Siempre lo supe (y traduzco mal del inglés): una vez print traffic, siempre print traffic.


Marcelo Alderete

Fotos: Cecilia Barrionuevo

martes, marzo 26

Postales charrúas I: Estamos alterados

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Escribo esta crónica a dos días de comenzado el festival de cine de Uruguay, en Montevideo. Festival al cual fuimos invitados con mi colega programadora Cecilia Barrionuevo, para presentar el éxitoso ciclo España Alterada (actualmente en la Sala Lugones de la ciudad de Buenos Aires). Por mi parte, también cumplo la función de jurado de la competencia internacional de largometrajes junto a María Simon (ex - Ministra de Cultura uruguaya) y Manuel Martínez Carril (leyenda viva que supo ser director de la Cinemateca y de quien hablaremos más adelante, en futuras crónicas). Obviamente, las confusiones que generan los apuros y nervios de los festivales, ocasionaron el error que me llevó a ocupar este lugar en semejante jurado. Pero así funcionamos los héroes de la clase trabajadora, siempre dispuestos y listos a cualquier requerimiento, incluso los que superan nuestros merecimientos. Sobre todo cuando esos pedidos requieren juzgar el trabajo de los demás. Tarea favorita de quien escribe. Si bien la llegada al festival fue particularmente tranquila, con apenas un retraso de media hora en el buque bus, el segundo día empezó a hacerle honor al título del ciclo que vinimos a presentar. Pero no nos adelantemos.
La apertura del festival, con El muerto y ser feliz, de Javier Rebollo, fue un momento de justicia. La presentación de la película en un cine de la Cinemateca, lugar al que el film está dedicado, no podía deparar más que emociones. Y así fue, más allá de ciertos desperfectos de proyección. Casi 800 personas en la sala y la presentación y posterior charla de Rebollo, Jorge Jellinek, Roxana Blanco y compañía fue una verdadera celebración, y supongo que para todos los relacionados con el film, el momento en el que la película completaba un círculo.
Después de la apertura nos dirigimos a un bar cercano al mar en donde se reunieron algunos invitados y gran parte del staff. La noche era fresca y la cercanía del mar no ayudaba. Mucho menos las cervezas frías que circulaban de mesa en mesa. El cansancio y el hambre colaboraban poco, y el aspecto del local La Ronda (bar rockero con sus paredes adornadas con tapas de discos de vinilo), nos indicaba que su oferta alimenticia parecía ir de lo inexistente al platito de maníes. Sin embargo, grande fue nuestra sorpresa cuando el mozo nos explicó que podíamos pedir algo llamado “masticable. “El “masticable”, el de pollo especialmente, pero también el de verduras, es una delicia insospechada que nos tenía preparado el pueblo uruguayo. Se come con la mano y se asemeja a los tacos, a pesar de su aspecto endeble, en parte debido al calor, se niega a la ley de gravedad y se mantiene entero, sin desarmarse ni volcar ninguno de sus ingredientes, ni perder calor, hasta que el comensal lo haya terminado de comer voraz o no, según cada apetito. Lo dicho, una inesperada delicia. Antes de retirarnos de La Ronda (repito: oscuro antro rockero, a pesar de su ophülsiano nombre) trate de ubicar la cocina para darle mis felicitaciones al desconocido y sorprendente cheff, pero me fue imposible ubicar el espacio que dedicaban a la preparación del mencionado manjar.
En el segundo día, las cosas comenzaron a “alterarse”. Por mail nos enteramos que el amigo Xurxo Chirro, director de la maravillosa Vikingland, había perdido -por esas cosas de la vida moderna-, el buque bus que lo iba a traer de Buenos Aires para presentar su película. De todas maneras, Xurxo llegó finalmente para una emotiva sesión de preguntas y respuestas con el público. Una emocionada señora, contó a la audiencia sobre sus pasados gallegos y las lágrimas que le produjo volver a escuchar ese idioma, que desde la muerte de sus padres, apenas había tenido oportunidad de oír.
Pero como les contaba, la “alteración” había comenzada antes. Y pongo mi renuncia a disposición de las autoridades una vez finalizada la siguiente anécdota.
El día después de la inauguración, por la mañana durante el desayuno -como corresponde- nos sentamos con Cecilia a armar nuestra agenda del día. Un rito que realizamos en cada comienzo de festival. Armados con grillas, biromes, anotadores y agendas, se planean concienzudamente los pasos a seguir en los días siguientes. Una vez finalizada la tarea, nos dirigimos al cine a ver nuestra primera película del día. Un momento importante en cualquier festival al que se asista y quizás el que decida la suerte sobre la calidad de las que vendrán (esto es un mito festivalero, pero a veces ocurre así). Llegamos a la sala y nos sentamos. Todas las películas en el festival van acompañadas por un corto. El corto que se estaba proyectando no era el que figuraba en la grilla, pero no nos sorprendió. Cosas que suelen pasar en los comienzos de los festivales, nos dijimos. Termino el corto. Típico corto de escuela que en su ingenio y correcta resolución muestra todos sus límites y (escasos) logros. Y empezó la película. Que, según nos indicaban los primeros títulos, tampoco se trataba, señores, de la película que habíamos ido a ver. Automáticamente los dos buscamos en las grillas, alumbrados por nuestros celulares, para darnos cuenta que (respiro profundo y lo confieso) nos habíamos equivocado de sala…
Nos juramos, junto a Cecilia, un pacto de silencio, pero mi labor de cronista me obliga a contar la verdad. Y así, con lágrimas en los ojos, se las confieso a mi público. La expresión “en casa de herrero, cuchillo de palo” cobra un nuevo significado y, al escucharla, nos lastima en nuestro orgullo de programadores de un festival de cine clase A. Si lo que no nos mata, nos hace más fuertes, nuestra fuerza durante los días que le quedan al festival, será inquebrantable. Nuestra mirada no volverá a abandonar el piso, pero ese es otro tema.
Y así, humillado en mi orgullo de programador estrella y “recomendador” nato, me despido de esta primera crónica charrúa.
Pero antes, recapitulemos los acontecimientos de estos días:
Un marinero que pierde un barco, programadores que se confunden de sala y un oscuro agujero rocker en donde un ignoto cocinero prepara sorprendentes e inesperadas delicias.
Podemos asegurar que el tour mundial de España Alterada, ha comenzado.
De todas maneras, creo que estamos llevando el concepto “alterado” demasiado lejos.

Marcelo Alderete

Fotos: Cecilia Barrionuevo