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miércoles, diciembre 11

Las liebres

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El último festival de Mar del Plata me encontró con bastante dolor en el pie derecho por unas ampollas que me importunaron en diversos dedos, aunque haciendo un foco especial en el dedo meñique. Gracias a esa condición y a que me encontré con pocos amigos, estuve varios días deambulando por las salas rengo y solitario, deviniendo en una versión medio espectral de mí mismo con la que traté de no encariñarme. Pero en un festival de cine no se viene a hablar de cosas personales, se viene a hablar de cine y hay que dejar las anécdotas personales para las charlas en la confitería. Hay que discutir el cine, hay que pensarlo. ¿Hacia dónde va? ¿Se muere? ¿Qué está haciendo? ¿Necesita algo? Este festival no estuvo exento de ello y claro que no me privé de asistir a la interesante y famosa charla sobre nueva crítica de Don Jotafrisco, Lucía Salas y Martín Álvarez. Ese encuentro despertó viejas preguntas en mí aunque no del todo relacionadas con lo que se habló en la mesa. No sé ustedes, amigos, pero cuando yo pienso sobre el cine y su relación con la crítica, necesito partir siempre de preguntas muy básicas, medio doñarosescas, del tipo “¿por qué hay que pensar sobre el cine?” o “¿No podríamos disfrutarlo y ya?”. Son evidentemente preguntas bastante tontas, pero creo que eficaces metodológicamente y hasta terapéuticas, porque sirven para tranquilizar cuando aparece de tanto en tanto el gélido fantasma del gran sinsentido, ese que me susurra que la discusión sobre cine no es más que una gran farsa endogámica y pajera que ni siquiera es divertida. Esas preguntas se complementan con otras, que ya elaboraré o no. Pero antes les quería hablar de atletismo, si les parece bien.
Hace relativamente poco descubrí la función de las liebres o pacemakers (es mucho mejor decirles liebres) en el atletismo. Su función es marcar el ritmo de la competición en carreras de media y larga distancia. Apenas arranca la carrera, las liebres le imprimen ritmo, dándole para adelante sin especular sobre el comportamiento de los rivales (como suelen hacer los competidores reales) e incentivando a todos a correr sin bilardismos. Las liebres no compiten realmente, pero hacen como sí, engañando brevemente a los otros corredores y al público. Un par de veces, los corredores reales desatendieron tanto el ritmo de las liebres que éstas terminaron ganando (aunque se trató de casos muy aislados, que en todo caso sirvieron como amenaza). No estoy ciento por ciento seguro, pero asumo que, aunque no lo sepan, los corredores se dan cuenta rápidamente de quién es liebre y quién no (es como saber quién es topo, bueno... mucho más fácil), y entonces el efecto debería neutralizarse, más allá de esos casos aislados de liebres rebeldes. Pero no, al parecer la pantomima suele ejercer el efecto deseado sobre los competidores.
Ahora bien, ¿cuál es el propósito de esta farsa? Estimular a los corredores a no especular y correr más rápido. Pero… ¿por qué? ¿cuál es la razón de forzar a que los atletas corran más rápido? ¿No es el punto de la competencia que simplemente gane el que llegue antes, dentro de las reglas establecidas, adoptando las estrategias que crea conveniente? ¿Desde qué punto de referencia objetiva nos importa que la carrera sea lo más veloz posible? La respuesta para todo eso es que la Asociación internacional de Atletismo necesita que las carreras sean más divertidas, pero sobre todo que haya nuevos récords mundiales. Cuando me enteré de esto, estaba haciendo un programa de radio sobre los juegos olímpicos con mi amigo Fran Upma, a quien recuerdo exclamar: “¿Y qué mierda importa que haya más récords mundiales? ¿Va a mejorar la humanidad porque haya más récords mundiales?”, a lo que yo agregué “además, ¿tiene sentido hacer algo más atractivo a la fuerza? ¿Puede algo ser más atractivo si está forzado a serlo?”. Y si bien en ese momento todos reímos, la verdad es que sí, importa y tiene sentido. Porque el verdadero absurdo, el tenebroso, el que se parece a la muerte es que lo que nos apasiona devenga en un ejercicio timorato e imitativo, y así como el atletismo especulativo se vuelve aburrido y triste, perdiendo interés y muriendo, el cine también puede volverse rutinario y sozo, y por ende también necesita estímulos, empujones para no dormirse, para no caer en la vagancia creativa de correr más despacio mirando de reojo qué hace el otro (las razones pecuniarias y simbólicas para correr especulando las dejo para otro post). Ese empujón lo dan, principalmente, los otros competidores, claro, pero también las liebres. Yo no puedo ser liebre con todo esto del pie, pero hay mucha otra gente que sí y su discurso sirve no sólo como acto creativo autónomo sino en tanto aporte a esta discusión permanente, que puede parecer demasiado neurótica a primera vista, pero que incentiva a seguir corriendo. Sí, las liebres son los programadores, los espectadores, los burócratas públicos y privados y los críticos, los que no corren la carrera pero la llevan hacia adelante. Ahí reside el interés de discutir sobre el cine, en ese efecto liebre, en ayudar a que el cine no se pudra ni se rutinice y que sea mejor (y básicamente necesitamos que el cine sea mejor para ser mejores nosotros mismos). 


Pero hay un requisito complicado (que las liebres sean aptas) y una consecuencia peligrosa: que las liebres ganen la carrera. La crítica no corre, no hace las películas, pero sí propone, proscribe estéticas, prescribe otras, alienta formas, no realiza pero hace como si y esto tiene que quedar ahí (que no deja de ser mucho y muy importante). Obviamente no quiero decir que un crítico no pueda hacer una película, lo que quiero decir es que no hay que confundir la prefiguración con la obra. La obra no puede atender simplemente a cumplir las formas prescritas en la crítica. Una cosa es asumir el discurso reflexivo sobre el cine y crear a partir de él, y otra muy distinta es ajustarse diligentemente a los programas de lo que está bien hacer y lo que no. Ahí está el peligro, en las películas complacientes con críticos y programadores, películas que carecen de personalidad, de autonomía y que tienen demasiada planificación, demasiado cálculo. Hay un tipo de estas películas que es muy recurrente en el cine festivalero, son las que se dedican por entero a una idea y consagran cada plano a una fórmula no controversial que se corresponda con ella (la coherencia está sobrevalorada, bro). Por ejemplo, recuerdo una película muy elogiada del año pasado: O som ao redor. No se enoje si amó esta película, no pasa por ahí. Lo que digo es que en O som ao redor, todo giraba en torno a la construcción política del espacio ("espacio" tag irresistible para la crítica de cualquier cosa), al afuera y al adentro en tanto construcción edilicia y social. Como idea promete, claro que sí, pero su consecuencia formal era muy previsible: muchos fueras de campo, planos partidos por medianeras, muchos binoculares, sonidos de fuente invisible, persianas que se bajan, etcétera. En ningún momento la película saltaba hacia el vacío, ofreciendo alguna imagen ajena a esa planificación, algo que no pudiera ser encasillado por el crítico desencriptador, una imagen que emergiese de su magma pero que tuviera un estatuto diferente, que no pudiera ser traducida nunca por lo verbal sin escurrirse absolutamente. Hay una estructura tranquilizadora en estas películas (y allí reside en gran parte el atractivo para ciertos críticos) puesto que todo va en la misma dirección y se explica deductivamente por su idea-fuerza. Esas son algunas de las películas que corren detrás de la liebre, sin intenciones de pasarla y ganar la carrera.

Por suerte hay muchos competidores que sí, que salen a darlo todo, que arriesgan formas y juegan al límite coqueteando al mismo tiempo con el repudio y la consagración (y no me refiero a provocaciones burdas). Entonces aparece, por ejemplo, el diablito camp rojo furioso de Post Tenebras Lux. ¿Por qué? ¿Qué mierda es? saliendo de la casa, a tientas, tratando de no hacer ruido, con una caja de herramientas, el diablo como una animación básica, medio ridícula. Con el desarrollo de la película uno puede, si tiene ganas, intentar darle una posición a este diablo dentro de la red de significantes, pero nunca podrá encasillarla ni traducirla del todo, porque hay algo mágico ahí que se escapa. Con imágenes que estallen en mil sentidos, que generen algo nuevo, que sean la expresión enferma de un magma de sentido y no simplemente el amable desplegar de un sistema correcto, ahí está el cine que vale la pena, el que sobrepasa, el intraducible. La critica debería promover el cine que la desafia, no que la imita (aunque soy conciente del juego lógico que ello conlleva).
Lo que digo es ojo, cuando se confunden corredores y liebres, la liebre puede terminar marcando la carrera hasta el final y ganarla. Y que esto suceda no sólo es culpa de los realizadores, también es de los críticos, programadores y etcéteras por no renegar de su propio poder. Un arte calculado, basado en la correcta ejecución de las estéticas sancionadas por el campo cultural de su época es un arte chato, uno que va a menos, que no corre al 100% y eso es lo que la crítica debe repudiar.

PD: No sé si la analogía de las liebres tiene mucho sentido, pero al menos me sirvió para llegar hasta acá.


sábado, noviembre 23

3er Ciclo de Cine Chileno Contemporáneo en Buenos Aires

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Desde el 28 de noviembre al 1 de diciembre las nuevas salas del Centro Cultural San Martín (Sarmiento 1551, subsuelo), recibirán a ocho films y varios invitados provenientes del país vecino. Con la exhibición de recomendables films como "Joven y Alocada", de Marialy Rivas y "Soy Mucho Mejor Que Vos", de Che Sandoval, el ciclo propone una recorrida por la producción chilena más reciente.

Entre otras películas se podrán ver  "Il Futuro", tercer largometraje de  Alicia Scherson ("Play", "Turistas"), adaptación de "Una novelita lumpen”" del escritor Roberto Bolaño y El Tío (estreno en Argentina), ópera prima de Mateo Irribaren (guionista de "Tony Manero" y "Post Mortem").

El ciclo contará con la presencia de varios invitados que estarán presentes en las proyecciones: la actriz Blanca Lewin ("Bombal"); el actor Alejandro Goic ("Carne de perro", "Joven y alocada", "Bombal"); Marialy Rivas directora de "Joven y Alocada"; Mateo Irribaren e Ignacio Santa Cruz  director y actor de "El Tío"; y Che Sandoval y Sebastián Brahm, director y actor de "Soy Mucho Mejor Que Vos".

Las entradas salen $20 ($12 para jubilados y estudiantes) y estarán a la venta en el C.C. San Martín y en www.tuentrada.com.

Programación:

Jueves 28/11
17:00HS: IL FUTURO (de Alicia Scherson) 94'
19:45HS: JOVEN Y ALOCADA (de Marialy Rivas) 92'

Viernes 29/11
17:00HS: BONSAI (de Cristián Jiménez) 102'
19:45HS: EL TÍO (de Mateo Irribaren) 107'

Sábado 30/11
17:00HS: LOCACIONES, BUSCANDO A RUSTY JAMES (de Alberto Fuguet) 91'
19:45HS: CARNE DE PERRO (de Fernando Guzzoni) 81'

Domingo 01/12
17:00HS: BOMBAL (de Marcelo Ferrari) 85'
19:45HS: SOY MUCHO MEJOR QUE VOS (de Che Sandoval) 85'


+ info: https://www.facebook.com/CineChilenoEnBsAs


domingo, noviembre 17

Presentación de La mirada cinéfila, de Daniela Kozak

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Entre las múltiples actividades que acompañan a las proyecciones de películas en el Festival de Cine de Mar del Plata, este año sobresale la presentación del libro "La mirada cinéfila. La modernización de la crítica en la revista Tiempo de Cine". Esta publicación escrita por Daniela Kozak, una periodista apasionada por la historia del cine -y amiga de los Encerrados-, rescata a un ícono cinéfilo nacional de los años 60.

La presentación será el lunes 18 de noviembre a las 12 hs. en el punto de encuentro del festival junto con Fernando Martín Peña, Paula Félix-Didier y Alejandro Sammaritano.
A modo de adelanto compartimos el prólogo del libro escrito por David Oubiña:

"La mirada cinéfila propone un recorrido por Tiempo de Cine, la revista editada por el Cine Club Núcleo entre 1960 y 1968, en la que escribían, entre otros, Salvador Sammaritano, Víctor Iturralde, José Agustín Mahieu, Mabel Itzcovich, Edgardo Cozarinsky, Homero Alsina Thevenet, Jorge Miguel Couselo, Enrique Raab, Horacio Verbitsky, Alberto Ciria, Ernesto Schoo y Tomás Eloy Martínez. En la huella de publicaciones como Cinema Nuovo y Cahiers du Cinéma, la revista de Núcleo marcó un verdadero hito en la historia de la crítica de cine en Argentina: apareció en un momento en que la crítica cinematográfica no tenía el mismo estatus que la crítica literaria o teatral, y en sus páginas se vislumbra cómo empieza a asomar un nuevo modelo de crítico profesional, especialista en su tema, capaz de analizar y escribir sobre cine a partir de un conocimiento específico y una formación cinéfila.

Daniela Kozak analiza el lugar de Tiempo de Cine en el proceso de profesionalización de la crítica en Argentina, considerando tanto la influencia internacional como los procesos de modernización local. El libro reconstruye la historia de la revista, revisa sus principales secciones y ejes temáticos y propone una lectura propia sobre el rol que cumplió en el campo cinematográfico de la época. Tiempo de Cine se propuso aglutinar a los sectores renovadores del cine y, al hacerlo, trascendió la función de analizar y criticar películas para construir en sus páginas una suerte de programa generacional.

La mirada cinéfila captura ese momento ejemplar cuyas huellas podrán rastrearse, más tarde, en el surgimiento del nuevo cine y la nueva crítica de los años 90. En este sentido, el libro de Kozak resulta una contribución notable porque proporciona no sólo el retrato de un momento histórico sino que sienta las bases para descifrar el paisaje de nuestro cine más contemporáneo."

jueves, octubre 10

Diario valdiviano I: Con este sol

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Valdivia es, sin lugar a dudas, uno de los lugares más hermosos del mundo. Y su festival, el cual suele compararse (y ser hermanado) con el FICUNAM y el BAFICI, es un lujo. Desconozco los recursos económicos del evento y al final tampoco es algo tan importante. O sí, pero no será este el momento para tratar tan espurio tema. En la última -por ahora- película de Serra, la materia fecal se transforma en oro (¿y viceversa?) y, como bien se escucha en una película de Godard, el día que la mierda tenga valor, los pobres van a nacer sin culo. Soez y todo, siempre Godard aclarando el panorama. Pasemos a otros temas.


Albert Serra y su Història de la meva morte. Así como alguna vez el prolífico y explotativo William Beaudine supo cruzar a Billy the Kid con el Conde Drácula y antes a Jesse James con la hija de Frankenstein (así como suena, no pregunten por qué la hija, vean la película), esta vez Serra imagina un improbable escenario en el que se cruzan las historias del transilvánico conde con las del escritor (y amante bon vivant o al revés) Giacomo Casanova. La primera parte de la película, no sólo repite viejas formas exitosas del cine de Serra, sino que también eleva la apuesta, mostrando las charlas a priori anodinas de un escritor amante de las palabras y los libros con su sirviente. El segmento dedicado a Casanova, es lo mejor de la película y nos hace creer que el reciente premio a mejor película que cosechó en Locarno, estaba más que justificado. Esta primera parte es luminosa incluso en sus más oscuros momentos fotográficos (increíble trabajo de Jimmy Gimferrer, Àngel Martín y Artur Tort, pero aquí no estamos para aplaudir técnicos), que logra imágenes muy difíciles hoy en día de ser respetadas (y reproducidas con justicia) por las actuales calidades técnicas y sus digitales formas de entender el cine y su proyección. En esa primera parte, repito, está lo mejor de la película y uno de los mejores momentos de todo el cine de Serra, un viaje en carreta por el bosque más verde que se haya visto en el cine (un verdor que relaciona la película con los paisajes de Valdivia) y que en su belleza, extrañamente, corta a la película en dos. En ese preciso momento, por motivos inexplicables, la mayoría del público abandonó la sala (marca de agua y especialidad de la factoría Serra), obviamente, los cinéfilos más duros (y críticos y jurados) permanecieron fieles hasta el final, a pesar de que el horario (llegando a las 24hs. horario favorito de las criaturas de la noche) hacía difícil mantenerse despiertos y con los sentidos alertas. Pero a Serra se lo quiere, aunque sea porqué hace enojar al enemigo. La segunda parte de Història de la meva mort, cuando hace su aparición el Conde Drácula (que aquí se pasea tranquilamente a la luz del día), es quizás lo más flojo de la película, aunque también de lo más extraño en toda la filmografía de Serra. Las contraposiciones entre la figura de Casanova y Drácula son muy obvias y este tipo de lecturas e interpretaciones es algo que el cine de Serra nunca necesitó. En esta segunda parte, en donde el mal se adueña de la película, es donde el film se transforma en un objeto tan extraño como discutible. Y es algo que va más allá de algunas ridículas escenas protagonizadas por el conde de marras. Sobre todo después del tan criticado, y tomado a la sorna, Drácula 3D del grandísimo Dario Argento. En fin, ya tendremos tiempo de seguir hablando de Serra y su nueva película.

Un programador argentino, de un festival que comparte con Valdivia los lobos marinos y los perros callejeros, me asegura que la película será (serrá) vista en el festival que programa. El problema, al fin de cuentas, es uno de las batallas eternas del cine. El verdadero monstruo no es otro que esa bestia siempre sedienta de sangre llamado cine de qualité. Un monstruo que está siempre esperando y observando a los directores a través de las ventanas, eternamente dispuesto a ser invitado para arruinar filmografías a pura maldad, gestos crueles, vestuarios de épocas y pelucas platinadas. La mayoría de los directores (Bonello con L’Apollonide quizás sea una excepción), al enfrentarse a esta bestia negra suelen terminar esclavizados a un cine que, a pesar de estar muerto hace años, aun se pasea vivito y coleando, siendo respetado y admirado por todo el mundo. Premios locarnianos incluidos. 
La comparación con el conde Drácula (y cualquier criatura vampírica) es demasiado obvia, lo acepto, pero aquí terminamos la discusión por ahora, ya que el sol empieza a asomarse por la ventana del hotel y este joven cronista debe, luego de acomodar su negra capa, volver a sus aposentos.

Marcelo Alderete

Fotos: Sung Kyoung Moon

viernes, agosto 23

28º Festival de Cine de Mar del Plata: tres grandes visitas

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Sí, parece que este año el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata se viene con todo. A la lista de interesantes visitas de los últimos años (anoten: Joe Dante, Hal Hartley, Kathryn Bigelow , John Sayles, Tommy Lee Jones, Javier Fesser, Bruno Ganz, Jerzy Skolimowski, Willem Dafoe, Bertrand Bonello, Sandrine Bonnaire, Peter Medak, Lamberto Bava, James Gunn, Soko,  y  una lista histórica impresionante que se puede leer acá: http://www.mardelplatafilmfest.com/28/historia/, se suman -por ahora- tres GRANDES nombres: Pierre Étaix, el genial comediante francés, colaborador de Jacques Tati y Jean-Claude Carrière y responsable de una filmografía breve pero muy recomendable (Le soupirant, Yoyo, Tant qu’on a la santé, Le grand amour, Pays de cocagne), el también gigante John Boorman  (Deliverance, Point Blank, Excalibur, Zardoz) y otro indispensable: John Landis (The Blues Brothers, An American Werewolf in London, Animal House). Landis, Boorman y Éteix. Éteix, Boorman y Landis. Boorman… bueno, ya tienen la idea.

Esto es sólo el primer anuncio de un festival que promete más. Habrá que ir reservando pasajes y estadía: del 16 al 24 de noviembre. ¡La hinchada pide The Blues Brothers en pantalla grande con Landis al frente!

https://twitter.com/28MDQFEST
http://www.mardelplatafilmfest.com/28/
https://www.facebook.com/mardelplatafilmfest

jueves, agosto 1

Jonas Mekas - Lo que el cine pudo haber sido

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Sobre Jonas Mekas escribí hace un tiempo lo siguiente: ver acá y disculpen el auto bombo. Este texto fue escrito en relación a su película Sleepless nights stories proyectada en el Festival de Mar del Plata. Ahí cito, nuevamente, una máxima de Francois Truffaut que siempre me llamó la atención:

La película del mañana la intuyo más personal incluso que una novela autobiográfica. Los jóvenes cineastas se expresarán en primera persona y nos contarán cuanto les ha pasado: podrá ser la historia de su primer amor o del más reciente, su toma de postura política, una crónica de viaje, una enfermedad, su servicio militar, su boda, las pasadas vacaciones, y eso gustará porque será algo verdadero y nuevo… La película del mañana será un acto de amor. 

domingo, julio 28

Torrents para principiantes

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Si todavía no ingresaste en el fabuloso mundo del Torrent, aquí te explicamos en pocos pasos como usar esta maravilla de la informática.

1) Descargar e instalar el programa uTorrent: http://www.utorrent.com/downloads. Si tienen dudas con respecto a la instalación consulten esta guía detallada.

2) Buscar los archivos "Torrents" (que son los que usa el uTorrent para descargar el objeto del deseo) en sitios como http://thepiratebay.org/ o http://eztv.it. Hay decenas de lugares y hasta hay un metabuscador de estos archivos. Pueden recomendar su favorito en los comments. Obviamente recomendamos bajar material que no esté protegido por los derechos de autor.

3) Una vez que encuentres lo que buscás, hay que mirar el número verde en la columna "Seeds" o "S", ese número indica la cantidad de máquinas que están compartiendo el archivo completo, cuanto más alto sea, más rápido va a bajar. Otra cosa que hay que mirar es el "Size", que es el tamaño del archivo (o carpeta), un disco con buena calidad de audio pesa por lo menos 80 MB, un capítulo de una serie unos 175 MB si dura media hora (25' en realidad) o alrededor de 350 MB en el caso de que dure una hora (45' reales), una peli en calidad decente tiene que pesar por lo menos unos 700 MB. Un DVD completo anda por los 4 GB. La columna roja "Leechers", se refiere a los que están bajando el archivo, pero no lo tienen completo.

4) Cliqueás en el link del archivo y pasás a otra pantalla con más info. Ahí buscás el siguiente link que tiene que decir "Download this torrent" o buscás un íconito con un imán. Hacés click y se abre un cuadro que te pregunta que querés hacer con el archivo, dale "Abrir con uTorrent". Se va a abrir un cuadro nuevo con opciones para guardarlo. Seleccionás la ubicación en tu máquina y luego OK.
Cuidado si hacés click y te ofrece un archivo que termina en ".exe", no lo bajes, lo más probable es que te instale alguna porquería que te va a complicar un poco la vida.

5) Se va a abrir el uTorrent pero va a estar funcionando en la barra de tareas. Hacés doble click en el icono verde con la U blanca y podés ver como funciona el programa y tener el tiempo estimado de bajada.

6) Después para ver el archivo en una computadora necesitás un programa que lea formatos como ".avi" o ".mp4". El VLC Player es muy bueno, lee todo lo que le pongas y encima es gratis. Se baja de acá: http://www.videolan.org/vlc/.
Hoy en día, con los Smart TVs, las tablets y los reproductores de archivos, puede que uno tenga más opciones para ver formatos de video que el tradicional ".avi". Lo mejor: verificar qué archivos pueden reproducirse desde la tecnología que uno tiene, así se suman formatos (MP4, MKV, MOV, etc.). Últimamente, el MP4 es el que más se usa, como demuestra la cantidad de seeds que tienen esos archivos y la rapidez con la que aparecen, siendo los primeros y los que mejor comprimen los videos (pesan menos, en relación a la calidad de imagen).

7) Para bajar subtítulos de series nuestro favorito es http://www.subtitulos.es (es una comunidad donde los usuarios van haciendo el subtitulado, si te jode alguna traducción podés crearte un perfil, corregirlo por tu cuenta y volver a subirlo). Otro sitio recomendable es http://www.subdivx.com, acá además de subtítulos de series tienen de pelis. Para hacer que funcionen bien los subtítulos, que coincidan con la serie o película que estamos por ver, hay que buscar en esos sitios los que tienen el mismo nombre que el archivo de video. Por ejemplo, para el episodio 7 de la primera temporada de la serie francesa Te rompo el rating puede haber un par de versiones con nombres como: "te.rompo.el.rating.S01E07.proper.720p..x264-evolve" o "te.rompo.el.rating.S01E07.720p..x264-compulsion". Es muy probable que haya pequeñas diferencias de tiempo entre ellas y que sólo una sea la que necesitamos. Sí, será la que coincida el nombre completo.
Los subtítulos pueden venir en formato ".srt" o ".rar", en este último caso hay que descomprimirlos. En los dos casos hay que guardarlos en la misma carpeta que está el archivo de video y deben tener el mismo nombre, pero la terminación será diferente, el subtítulo será ".srt" y el video sera ".mp4" o cualquiera de los mencionados anteriormente.


8) Finalmente, nunca está de más recordar que hay códigos de etiqueta downloader y aconsejamos seguir compartiendo lo que uno se bajó por un tiempo razonable y mantenerlo en la carpeta donde se lo archivó  originalmente para que otros lo puedan disfrutar.

jueves, julio 18

Vuelve el Bafici Animado

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 Será del 24 al 28 de julio e incluirá 14 largos, 12 programas de cortos y 3 talleres gratuitos. Todas las funciones serán en el Centro Cultural San Martín de 14 a 22 horas, ingresando por la esquina de Paraná y Sarmiento. El costo de las localidades es: general $20, menores hasta 12 años inclusive, estudiantes y jubilados $15. Las entradas anticipadas podrán adquirirse el lunes 22 y martes 23 en la boletería de la sede, Sarmiento 1551, de 11 a 19 horas o través de www.buenosaires.gob.ar/festivales. Del 24 al 28, el horario de venta de entradas en la sede será de 13 a 21 horas.

jueves, junio 27

Before Midnight: Después de todo

2 comentarios:
*¡ATENCIÓN!* *¡SPOILERS!* *¡DE GRAN CALIBRE!*

“Yo podría haberlo hecho mejor, vos podías acercarte a mí”. Perdón, perdón, ya sé que a todos les parece una grasada “Fue amor” de Fito Páez. Pero en algún lugar, esa tonta canción de amor que una vez me emocionó me va a emocionar siempre. Siempre es 1990 en algún lugar cuando escucho a Páez.

Y siempre es 1995 en algún lugar cuando veo a Jesse y a Céline. Él tiene unas arruguitas preciosas que lo hacen todavía más lindo; ella engordó un poquito. Pero son ellos, se miran y se hablan y se chucean y son ellos por siempre, sexis hasta la parodia y mucho más allá. Y de este lado de la pantalla sentimos que somos nosotros, más arrugados y más gordos y más cínicos y menos esperanzados y creyendo menos en el cine y en todas las otras formas del amor, mucho menos, pero todavía en algún lado somos nosotros. Hasta la parodia, y si fuera posible, un poquito más allá también.

Hay tantas cosas para criticarle a Before Midnight. En mi lista, antes que nada, que cumpla con el cliché machista de convertirla a ella en una loca gruñona y resentida, mientras él sigue siendo más o menos un encanto, a su eternamente adolescente estilo. Nos cuesta perdonarle los clichés a Linklater. ¿Pero qué nos creíamos? ¿Acaso el amor era una idea completamente original inventada por él? Bueno, sí, creo que nos creíamos eso. Se llama tener veinte años.

Y después, claro, es imperdonable que mancille nuestros recuerdos y fantasías -siempre ideales- con el barro de una concreción. Otra vez estamos nadando en clichés, y es imposible decir aquí nada que no se haya dicho mil veces en las revistas femeninas: nunca, jamás, la concreción del deseo es tan buena como el deseo. Esa era la magia de Before Sunrise, que nos duró casi una década: no hay mejor amor que el amor imposible, imaginado. No había facebook en 1995 pero sí había teléfonos; Jesse y Céline eligen premeditadamente ignorarlos, y confiar solo en la épica de su amor y en el azar, de puro noveleros que son. Él ya es o quiere ser un escritor; ella ya se enamora de eso. No quieren pareja, quieren magia. Nosotros también.

Ya fue duro aceptar Before Sunset, nueve (¡¿nueve?!) años después. Fue duro porque nos enfrentaba a la verdad. Esos diálogos eternos, bueno, sí son un poco aburridos, y ya lo eran la primera vez (sólo que entonces éramos jóvenes y épicos y más calientes y vírgenes de cine y amor y todo). Pero la escena final, ese “Baby, you’re gonna miss that plane” lo paga todo. Él dice “I know” con esa sonrisa, Linklater funde a negro y nosotros nos derretimos de amor y de deseo y de impaciencia, porque ellos son tan lindos y su conexión se siente tan clara y tan sexy que nos toca a todos, y nos permite soñar que aunque hayamos pasado los treinta todavía nos puede salpicar algo de magia.

Pasaron (¿¡cómo?!) nueve años más. Before Midnight es una película sobre el paso del tiempo, y lo tematiza de forma demasiado explícita. En medio de la caminata, Céline plantea que quizás no sea cierto que la gente cambia tanto; que puede que seamos los mismos toda la vida. ¿Sería bueno eso? Linklater es fiel a sí mismo, y en ese acto nos traiciona. Hay veces que la única manera de mantenerse igual es cambiar. Él no se priva de nada: fotografía morosamente paisajes griegos como si nadie lo hubiera hecho antes, se solaza en eternas sobremesas mediterráneas con peroratas sobre lo femenino, lo masculino y las claves del amor. En sus largos diálogos y sus bajadas de línea obvias, nos hace sentirlo viejo. O sentirnos viejos nosotros, que es peor. Y, sin embargo, aquí estamos, porque no hay nada más lindo que un cliché bien contado, y a todos nos gustan las playas griegas, los chicos y chicas lindos y las historias de amor.

De manera un poco demasiado forzada, los diálogos van reponiendo lo que nos perdimos de las vidas de Jesse y Céline en los últimos nueve años. Nos dicen más de lo que necesitábamos saber. Están juntos, pero han pagado caro por su audacia; nadie sale indemne de la tremenda osadía de concretar un amor ideal. Él ha dejado a su hijo en otro continente, y lidia con esa culpa cada día. Ella se siente asfixiada por la maternidad, y ve al mundo como un sistema de sometimiento. Aprovechan una noche a solas para ventilar sus pequeñas miserias, y entonces bum: fin del truco de magia para dar paso a un truco de magia aun mayor: hacer de ellos una pareja como cualquier otra. Céline y Jesse peleando porque él deja todo tirado y ella siempre tiene que hacer la cena. Céline y Jesse transmutados en Marge y Homero.

Claro que odiamos a Linklater por hacernos eso. ¿Cómo se atreve? Si para mostrar la erosión de la vida cotidiana sobre el amor ya están tantísimos otros, y nosotros mismos. ¿Qué necesidad había de una tercera película, incluso una segunda? Jesse y Céline son nuestros Romeo y Julieta. Preferimos verlos muertos, o separados, antes que ahogados en crisis de los cuarenta y mediocridad conyugal.

Pero al mismo tiempo, no podemos evitar ver la película, como ese encuentro con un ex que sabemos que terminará mal pero no hay cómo esquivar. Al fin y al cabo, todo lo que termina termina mal, porque el amor cuando no muere mata, etcétera etcétera, complete con su canción grasa favorita. Before Midnight, mal pero bien traducida en algunos países como “antes del anochecer”: se nos viene la noche, y antes de que llegue tenemos esto. Estas horas, estos años. Lo que hay.

Y en estas horas, en estos años, hay algo de felicidad en volver a ver a Jesse y Céline. Aunque no estén a la altura de su mito. ¿Quién lo está? Es bueno ver que hay vida después de los años, los hijos, las arrugas. Aunque sea una vida más matizada, con obligaciones, con sentimientos encontrados, con cansancio y peleas idiotas. “Esto es amor real”, dice Jesse. Con acento en la erre. Y nos hace soñar, porque si hasta la más idílica de las parejas discute por quién levanta la mesa, quizás nosotros también podamos tener nuestros momentos. Porque ellos, ay, siguen siendo ellos. Tan tremendamente sexis con sus kilos y sus arruguitas. Y hasta ellos, cuando las papas queman, eligen refugiarse una vez más en su parodia de sí mismos. Juegan a la rubia tonta y el escritor seductor y son tan hermosos que se perdonan todo, les perdonamos todo por seguir mirándolos y que sea 1995 un ratito más.

miércoles, junio 26

Nuestros años felices – Jean-Luc y François (II)

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Dicen que segundas partes nunca fueron buenas. Así que esto no es una segunda parte de aquel exitoso post publicado anteriormente en Encerrados Afuera, llamado Nuestros años felices – Jean-Luc y François (que pueden leer por aquí), en donde contábamos la atribulada relación entre Godard y Truffaut, si no un simple agregado. Al que esperamos se sumaran otros.

Anne Wiazemsky debutó en el cine a los 16 años a las órdenes de un tal Robert Bresson. La película es cuestión se titula Au hasard Baltazar (1966). Este dato sería suficiente para reservarle un lugar destacado en la historia del cine. Pero eso no fue todo en la vida de esta niña de familia bien. Ese mismo año, después de escribirle una carta de admiración (y enviársela a la oficina de la revista Cahiers du cinema), conoce a Godard y un año después, se casan y filman La chinoise (1967). La carrera de Anne continuará en los años posteriores, no sólo como actriz, sino también como guionista, directora y escritora.

Aquí nos detenemos en la biografía de Anne, ya que parte de este material formará parte de un próximo post, que, a pesar de no existir, ya tiene título: La(s novela(s) de Godard). Próximamente en su blog amigo.


El extracto a continuación, pertenece a su libro titulado Un año ajetreado (Une anneé studiese, en francés). Libro en el que Anne cuenta su educación sentimental de la mano del temible JLG, de quien la separaba, entre otras cosas, una diferencia de 17 años, mientras en el ambiente, todo se preparaba para la bienvenida del mayo francés.

En una salida social, como estrella invitada en la novela, hace su aparición François Truffaut. Anne, en el estilo cándido que atraviesa todo el libro, escribe lo siguiente:

Conocer a François Truffaut en su despacho de Les Films du Carrosse me intimidaba, pues lo admiraba muchísimo. Pero se mostró acogedor y cordial. Al igual que Jean-Luc veneraba a Robert Bresson. Me hizo preguntas sobre él y sobre mí. Le complació saber que yo estudiaba filosofía y había leído muchos libros. Me atreví a decirle que había visto todas sus películas y que me entusiasmaban, sobre todo Jules y Jim y Los cuatrocientos golpes. Se levantó y eligió dos libros de su biblioteca, que me regaló: Dos inglesas y el amor, de Henri-Pierre Roché y Les enfants de la justice, de Michel Cournot. Luego fuimos a comer a un restaurante ruso frente a su productora. La conversación entre él y Jean-Luc fue animadísima, brillante y divertida. Al separarnos, me dijo: “Gracias por haber entrado en la vida de Jean-Luc. Hacía tiempo que no lo veía tan feliz, y hasta diría que lo veo así por primera vez.” Y añadió, dirigiéndose a Jean-Luc: “¡Es cierto, la compañía de Anne te hace ser casi simpático!”.
Tiempo después, al oírme hablar una y otra vez de aquel “maravilloso encuentro”, Jean-Luc me preguntó un tanto inquieto: “No irás a enamorarte de Truffaut, espero”.


Y así, con un Godard dudando del amor de su pequeña Anne en manos de su eterno rival, nos despedimos con un nuevo agregado a esta batalla que, a pesar de haber terminado hace tantos años, continúa por otros medios.

Hasta la próxima.

Marcelo Alderete


lunes, junio 24

Vida de Cannes IX: Qué azul era mi valle...

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Inesperadamente y a pedido de nadie, retomamos las crónicas caninnas.

Antes de que empiece el festival de Cannes, escribí con bastante poco entusiasmo sobre la nueva película de Abdellatif Kechiche, llamada en francés La vie d'Adèle, chapitre 1 y 2 (Blue is the warmest color, en inglés). Obviamente no había visto la película, pero mis sospechas estaban fundadas en la filmografía del realizador. Una vez que la película fue proyectada para la prensa (la primera función es siempre para ellos), la mayoría de los críticos salieron festejando el film como una verdadera obra maestra. El mismo día, cuando la vieron el resto de los mortales, la opinión fue la misma. Se trataba de la mejor película en la competencia oficial y ya mismo deberían entregarle la Palma de Oro. Debido a mis tareas festivaleras, que suelen ir en contra de las premieres y funciones de gala, vi la película en cuestión varios días después que todo el mundo –literalmente- la declarara la obra maestra del festival.

Por motivos que desconozco (ya que no soy crítico, sino programador y a duras penas), el crítico y periodista Diego Lerer siempre me invita a participar de la encuesta que desde hace unos años viene realizando durante el festival caninno. Allí se va puntuando a las películas a medida que se presentan. El problema de esa lista es que incluye a demasiada gente, para tener sentido, debería ser más rigurosa en cuanto a los participantes elegidos. Algo que obviamente llevaría a mi exclusión, pero sería un acto de justicia por el bien de la lista y su utilidad.


Después de ver La vie d’ Adele, dude sobre la puntuación que debía darle a la película. No me parecía una obra maestra ni una mala película (aunque su lugar se encontraba más cerca de esto último), pero tampoco me despertaba ningún entusiasmo en particular. Lo poco que me interesaba la historia, se veía compensado por la belleza de sus protagonistas. Mi puntuación entonces fue un 6. Apenas pasaron unas pocas horas para que varios conocidos me reclamaran esa puntuación que yo, recordando épocas de estudiante, suponía un aprobado más que digno. Pero por las reacciones ocasionadas, parece que un 6 era un número inapropiado, como también lo era mi actitud. De seguir así, dijo alguien, iba en camino de convertirme en “el snob del día después”. Lo de snob, lo acepto como un elogio, ahora lo del día después, me dolió profundamente. Sobre todo porque como snob, no hay nada más imperdonable que llegar tarde.

La vie d’ Adele cuenta la historia de amor entre dos señoritas (jóvenes y hermosas). Está basada en un comic o historieta (como se decía en mi época), y de ahí sale su título internacional en inglés. La película mezcla un poco de Maurice Pialat (ver A nos amours), una puesta en escena que remite directamente a los hnos. Dardenne, y tiene dos particularidades pensadas para llamar la atención: primero su duración de casi 180 minutos y segundo unas escenas de sexo entre sus protagonistas, de una intensidad (y extensión) que no suelen verse en el cine mainstream.


Entonces, lo dicho; la película está bien, pero desde cierto cálculo. La historia no es original, pero hay sexo, sus jóvenes protagonistas son encantadoras (el truco más viejo de todos), su puesta en escena es moderna (con una cámara que está ahí, siempre atenta y remarcando los más mínimos detalles de lo que ocurre), y el director se toma el tiempo para capturar el transcurrir de la vida de sus heroínas, la hace con brío, vitalidad y bastante trazo grueso. No es poco para lo que fue la programación de Cannes de este 2013. Y sin embargo…

El final de la historia termina con Kechiche y sus chicas, Adèle Exarchopoulos (sí, la vida de Adèle) y Lea Seydoux, llevándose la codiciada (y anunciada) Palm d’or. 


Una vez ocurrido esto, alguien comparó el triunfo de Kechiche con el de Apichatpong Weeresathakul en el 2010 con Uncle Boonmee Who Can Recall His Past Lives. Recuerdo la sorpresa que causó el triunfo del tailandés, pero no que alguien la haya dado como ganadora previamente. Pero esto no es lo único que separa a estas obras y sus directores. Es fácil rastrear de donde proviene (y hacia dónde va) el cine y el imaginario de Kechiche, algo que es imposible con Weerasethakul.  Basta ver el trazo grueso (gruesísimo) en la escena en la que las futuras amantes se cruzan por primera vez. En un caso se trata de un verdadero creador y en otro, de un hábil (no sé si noble, esto lo veremos más adelante) artesano. Cannes puede ubicar a ambos nombres en una misma categoría y hacernos pensar que se trata de lo mismo. He aquí su poder.

A partir de aquí, vienen una serie de datos (arbitrarios, ridículos y paranoicos, claro, para eso estamos en un blog) que aumentan mi desconfianza en La vie d’ Adèle, su director y todas esas cosas que ocurrieron en el festival de Cannes hace ya más de mil años...


- Abdellatif Kechiche empezó su carrera como actor (repito: actor, empiezan las sospechas), para más tarde dedicarse a la dirección. Su primera película fue La faute à Voltaire (2000), dura 130 minutos y trata sobre inmigrantes africanos en Francia. Más tarde siguió L’esquive (2003) y sus 117 minutos, que se vio en el BAFICI y hasta recibió un premio. Quizás se trate de su mejor película y, como suele ocurrir, la que muestra los alcances y límites de su realizador. Su consagración llegó con La graine et le mulet (2007), duración 151, ganadora del premio Cesar (equivalente francés a nuestro Cóndor de Plata, je) a su guión, actriz promisoria –o algo así-, dirección y película. Vénus noire es del 2010 y dura 162, fue un paso fallido, al menos en relación a premios o, quizás, simplemente Kechiche estaba tomando impulso (o estudiando sus errores) para su consagración mundial con La vie d’ Adèle. La duración de esta última es de 179 minutos (o 177, varía según las fuentes). Obviamente, a AK le gustan las películas largas.

- Un chequeo rápido en IMDB nos muestra que con sólo 5 largometrajes, Kechiche cosechó 36 premios en diferentes festivales y esas cosas. Es probable que se trate de un récord. Si el cine fuera un deporte, Kechiche sería un atleta de élite y millonario. 


- Pensando en las comentadas, y bastante espectaculares escenas de sexo (hay algo de viejo voyeur obsesionado con la belleza de sus actrices, en la forma en la que están rodadas estas escenas), no seré yo quien se queje de esto ni tire la primera piedra, le dejo la palabra al (cuando me conviene) amigo François Truffaut:

Esta es la ley del cine normal y el cine tramposo. El cine normal, el de Louis Lumiere, necesita un mínimo de elementos para emocionar. El cine tramposo, para paliar la falta de talento, echa mano de peleas violentas y falseadas, de escenas eróticas y de diálogos teatrales.

- En cuanto al realismo de las escenas eróticas y el nivel de exposición al que se entregan las actrices en la película, no me sorprende. Creo que los actores son una raza dispuesta a todo y que no falta mucho para que uno de ellos se mutile en cámara o algo peor. Obviamente, dichas escenas son lo mejor de la película. Lo dicho: actores...


- Léa Seydoux fue tapa de la edición francesa de Les inrockuptibles, número que salió antes de que comenzara el festival. El terreno se estaba preparando para la película y para terminar de transformar a Lea en la nueva actriz francesa de moda. Joven, bella y con aires de chica moderna, Léa no se privó de llorar en la conferencia de prensa de la película. Repetimos, por si no quedo claro: actores...

- Durante los días del festival se entregan gratuitamente varias revistas, desde las Variety a Hollywood Reporter, hasta otras más ignotas. Entre ellas, mi favorita se llama Gala, que se encarga de informar sobre la farándula asistente a Cannes. Está llena de fotos de ricos y famosos y es, básicamente, la revista Hola en versión caninna. A pesar de tanta frivolidad, ellos también tienen su encuesta de críticos (nombres bastante ignotos) y en esa encuesta también todos declararon a La vie d’Adèle como obra maestra y ganadora indiscutible.  


- A la hora de los agradecimientos, Kechiche nombró a Claude Berri (un productor y director de qualité fallecido en el 2009 y un prócer para algunos en la historia del cine francés, la más oficial, claro) y a Wild Bunch (agentes de venta internacionales que también participan en la producción de algunas películas). Como a la mayoría de los agentes de venta, primero les interesa el dinero y después las películas. Aunque también hay que decir que en su catálogo se encuentra Film Socialism (2010). Con eso, los muy malditos, ya se ganaron el cielo.


- La empresa que adquirió los derechos de distribución de La vie... para la Argentina, es la misma que se encargará de llevar a las salas una versión restaurada y con escenas en 3D de Los bañeros más locos del mundo, de Carlos Galettini.

- Un dato que, creo, todos pasaron por alto, en La vie d’ Adèle actúa Alma Jodorowsky, nieta de Alejandro Jodorowsky. Desconozco el significado de esto y también el de la presencia multitudinaria, en cuerpo y espíritu, de la familia Jodorowsky en esta pasada edición del festival de Cannes. 

Y con este misterio, me despido de esta nueva y atrasada crónica caninna. Espero volver pronto con menos arbitrariedades y más alegría.

Nos vemos.

Marcelo Alderete


miércoles, junio 19

La noche era joven - Mala sangre de Leos Carax

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La buena salud del cine francés es capaz de producir un cineasta tan determinado como Carax y una película tan inquietante, exasperada y conmovedora como Mala sangre. - Serge Daney

Hace mucho tiempo, en un país llamado Argentina, las películas de Leos Carax tenían estreno comercial. Así fue como, en algún momento de la década loca de los 80, pudimos ver Mala sangre (The night is Young, fue el título que utilizaron en UK) en un cine de la calle Lavalle y salir sorprendidos y exultantes de una película que parecía un compendio adolescente de la obra de Godard. Un Godard for dummies (dijo alguien y no estaba del todo equivocado. To be young is to be sad, dice Ryan Adams y de ahí, solo un pasito a ser tonto), pero en ese entonces no sabíamos tanto de Godard, como hoy, que creemos saberlo (casi) todo.    
Antes de la explosión del VHS (no voy a hablar aquí de la Generación VHS, lo juro), la obra de JLG era un gran hueco en nuestra cinefilia, apenas si habíamos visto alguna de sus películas. Sospechábamos la influencia, pero era otra cosa lo que nos tomó por sorpresa de Mala Sangre. Quizás fue ese romanticismo a prueba de todo. Esos amores imposibles que sin embargo no se niegan a ser eso: amores e imposibles. O fueron sus protagonistas (en ese entonces rostros desconocidos) Dennis Lavant, Juliette Binoche y July Delpy, quienes corren desesperados durante toda la película en busca de ese amor que está todo el tiempo a la vista, presente y sin embargo empeñado en escaparse.


El resto del elenco no era menos sorprendente y canónico: Michel Piccoli (Godard, claro, pero también toda la historia del cine francés moderno), Serge Reggiani (por si faltaba un guiño a la historia del cine) y Hugo Pratt (el verdadero padre de la aventura, una aventura que ya empezaba a ser imposible), en papeles de gánsteres que ven como el mundo que habitan (el cine que habitan) ya empezaba a desaparecer.
La historia de Mala sangre es simple. Alex, un joven de pasado turbulento e hijo de un afamado ladrón, hereda el lugar de su padre en el último robo de una banda de malvivientes más cerca del ocaso que de sus mejores momentos. En el camino, huye de un amor para terminar encontrándose con otro (posible el primero, imposible el segundo). El objeto a robar es un antídoto contra una enfermedad que contrae la gente que hace el amor sin estar enamorada. Todo es movimiento, fuga, y escape en esta película, y momentos y frases epifánícas.


Alex huyendo de su novia y logrando escapar con la ayuda de un guarda de subte. Alex imitando a un bebé para, inmediatamente, salir corriendo por las calles de una París recreada en estudio, al ritmo de Modern Love de David Bowie (escena recientemente homenajeada en Frances Ha). Alex realizando trucos de magia y ventriloquia para consolar a su amor imposible. Y el final –inolvidable- con Binoche corriendo y su rostro manchado de sangre, mientras Delpy también corre en su moto. Y las frases, escuchen: "algún día me olvidarás"' le dice Alex a su novia abandonada, "un día. O dos"' le responde ella. "Tu sí que has encontrado... la sonrisa de la velocidad" (¿cómo saber, en ese entonces, que esa frase pertenecía a una canción de un tal Leo Ferré?), dice Alex, y realiza un movimiento con su brazo, rápido, torpe y moribundo, todo a la vez, para representarnos esa idea de la velocidad y la felicidad. "Trágate las lágrimas, trágatelas", le exige Alex a Anne, hablándole –literalmente- desde las tripas.


Hoy, por esas cosas de la vida, no voy a poder ir a ver Mala sangre que se proyecta en la sala Leopoldo Lugones (ver horarios aquí), pero no hace falta, al escribir y recordar estas escenas, todavía me acuerdo de aquella primera vez que la vi en un cine de la hoy extinguida calle Lavalle y (viejo nostalgioso lleno de lugares comunes) parece que fue ayer.
En ese momento no lloré viendo la película, pero fue solamente por hacerle caso al último deseo del moribundo Alex.


(Una versión diferente de este texto había sido publicado previamente en Encerrados afuera).

Marcelo Alderete

domingo, mayo 26

Vida de Cannes VIII - Adentro de los Coen

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Una vez más, el cine norteamericano cumple en esta edición de Cannes. Aunque esta vez (y como siempre) los Coen (Joel y Ethan) se encargan de sabotear lo que podría haber sido no sólo una de las grandes películas de la competencia, sino una de las mejores de su filmografía.
Inside Llewyn Davis está libremente basada en la vida de Dave Van Ronk, cantante de la movida de música folk en la New York de los 60. Los Coen recrean aquella época de una manera increíble y por momentos emotiva, algo extraño en su cine. Pero como siempre, la insistencia en esa mirada irónica que siempre está por encima de lo que se cuenta, termina haciendo naufragar una historia a la que simplemente había que acompañar con respeto, algo de cariño, y no arruinarla tomando decisiones arbitrarias desde el guión (como la de poner por delante de los personajes la historia de un huidizo gato que, lamentablemente, hace las delicias del público).
Los momentos musicales de la película, en donde se escuchan las canciones interpretadas por el elenco, y con el siempre grande de T-Bone Burnett por detrás de todo son, por lejos, lo mejor de todo el asunto. A lo que también habría que sumarle la interpretación de un desconocido llamado Oscar Isaac y la fotografía del cotizado Bruno Delbonnel. Los melancólicos viajes en auto en los que se atraviesa una fría Norteamérica, demuestran lo que pudo haber sido esta película que termina, segundos antes de que ese huracán llamado Bob Dylan arrase con todo. Otro cuento triste que demuestra que a la historia no sólo la escriben los que ganan, y otra película de los Coen arruinada por el mismo problema: los hermanos Coen. Y que termina comprobando -una vez más- que a El gran Lebowsky la dirigió el mismo Dude.

Marcelo Alderete

Foto: Cecilia Barrionuevo

Vida de Cannes VII - Soñé ser crítico de cine

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Voy a escribir sin borrar nada, me cantan los Viva Elástico por los auriculares, mientras espero (la paciencia es el valor más preciado por estos lados) para entrar al cine. Aprovecho el consejo para, justamente, escribir sin borrar nada. Ya llegará el tiempo de sentar cabeza.
Las responsabilidades relacionadas con el trabajo, las reuniones (útiles y de las otras), la vida social, los reclamos personales (desde acá y desde allá) y las películas que hay que ver. Todo conspira contra la escritura de estas crónicas. Y sin embargo, acá estamos. Felices y moviendo la cola cual can(n)es. (Este chiste va dedicado al amigo Conde, al resto de los lectores les pido disculpas).
Escribo esto desde mi hotel después de ver Venus in Furs, nueva película de un director llamado Roman Polanski. En la fila, mientras esperábamos para entrar, nos preguntábamos si el polaco prófugo se encontraba en Cannes, y llegamos a la conclusión de que no; pero acabo de verlo por las pantallas diseminadas por el Palais, y sí, está acá en Cannes. Cosas de la ley global. Me pregunto si algún periodista argentino en la conferencia de prensa le preguntará a Roman sobre el sketch de Francella y la nena.
La película de Polanski es un paso más hacia la nada. Otra adaptación de una obra de teatro (no vi la anterior, Un dios salvaje) en la cual dos personajes, una actriz (Emmanuelle Seigner) y un dramaturgo (Mathieu Amalric), tienen un duelo entre ellos (dios mío, las cosas que escribo) mientras él le realiza un casting a ella. Obviamente las cosas se darán vuelta en una especie de juego de poderes con un final particularmente grotesco en el cual Amalric terminará travestido y Seigner desnuda (apenas cubierta por una piel) poniendo caras ridículas. Así como suena. La película está muy bien fotografiada y las actuaciones son muy intensas (dios mío, sigo escribiendo estas cosas). Como todo el cine polaco y su inexplicable e histórica tradición de calidad. Ahora bien ¿a quien le puede interesar esto a comienzos del siglo XXI? Sabemos a quienes.
El cierre de la competencia del festival fue con Jim Jarmusch y su inesperada Only Lovers Left Alive. Una romántica y graciosa historia de amor entre vampiros amantes de lo analógico, las ciencias duras y conocedores de la verdadera historia de ese mentiroso llamado Shakespeare. Este nuevo título se suma a las relecturas de géneros que viene haciendo Jarmusch desde Dead Man y Ghost Dog. La película fue acusada de snob y de ser un sketch de SNL alargado. Lo de snob, no sé por qué debiera ser considerado un insulto y en cuanto a lo segundo, bueno, es el tipo de cosas que se dicen por twitter tratando ser ingeniosos, no hay necesidad de prestarles mayor atención. Only Lovers Left Alive es una película melancólica (o nostálgica) de gente que vive en un tiempo que no le corresponde. Jarmusch demuestra, otra vez, que más allá de las historias, cuenta con un universo personal y una originalidad que pocos tienen.

Se acerca el final del festival y temo no compartir el entusiasmo que despertaron algunos títulos entre la prensa y los amigos que frecuentamos. Aún me quedan por ver algunas películas, así que mi visión de la calidad de la competencia oficial no está basada en su totalidad. Habiendo dicho esto, aclaro que son pocos los films que me generaron un verdadero entusiasmo.
En La grande belleza (de Sorrentino), (y cito de memoria, así que quizás esté falseando las cosas para mi beneficio) alguien le dicen al protagonista que es un buen escritor, a lo que él responde algo así como que es feo ser bueno en algo, porque uno corre el riesgo de transformarse en hábil. Y este parece ser el problema de todos los directores de esta edición de Cannes, casi todos son demasiado hábiles. Excepto, claro, algunos nombres. 
Pero antes de pasar a esa lista, una pequeña aclaración de los títulos no vistos. No vi y espero recuperar algunas el día domingo: las películas de los Cohen, Sodebergh, Bruni Tedeschi, Des Pallieres, Haroun y Van Warmerdan. Si sale de aquí la ganadora, no tendré mucho que agregar por ahora y hablaremos de ellas en una próxima entrega de estas crónicas. 

De las vistas, un repaso rápido de los títulos a destacar sería el siguiente:

Only Lovers Left Alive, de Jim Jarmusch
Nebraska, de Alexander Payne
The Immigrant, de James Gray
A Touch of Sin, de Jia Zhangke
La grande belleza, de Paolo Sorrentino
La vie d’ Adele, de Abdellatif Kechiche

Y quizás un poco más abajo:

Jimmy P. (Psychoterapy of a plain indians), de Arnaud Desplechin
Like Father, Like Son, de Kore Eda Horokazu
Jeune & jolie, de Francois Ozon (si a esta película se le quitan los planos en los cuales no aparece la actriz protagonista Marine Vacht, es un 11).

Como se puede ver, todos nombres ya consagrados. Algunos con títulos menores en relación a su obra anterior (Zhangke, Gray, Desplechin, Kore Eda). La de Payne es una obra menor también, pero desde su misma concepción, como ambiciosa y fallida es la de Sorrentino. La de Kechiche me deja un poco afuera (reconozco que debo estar equivocado), la de Ozon tiene a la actriz más bella del mundo y la de Jarmusch es mi favorita. 
Los ganadores seguramente saldrán de esta lista, lo cual confirmará lo apático que resultó este festival, en el cual, la mayoría de los films con sólo superar la medianía ya se transformaban en títulos a tener en cuenta.
La excepción de la lista y que es la que difícilmente gane algo es la de Jarmusch. Una película que celebra el ser diferente y se burla de los consagrados. Algo que es visto como un gesto elitista. Y claro que lo es. Una toma de posición poco apropiada a la hora de someterse a la democracia de un jurado de notables.
Lo único que pido, y cruzo los dedos e invoco a los dioses de la cinefilia, es que ese guionista seudo hábil devenido director de cine, que responde al nombre de Asghar Farhadi, se vuelva a su casa con las manos vacías. De lo contrario, y no quiero sonar apocalíptico, el fin del mundo estará más cerca.

Se acaba el festival y se agotan mis, cada vez, más escasas energías. Cierro esta nota al igual que la empecé (como le gustaba que ocurriese en las películas a Hugo Barrionuevo), escuchando otra canción que dice: “no sé lo que pensar”.
Que es lo que me ocurre, cuando repaso todos lo ocurrido hasta ahora en esta edición de Cannes.
Con estas dudas y temores, empezamos a despedirnos de esta nueva edición de las crónicas canninas.

Marcelo Alderete

Fotos: Cecilia Barrionuevo

jueves, mayo 23

Vida de Cannes VI – El día que los festivales mataron a las películas de acción

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Nicolas Winding Refn nació a comienzos de los 70. Esto indica que es un típico representante de la Generación VHS. De adolescente vivió en New York, donde estudió para ser actor, y de vuelta en su Dinamarca natal estudió cine. A los 26 años dirigió su primera película, y a partir de ahí se transformó en lo que se dice, un director exitoso que, como muchos europeos talentosos y no tanto, en algún momento de su carrera escuchó los cantos de las sirenas. De un sireno, en este caso, un tal Ryan Gosling. Pero no nos adelantemos.
Como la mayoría de los que crecieron en esa década, los gustos cinéfilos de Refn fueron formados viendo películas de terror y acción (norte) americanas. Suponemos que sus gustos, más tarde se fueron sofisticando o abriéndose a otros nombres y rumbos. Pero los primeros amores nunca se olvidan. Basta ver la trilogía de Pusher para saber y entender de qué estoy hablando. Nicolas no es el primero ni el último de una larga lista de directores (Tarantino, Rodríguez, etc.) que de grandes cumplieron la fantasía de hacer películas. Y sobre todo, películas que les habría gustado ver a ellos de niños.
Vaya uno a saber cómo la joven estrella en ascenso Ryan Gosling, vio las películas de Refn y lo convocó para dirigir Drive, un vehículo (valga el chiste fácil) creado para terminar de transformar a Gosling en una estrella o morir en el intento. No es la primera vez que Hollywood mira al extranjero para importar talentosos directores de acción de otros puntos del mundo. Drive (de nuevo los extraños caminos de la vida), terminó en la competencia de Cannes del año 2011 y consagró a su estrella protagonista y premió al director por su tarea.
Drive es una estilizada re-lectura de una película de los 80. O la fantasía de lo que eran ciertas películas en esa década. Desde la tipografía de los créditos, hasta la banda de sonido, pasando por el vestuario. Casi el sueño húmedo de los que crecimos viendo películas en VHS. La historia de Drive es tan simple como conocida. El héroe, un conductor de autos especialista en escapes post robos, callado y con un férreo código de conductas, quien se encuentra en una situación en la que debe ayudar a una dama en peligro y enfrentarse a los malos, poniendo incluso su vida en riesgo. La actuación y el personaje de Ryan Gosling, remitían a miles de personajes similares salidos de las películas de Walter Hill, J.P. Melville y varios otros ejemplos. Su actuación, basada en apenas dos gestos, terminaba de completar todo el cuadro. Confieso que cuando vi por primera vez Drive salí fascinado. Ya mismo quería conducir un auto a gran velocidad (para lo cual primero debía aprender a manejar, claro) y usar esa campera con un escorpión en la espalda. Por suerte, sólo llegue a pasearme con un escarbadientes en la boca por unos días. La película despertó en mí a aquel adolescente que después de ver Karate kid, salió del cine tirando patas al aire, y más tarde le dedicó dos años de su vida al noble y milenario arte del karate. No fui el único que cayó rendido a sus encantos. Los rumores de ese año en Cannes fueron que Olivier Assayas y Johnnie To, unidos contra el resto del jurado, fueron los responsables de que Drive no se vaya con las manos vacías. Inclusive el mismísimo Hans Hurch tuvo sus dudas con la película, sobre la cual dijo lo siguiente:

Reacciono instintivamente a las películas. Tengo un problema, por ejemplo, con la violencia. Hay algunas películas programadas en mi festival que son tal vez demasiado violentas. Algunas de las películas de Pou-Soi Cheang y tal vez Drive. No me gusta eso. Para mostrar la violencia en una película, tienes que ser muy bueno. Y la mayoría de las películas violentas son simplemente brutales, de la misma manera en que otras películas no son sobre sentimientos, sino que son simplemente sentimentales. Hay una gran diferencia. 

Obviamente no tardaron en aparecer aquellos que dijeron que el Refn bueno era el de sus primeras películas danesas. Es sabido que a todos les gusta llegar primero, y que a pocos aplaudir a los exitosos. Es una forma de sentirse sofisticados. Hasta Leonard Cohen cantó al respecto: Ah you loved me as a loser, but now you're worried that I just might win. Nicolas Winding Refn y Ryan Gosling habían ganado.
Sin embargo, tampoco fuimos tan inocentes como para no notar que había algo raro en Drive. Algo demasiado calculado en su puesta en escena, y en su violencia. Algo que no resistía una segunda visión o que empezaba a fallar de manera un tanto alarmante. Como una persona que se viste para una fiesta, y al verla por la madrugada nos damos cuenta de la verdad, y no de lo que creímos haber visto influenciados por el volumen de la música y los efluvios del alcohol.
Pasaron los años y la dupla no sólo volvió a juntarse, sino que volvieron nuevamente a la sección oficial del festival cannino. Esta vez, el vehículo para lucirse responde al grandilocuente título de Only God Forgives.
Días antes de la premiere de la película, Refn se apareció por la sala de la Quinzaine para introducir la nueva obra -después de décadas de estar alejado del cine- de Alejandro Jodorowsky. Yo no lo sabía, pero parece que la admiración de Refn por el excéntrico chileno viene de hace mucho tiempo atrás. Antes de que descubriésemos que La danza de la realidad (tal el título de la película de Jodorowsky), era una debacle absoluta y una de las peores películas programadas en esta edición del festival, el gesto de Nicolas Winding me pareció sorprendente. No sólo lo presento diciendo frases superlativas sobre A.J., a quien entre otras cosas llamó rey; sino que también se quedó a ver la película. Sobre esto volveremos en futuras crónicas.
Reconozco, nuevamente, que mi entusiasmo por ver Only God Forgives era alto. Llegar a la función a pocos minutos de que comience, y ver una excesiva multitud esperando por entrar, sólo logro aumentar mi ansiedad. Problemas técnicos acontecidos el día anterior en la base de datos que se utiliza para sacar las entradas, provocaron que se emitieran una cantidad inusitada de entradas, que superaba la capacidad de la sala; por lo cual habilitaron otra sala para poder ubicar al público. A raíz de esto, la función comenzó tarde, y además se cortó a los veinte minutos a causa de un problema con la electricidad.
La trama de Only God Forgives es tan simple como la de Drive. Pero en Drive, esa excusa de historia está desarrollada, aquí sólo parece existir como excusa para una puesta en escena ya no estilizada, sino hiper-estilizada. Cada plano parece un cuadro pensado por su director (y el departamento de arte) hasta en el más mínimo detalle, pero no como algo a destacar, sino como algo absolutamente artificial y sobrecargado. Lo mismo ocurre con la iluminación, todos los escenarios tiene luces rojas o verdes o amarillas o una mezcla de las tres. Lo mismo ocurre con las actuaciones, todos y cada uno de los participantes parecen salidos de una revista de moda dedicada a la exótica Tailandia, y se mueven de manera robótica de acuerdo a las -seguramente milimétricas- órdenes de su director. No es que se trate de una película que no respira, sino que su respiración proviene de un respirador artificial que lo mantiene a duras penas con vida. Inclusive, o quizás sobretodo, el cine de acción necesita que algo, aunque sea algo mínimo de vida real se cuele en su historia. Ya lo dijo Robert Bresson después de ver la primera Rambo: “el viento sopla donde quiere”, (ok, no lo dijo en esa circunstancia, pero qué lindo hubiera sido). Pero lo peor no es esta pose fashion, lo más terrible de la película, y dejo de lado sus explicitas escenas de violencia - no seamos pacatos-, es el uso de la psicología y un seudo misticismo que lo cubre todo. Lo que en Drive era pura superficie y mitos cinematográficos, aquí se trata de justificar utilizando una psicología que roza lo burdo (en verdad no solo lo roza, se empantana en el). Hay dos hermanos, uno bueno –digamos-, y el otro malo, un súper policía invencible con un aura mística y una madre incestuosa, terrible en su maldad. En una escena (spoilers, ojo) llegando casi al final, el personaje de Ryan encuentra a su madre asesinada por el policía con una espada tipo samurai; el bueno de Gosling, desfigurado por los golpes del mismo agente de la ley, no tiene mejor idea que introducir su puño en el útero de su madre muerta y recién descuartizada. Sí, leyeron bien. Uno llega a pensar que después de esta escena nuestro héroe se repondrá y saldrá a la caza del maldito policía, pero no, siguen unas escenas que podrían ser oníricas o no, ya a esta altura poco importa y listo. A diferencia del buen cine de acción, en donde el héroe protagonista puede sufrir todo tipo de abusos ya que al final se tomará venganza (y catarsis para el espectador), aquí todo es frustración e impotencia.
Uno piensa en que le habrá ocurrido a aquel muchacho danés al cual le gustaban tanto las películas de acción y no encuentra respuesta posible. La película está dedicada a Alejandro Jodorowsky y entre los agradecimientos aparece Gaspar Noé. Pienso (pero no justifico), en la influencia de las malas compañías.
Quizás la culpa sea de Cannes y todos los festivales del mundo, ávidos de encontrar autores en donde simplemente hay (y me encanta este término) nobles artesanos. Ni Venecia ni Locarno le dedicaron alguna vez retrospectivas a Ted Kotcheff o a John G. Avildsen. Y está bien que así sea.
Juro que quería hablar bien de Only God Forgives. Al menos antes de verla. Pero la verdad es que prefiero reconocer mis errores y soltarle la mano al tal Nicolas Winding Refn; antes que no poder volver a mirar a los ojos a ese niño que alguna vez fui, y que tanto disfrutaba de las películas de tiros, trompadas y héroes incorruptibles dispuestos a todo con tal de salvar a la chica, y de alegrarme en las tardes de doble programa del cine Atalaya, que ya -como tantas otras cosas- no existe desde hace rato.

Marcelo Alderete

Fotos: Cecilia Barrionuevo